El Tribunal Supremo "no se fía"

Entiendo de leyes... lo justo para no defenderme ni a mí mismo. Pero escuchando y leyendo diversas opiniones sobre la sentencia del Tribunal Supremo sobre la no legalización de Sortu, creo entender que el principal argumento que se utiliza para evitar que un nuevo partido democrático que, como se pedía, ha condenado la violencia de ETA, se presente a las próximas elecciones municipales, es: la falta de confianza, es decir, que no se fían de lo que dicen sus estatutos.

José Enrique Muñoz Blanco
28/03/11 · 20:05
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Entiendo de leyes... lo justo para no defenderme ni a mí mismo. Pero escuchando y leyendo diversas opiniones sobre la sentencia del Tribunal Supremo sobre la no legalización de Sortu, creo entender que el principal argumento que se utiliza para evitar que un nuevo partido democrático que, como se pedía, ha condenado la violencia de ETA, se presente a las próximas elecciones municipales, es: la falta de confianza, es decir, que no se fían de lo que dicen sus estatutos. Si esto de verdad es así, si una sentencia se puede dictar con estos argumentos de fondo, los ciudadanos de este país tendríamos que cuestionarnos, en serio, qué democracia estamos construyendo.

Los que, sin ser vascos y además no entendemos de nacionalismos, confiábamos, por fin, en una solución que diera una oportunidad a la izquierda abertzale para, a través de Sortu, poder expresarse democrática y libremente a través de las urnas, una vez más, y seguramente servirá de referente, tendremos que esperar, otra vez, a que nos echen una mano desde Estrasburgo. Con la vergonzosa sensación, otra vez, de sentirnos “diferentes”.

Es muy triste, sobre todo para los que tenemos cierta edad, ver como pasan los años sin que seamos capaces de, como país democrático que dicen que somos, dar solución al lastre que soportamos desde hace más de doscientos años con las reivindicaciones nacionalistas de, sobre todo, el País Vasco. Es penoso que ninguno de los Gobiernos que han tenido la oportunidad de gobernar durante más de treinta años de democracia, hayan sido capaces de hacer frente a una realidad tan palpable como la que se está viviendo en Euskadi.

Pero es más triste todavía pensar que todas estas decisiones, tanto gubernamentales como jurídicas, pueden estar basadas, única y exclusivamente, en la lucha por el poder a cualquier precio, por un lado, y la cada vez más evidente influencia partidista, por el otro.

Por eso, los ciudadanos cabreados, que cada día somos más, sí tenemos argumentos firmemente demostrables para no fiarnos de nadie de los que dicen “no hay que fiarse“.

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