ANÁLISIS // UN PUNTO DE VISTA ESCÉPTICO
El uso escolar de las tecnologías

El autor analiza la implantación de las Tecnologías de
la Información y de la Comunicación (TIC) en la
escuela, y aporta claves para un uso transformador.

17/06/06 · 18:35
Edición impresa

Texto de Felipe Romero, psicólogo e investigador social

 

Los resultados actuales de las
investigaciones señalan que
la comparación entre texto
en soporte papel e hipertexto
a la hora de promover aprendizajes
arroja resultados equívocos. En
sus estudios, Chaomei Chen y Roy
Rada muestran que los hipertextos
pueden ser más eficaces pero menos
eficientes (requieren una mayor dedicación
temporal para obtener los
mismos resultados), y señalan la importancia
de diversas variables (tarea
a resolver, diseño del hipertexto,
aprendiz) que afectan a su utilidad.

Conviene recordar que la inclusión
de las TIC no se realiza en el vacío
sino en las escuelas, organizaciones
orientadas a la evaluación. De
forma que, si se introduce un nuevo
modo de enseñar sin cambiar el viejo
modo de evaluar, alumnado y profesorado
preferirán tecnologías de enseñanza
tradicionales, las cuales no
se mantienen tan sólo por inercia. La
combinación de profesor y libro de
texto tiene ciertas ventajas. El profesor
actúa como filtro de la información
relevante (de cara a la evaluación,
recordando aquello de “no se
evalúa lo que se enseña, sino que se
enseña lo que se evalúa”) y permite
una comunicación con el grupo más
directa que con ordenadores, donde
se presta una atención más individualizada,
pero menos eficiente.

A su vez, el libro de texto facilita
un desarrollo más rápido de determinadas
tareas (como copiar enunciados)
y que el alumnado disponga de
una referencia para la preparación
de las evaluaciones y el trabajo en
casa. Esta combinación también permite
un mayor control del aula justo
en el momento en que los problemas
de disciplina protagonizan el malestar
docente. Mientras, la incorporación
de las TIC supone un desembolso
decisivo para el sistema educativo
pues implica incorporar
equipamiento, contratar personal
e incluso modificar la estructura
de edificios, en general antiguos.

Ante las limitaciones del hipertexto
y la repercusión de diferentes variables
que afectan a su eficacia, el
desembolso que supone y la competencia
de tecnologías de enseñanza
asentadas, sería previsible pensar
que la implantación de las TIC se hiciese
de forma gradual y sometida a
las decisiones de cada centro o incluso
profesor, de forma que se recurriese
a ellas si las características
del alumnado o la naturaleza de lo
que se quiere enseñar lo aconseja.
Justo lo contrario a una implantación
mediante ley orgánica.

Junto a sus utilidades didácticas,
el uso de las TIC cuenta con varios
facilitadores externos. Por un lado,
aporta imagen de innovación a quien
las implanta. Los centros privados,
ante los padres, y la Administración,
ante los electores, tratan de liderar
su implantación. Es el caso de
Extremadura, donde las evaluaciones
indican que, pese a la importante
dotación de ordenadores, la práctica
del aula no ha cambiado.

Por otro, los proveedores de contenidos
buscan nuevos modelos de
negocio, y los de soporte tecnológico
desean posicionarse en mercados
donde la inversión en tecnología era
tradicionalmente pobre. Ambos se
encuentran entonces interesados
en promocionar la superioridad de
la nueva metodología.

Finalmente, la implantación de
las TIC supone un balón de oxígeno
para las tesis psicologicistas
que han protagonizado el debate
educativo de las dos últimas décadas.
Su discurso: las reformas han
resultado frustradas por el inmovilismo
del profesorado y por la
estructura tradicional de aulas y
escuelas, pero el componente innovador
de las TIC podría forzar
el desarrollo de metodologías basadas
en la construcción de conocimiento
por parte del alumnado.
Así, el uso de las TIC se convierte
en un combate entre la resistencia
del profesorado y las demandas de
actores externos (Administración,
propietarios de centros escolares, padres
e incluso ‘expertos’ en enseñanza).
Una confrontación donde las utilidades
concretas de las herramientas
tecnológicas, para un alumnado
concreto con necesidades concretas,
pasan a un segundo plano.
* Felipe Romero, psicólogo e investigador social.

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