ANÁLISIS // LA EDUCACIÓN Y EL CAPITALISMO COGNITIVO
¿Tiene la Universidad algún interés para el capital?

Para responder a esta pregunta, la autora muestra la
rápida evolución del modelo universitario y su
adecuación a las exigencias de un nuevo capitalismo.

24/01/08 · 0:00
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AL ESTILO AMERICANO. Bill Gates, propietario de la multinacional Microsoft, durante una conferencia en la universidad de Wisconsin / Microsoft

Todos los estudiantes perciben,
antes o después, el deterioro
de la institución universitaria,
pero constatan
rápidamente la presencia en sus espacios
de actores ajenos, tales como
los bancos, las multinacionales, las
empresas informáticas o los grandes
medios de comunicación, cuyas enseñas
y colores adornan los claustros
y pasillos de los edificios como lo hicieran
antaño las efigies de reyes y
mecenas. Son índice del profundo
cambio que está sufriendo la enseñanza
superior: de escuelas de élite a
centros de masas, y de éstos, a universidades-
empresa dispensadoras
de servicios cognitivos.

Los informes del Banco Mundial
empezaron a insistir hace ya algunos
años en la necesidad de esta
transformación global. El informe
elaborado por D. Johnstone y W.
Experton, The Financing and Management
of Higher Education, es de
1998. En ellos, recomendaban dos
medidas principales que en nada se
alejan de las recomendaciones a
otros tipos de empresa: flexibilización
y reducción de costos.

Ahora bien, en el ámbito educativo
flexibilizar significa tratar el conjunto
de los recursos, es decir los edificios,
las bibliotecas, los laboratorios
o los profesores como activos que deben
ser insertados lo más productivamente
posible y que deben ser
combinados de modo ‘flexible’ y variable,
reordenando los títulos y enseñanzas
según módulos aleatorios
a gusto del consumidor. Se acabaron
las carreras standard caracterizadas
por conjuntos de conocimientos predefinidos
y comunes; al revés, se trata
de inventar recorridos docentes
variados, imaginativos, que combinen
cursos y enseñanzas de diverso
tipo y que sean adaptables en función
de las necesidades, o sea de la
matrícula.

La otra recomendación, reducción
de costos, no entraña tampoco secretos:
se trata de cargar los costes sobre
los usuarios y sus familias, y de
recortar los gastos de personal promoviendo
plazas de profesores con
escasa estabilidad (contratos anuales
o bianuales, ligados a un proyecto…)
en detrimento de la vieja figura del
profesor-funcionario fijo de plantilla.
Esos nuevos profesores son la espina
dorsal de la reforma, puesto que carecen
de las seguridades y vicios de
los antiguos, y conforman una capa
de personal extremadamente joven,
móvil y motivable. En resumen, se
trataba, ya a finales de los ‘90, de aplicar
a la Universidad las recetas del
nuevo management que iban a transformar
ese ámbito social en una auténtica
área de negocios.

La educación como mercancía

Tras las movilizaciones contra la
LOU, el Informe Bricall se encargó
de poner los puntos sobre las íes, traduciendo
palabra por palabra aquellas
recomendaciones: había que pasar
de la Universidad de masas, en
franca decadencia, a una Institución
formadora de capital humano; había
que sustituir el concepto de la enseñanza
superior como un derecho y
un bien social, por su consideración
como una mercancía y una inversión;
había que abandonar la vieja
idea de la enseñanza pública y de calidad
para entrar en la era de la privatización
de las prestaciones cognitivas;
había que dejar de pensar en
una universidad radicada en un territorio
para ubicarla como una agencia
globalizada en un ránking internacional;
había que sustituir en la
medida de lo posible la universidad
presencial por la enseñanza virtual.

En este proceso el aura de las
nuevas tecnologías de la información
y la comunicación ha oscurecido
la adecuación del nuevo modelo
a las exigencias de un nuevo tipo de
capitalismo que, juntamente con
otros autores, denominamos capitalismo
cognitivo. En este nuevo tipo
o fase del capitalismo, una porción
creciente de capital se invierte y se
rentabiliza en “productos cognitivos”
al tiempo que crece, imparable,
el número de estos trabajadores
sobre el conjunto global. Hablamos
del crecimiento de inversiones
en investigación, en I+D, en sanidad
y enseñanza, en informática,
telemática, nuevas fuentes de energía
y nuevos materiales, vistos no
sólo por su contribución cuantitativa
al crecimiento en sus sectores específicos,
sino por el enorme peso
que adquieren en el aumento de la
productividad general.
¿Qué es un ‘bien cognitivo’? Dicho
en otras palabras, ¿cómo se fabrica
una nueva vacuna, cómo se desarrolla
una nueva herramienta de software,
cómo se descubre una nueva
prestación? Los ‘bienes cognitivos’
son resultado de un proceso que tiene,
cuando menos, dos características
notables. En primer lugar, son
efecto de un proceso colectivo: ningún
genio habría logrado descubrir
nada relevante si no hubiera contado
con equipos adecuados y recursos
suficientes. Eso implica que los procesos
de creación de conocimiento
incluyen largas secuencias de recopilación
y tratamiento de la información,
de pruebas y ensayos, de puestas
a punto, de corrección y ampliación,
imposibles para un solo agente.

La forma standard de privatizar ese
proceso colectivo la proporciona el
sistema de patentes y derechos de
autor que, aun cuando cumpliera
una función en el siglo XVIII para garantizar
la subsistencia de los creadores,
está resultando obsoleta.
La segunda característica es que
estos bienes, por mucho que se reproduzcan,
no se agotan, ni merman
en su eficacia. Más bien al contrario,
su uso deviene la ocasión de
enriquecimientos y mejoras del
propio producto, que incorpora
nuevas prestaciones. Eso hace que
la sociedad basada en el conocimiento
sea, al menos teóricamente,
una sociedad potencialmente rica,
aunque las trabas puestas al acceso
a los bienes pueden hacerla sumamente
injusta y polarizada.

Estas dos características se aúnan
en el tratamiento de la universidad
como gran fábrica de puesta
a punto de recursos cognitivos bajo
el dominio de la ideología de la privatización.
Se trata, por una parte,
de capacitar el futuro ‘capital humano’
bajo la premisa de que los
conocimientos que el alumno/a va
a recibir son una especie de ‘capital’
que le permitirá optar a un mejor
puesto de trabajo y que, por tanto,
debe ‘pagar’ con un desembolso
previo privado, pues privados serán
los beneficios que obtenga posteriormente
en el ejercicio de su
profesión, siendo sólo responsabilidad
suya si no lo rentabiliza adecuadamente.
Por otra, se trata de
producir bienes intangibles cuya
inserción en los mecanismos de la
apropiación privada queden garantizados
a través de las patentes y de
los conciertos con las empresas antes
de su obtención.

Como consecuencia de todo ello
las autoridades públicas se desentienden
de la financiación. Cierto es
que los enormes gastos de estas instituciones
desbordan en ocasiones
los limitados presupuestos de los poderes
autonómicos pero, como en
tantos otros aspectos de la vida social,
la tendencia es dejarlas a merced
del mercado, de modo que cada
universidad se autofinancie, cosa
que sólo puede hacer en la medida
en que la enseñanza sea pagada por
los alumnos –usuarios del servicio–
y que las empresas u otros organismos
financieros se interesen por los
productos que generan esas especiales
empresas: las capacidades
desarrolladas en los alumnos-futuros
trabajadores (“habilidades y
competencias”) y los conocimientos
susceptibles de ser rentabilizados,
para lo cual deben estar convenientemente
protegidos.

Sin embargo, éste no es el reto.
El desafío está en desligar la
Universidad del mercado y acercarla
a todos aquellos procesos sociales
que están luchando contra las
nuevas formas del capitalismo cognitivo:
de la lucha por el territorio
al software libre, de los procesos de
autoformación a las investigaciones
participativas. Potenciar esa
opción nos permitiría decir un
adiós esperanzado a la Universidad
de masas, y oponer al modelo neoliberal
una creación en común de
conocimientos compartidos.

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