CIBERACTIVISMO// LA TERGIVERSACIÓN POLÍTICA DEL TÉRMINO 'HACKER'
Tecnología social: luditas de ayer, ‘hackers’ de hoy

ENCUENTRO HACKER 2006. Con motivo de la
celebración del Hackmeeting 2006 en Mataró,
Barcelona, ofrecemos una reflexión sobre cómo se
ha criminalizado a la comunidad ‘hacker’ desde los
medios de comunicación y destacamos algunas propuestas
del encuentro que el Centro Social Okupado
y Autogestionado catalán La Fibra acogió durante
tres días a mediados de octubre. En el evento autoorganizado
se pudo asistir a un taller sobre robótica o
reciclaje de equipos informáticos, a una charla de
creación telemática colectiva o a la presentación de
dos libros sobre copyleft y ciberactivismo.

26/10/06 · 0:00
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VII EDICIÓN. Este año, el hackmeeting, al que asistieron unos 300 activistas, se celebró
en el Centro Social Okupado y Autogestionado La Fibra, en Mataró. / Enrric Borrás

La palabra hacker ha sufrido
a través de los medios de comunicación
una tergiversación
política de su significado.
Entre programadores, un hack
es una solución innovadora y sencilla
a un problema planteado. A finales
de los ‘60, algunos programadores
se llamaron hackers, para indicar
que podían mejorar otros programas,
o que hacían cosas que nadie
había podido hacer. En este sentido,
hackers son las personas capaces de
‘escribir código’, es decir, de programar.
Sin embargo, la acepción mediática,
y en consecuencia social, une
el término hacker a ‘pirata informático’,
a una persona que asalta los ordenadores
con la intención de destruir
o alterar contenidos por puro
divertimento. Rara vez se diferencia
a aquellos que lo hacen como acción
directa. Evidentemente, los que actúan
de este modo también son hackers
(tienen conocimientos de lenguajes
de programación y de sistemas
operativos), pero esto no equipara
al conjunto de los hackers con
estas prácticas.

Sin embargo, cuando los hackers
encuadran su actividad bajo un contrato
de trabajo para empresas o instituciones
son legitimados y rebautizados
como ‘programadores’. Mientras,
aquellos hackers (muchas veces
los mismos en horario de ocio)
que reclaman la dimensión histórica,
social y colectiva del término
(compartir código y programas, establecer
comunidades para cooperar
en proyectos, organizar hacklabs de
barrio, hackmeetings o coordinarse
para frenar las reglamentaciones
que imponen el copyright o las
patentes), son demonizados por
su identificación como ‘piratas’ informáticos.
En consecuencia, son
condenados a cierto ostracismo,
lo que tiene como objetivo limitar
la penetración social de sus propuestas
e iniciativas.

Estos intentos de criminalización
del movimiento hacker nos hacen recordar
el movimiento ludita, nacido
a principios del siglo XIX en Gran
Bretaña y que frecuentemente ha sido
asociado con turbas ignorantes
que destruían las máquinas porque
“estaban en contra de la revolución
industrial” y “detestaban el progreso”.

Sin embargo, los análisis históricos
de este movimiento, como el del
británico E. P. Thompson de 1968, lo
muestra bien organizado, con gran
apoyo social para hacer frente a la
amplia represión del Ejército y la policía
(en esta época se aprobó el fusilamiento
sin juicio por ser cogido in
fraganti). El teórico inglés Kevin
Robins también los describe como
tremendamente selectivos: “Sus objetivos
no eran en absoluto indiscriminados,
sino cuidadosamente seleccionados
teniendo en cuenta las
acciones, las políticas, y las actitudes
de cada patrón”. Las máquinas destruidas
eran aquellas que provocaban
altos índices de accidentes o
mortandad, aquellas que posibilitaban
que los trabajadores cualificados
fueran sustituidos por mano de
obra femenina o infantil. Desde esta
perspectiva, el ludismo fue una respuesta
de gente corriente frente a los
cambios que, impuestos desde arriba,
tenían obvias repercusiones sobre
sus vidas. “El ludismo, sobre todo,
fue un intento de la clase trabajadora
de ejercer algún control sobre
los cambios que eran vividos como
fundamentalmente en contra de sus
intereses y estilo de vida. Era una
protesta, en los días previos a la existencia
de ningún sindicato de trabajadores,
contra los nuevos modos de
contabilidad, empleo, ritmos de trabajo
y disciplina industrial”, explica
Frank Webster.

El movimiento ludita parece que
entendía que no todo avance técnico
es necesariamente positivo en lo
social. Por eso fueron perseguidos e
históricamente tergiversadas sus
acciones contra fábricas. Algo similar
ocurre con la comunidad hacker:
su existencia, su actividad propone
una reflexión sobre cómo usar
las tecnologías, incluso un posicionamiento
político. Y eso molesta.


Reciclaje y robótica

Entre las charlas y
talleres del Hackmeeting
2006 celebrado
en Mataró, hubo un
hueco para las prácticas
de reciclaje de
equipos informáticos.
La industria informática
ha diseñado el
mercado de forma
que muchos ordenadores
se conviertan
pronto en inservibles,
no porque no funcionen
correctamente,
sino porque, a merced
de una planificada
mercadotecnia, los
periféricos y software
disponibles en el mercado
son incompatibles
con nuestros antiguos
ordenadores
personales.
Algunos ordenadores
‘reliquia’ (PI o PII)
requieren de ayuda
para volver a la vida.
Esa ayuda se llama
LTSP. El Proyecto de
Servicios en Terminales
de Linux es un conjunto
de aplicaciones
que proporciona la
capacidad de ejecutar
Linux en ordenadores
con pocas prestaciones
(www.ltsp.org). El
LTSP consiste en
conectar distintos
equipos permitiendo
que sumen y compartan
recursos (bien
varios equipos antiguos
conectados a
uno moderno o varios
antiguos conectados
entre sí, para compartir
recursos).
Como iniciativa pionera
destacó el taller
“Generación Robótica:
¿re-engrasar el tecnocapitalismo
o subvertir
la gran maquinaria?”.
Los progresos de la
robótica se están convirtiendo
en una revolución
tecnológica
silenciosa, sin apenas
cobertura mediática, y
por tanto sin debates
éticos sobre sus usos
y aplicaciones. Valgan
como ejemplo los
robots equipados con
ametralladoras, cámaras
y operados por
control remoto para
luchar contra los
insurgentes iraquíes
que, según Associated
Press, el Ejército de
EE UU está considerando
desplegar; o el
prototipo comercial de
oso-mascota-robot
que un equipo del
MIT, el Instituto Tecnológico
de Massachussetts,
está intentado
desarrollar.

Frente a estas iniciativas
Agente No Violento
Autónomo (ANA)
pretende desplegar
robots, resistentes a
golpes y gases lacrimógenos,
y operados
por control remoto,
para protestar contra
la próxima cumbre del
G8, en Hamburgo.


Copyleft y ciberactivismo

Aún en fase embrionaria,
resulta interesante
la propuesta
del proyecto ‘Germinador/
Arcilla’. Desde
la perspectiva de
apostar por iniciativas
encaminadas a
fortalecer los lazos
internos de la comunidad
hacker, la propuesta
invita a participar
en el diseño de
una herramienta telemática
de creación
colectiva de manejo
muy sencillo, que
tienda a diluir la distinción
entre técnicos
y usuarios. Todo un
reto tanto a nivel técnico
como a nivel
político, en una
comunidad que en
gran parte se rige por
una meritocracia.

En el Hackmeeting
2006 se presentaron
además los libros
Copyleft, manual de
uso y Ciberactivismo,
usos políticos y sociales
de la red. El primero,
como resultado
de la continuación de
trabajos planteados
en las jornadas copyleft
realizadas en
2005 en Donostia. El
segundo surge como
parte complementaria
al libro Manual de la
guerrilla de la comunicación
y da cuenta de
distintas intervenciones
en ese nuevo
ámbito que es el ciberespacio.

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