Teatro de operaciones mediáticas

Aunque sus públicos no son
ni tan dóciles ni homogéneos
como antaño se pensó,
los medios masivos se
han convertido en una potente barrera
de contención del cambio sociopolítico,
a base de operaciones
como éstas:

13/06/06 · 19:36
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Aunque sus públicos no son
ni tan dóciles ni homogéneos
como antaño se pensó,
los medios masivos se
han convertido en una potente barrera
de contención del cambio sociopolítico,
a base de operaciones
como éstas:

La distracción, entendida a la vez
como “entretenimiento” y como
“desvío de la atención”. Decía Paul
Valéry que la política consiste en
“impedir a los ciudadanos que se
ocupen de quien los mira”. Los medios
invitan a mirar hacia otro lado
mientras el poder político y económico,
el Estado y el mercado, nos
escrutan porfiadamente: mediante
la videovigilancia, la demoscopia y
la telemiseria, que toma en tiempo
real las medidas de nuestro aturdimiento.
En el metro de Madrid pusieron
pantallas de televisión para
que la gente ya no atienda sino a
imágenes teledirigidas y se olvide
de su entorno inmediato. Así, miramos
sin ver nada a cambio: las pantallas
de la distracción son un complemento
de las cámaras de videovigilancia.

Otra operación estratégica es la
perversión del lenguaje: se habla de
“seguridad”, de “lucha antiterrorista”,
de “defensa de la democracia”,
para referirse a las operaciones de
una acelerada guerra global que ya
casi exclusivamente se nutre de víctimas
civiles, y en la que los únicos
asegurados son quienes la planean
y dirigen.

Mediante la perversión de la memoria,
por fin, se altera la perspectiva
y la capacidad crítica: “Uniformes
y velos en Iraq”, una crónica
de El País, nos invitaba a identificarnos
con los civilizados marines
gringos (como “la soldado Key,
una rubia desvaída con gafas”),
frente a las extrañas mujeres iraquíes,
con sus negros “ropones, satinados
de puro sucios”, pero que a
mí me recordaban a nuestras abuelas
españolas enlutadas de hace
unos decenios. Pero parece que la
soldado Key es mucho más cercana,
la hemos conocido en el mundo
hiperreal de las películas yanquis,
mientras a la abuela sólo la
vimos en el mundo imaginario de
la infancia.

Los europeos aborrecemos nuestros
orígenes, y queremos redimir a
los otros, a los que bombardeamos,
asemejándolos a lo que creemos
ser: afortunadamente las chicas iraquíes
llevan en sus carpetas fotos
de Beckham y les gusta “Enrique
Iglesias, que está buenísimo”, y no
esos hombres iraquíes que “no ayudan
en casa, ni tan siquiera hacen el
té”. Eso dice El País, un diario que
se proclama “independiente de la
mañana”, aunque no desde luego
del crepúsculo del prejuicio y la desmemoria
planificada.

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