EL ANIVERSARIO DEL CARACAZO, LA REBELIÓN DE 1989 Y LA MUERTE DE CARLOS ANDRÉS PÉREZ
Una revuelta que cambió la historia de Venezuela

Hace 21 años se produjo
en Venezuela un
movimiento espontáneo
de revuelta que se saldó
con una masacre, que
cambió la historia del
continente.

, Activista político que participó en el Caracazo. Ex viceministro de Planificación y Desarrollo en el Gobierno de Hugo Chávez.
25/02/11 · 10:39

Finalizando el año pasado murió Carlos Andrés Pérez (CAP), el último de los genocidas que ha pasado por la presidencia de la república. Con su tranquila despedida en las tierras gringas de Miami, pareciera también que despedimos una historia lúgubre de corrupción, cinismo, entrega del país y represión.

No estoy tan seguro que este final de la vida del personaje lo sea realmente en su significado histórico. Pero en todo caso muchos lo sintieron de esa manera, lanzando cualquier cantidad de insultos postmortem a quien terminó convirtiéndose en el símbolo de una época, rechazando incluso las declaraciones de respeto formal hacia el exmandatario muerto por parte del gobierno –este último imposibilitado además de reclamos extremos, una vergüenza oculta a lo mejor, por tratarse de un gobierno por donde todavía se pasean militares que fueron parte ejecutiva del genocidio del 28 febrero y 1 de marzo del 89-. Recordando el papel de este señor en los ‘70 como ministro del interior de Betancourt y su consigna “dispara y averigua después”.

Mientras tanto, la derecha intentaba un cauteloso rescate de la memoria del personaje y sus compromisos ‘democráticos y nacionales’ sin mucho éxito. En todo caso murió quien se encargó desde las cimas del poder y la fuerza asesina que manejaba de partir nuestra historia en dos; antes y después del 27F. El problema para muchos de nosotros, más que los insultos tardíos, es sí esa historia partida de verdad ha concluido.

Efectivamente, hace 21 años se produjo en Venezuela un movimiento espontáneo de revuelta que cambió la historia. Bastó la aplicación concreta de un conjunto de medidas de liberación de precios -transporte, gasolina, alimentos- que se ajustaban a todo un paquete económico neoliberal -anunciado por el monárquico y supervotado presidente CAP días antes-, para que estallase una revuelta que durante tres días envolvió el quehacer de casi todos los barrios de Caracas, extendiéndose en sus postrimerías hacia el interior del país. Hasta que todo terminó en una masacre bárbara con el saldo de miles de muertos dejados en las calles, hospitales y apartamentos por donde penetraron miles y miles de balas de fusil.

Es la historia sabida pero incontable en el todo de sus detalles ya que cada quien, presente en aquellos hechos y sobreviviente de los mismos, podría contarla desde ángulos tan distintos que hace imposible el relato unificado. Yo les podría decir, como uno de los millones de cuerpos que participamos en los hechos, que como toda gran revuelta donde se decide entrar, luego la revuelta misma a la final se hace dueña de lo que hacemos. Ella construye su lógica, en este caso una lógica que giraba sobre la acción coordinada de grupos en la que unos enfrentaban las fuerzas represivas mientras otros iban directamente por los bienes acaparados en los supermercados y sitios de venta de todo aquello cuanto se necesita y por lo general no se tiene. Es el principio de la revuelta del pobre: vamos a por lo que necesitamos para vivir y enfrentamos a los que quieren matar.

El “Caracazo” fue el comienzo de una secuela de revueltas que se darán durante la década en
todo el continente

La fuerza de los hechos desborda por completo cualquier montaje represivo, se politiza cada vez más el movimiento de masas, aparecen volantes y se vociferan consignas revolucionarias, hasta que comienza el genocidio ya con las fuerzas militares como protagonistas principales del mismo. Son más de 24 horas de matanzas y enfrentamientos que repliegan las fuerzas populares hacia las alturas de los barrios caraqueños, se dan largas confrontaciones tiro a tiro hasta que regresa el silencio, en este caso del sepulcro y la tristeza. Una semana más de ocupación militar de la ciudad y represión selectiva con centenares de detenidos, desaparecidos, torturados y pare de contar. De gran amado por los recuerdos populistas que inspiraba, CAP pasó a convertirse en el presidente más odiado.

¿Pero qué pasa luego? El silencio no basta para callar los fondos de una realidad que ya se ha partido en dos porque la conciencia colectiva lo reconoce: el pueblo como una totalidad en pobreza y los h. de p. que chupan de esta desgracia. Empieza una crisis irremediable del régimen democrático-represivo-representativo, expresada en una entropía interna que se manifiesta al interior de sus principales partidos –AD, COPEI-. Pero también se expresa en una ofensiva de la oligarquía contra sus propios aliados políticos y el régimen que los cobija, además de una desgarradura permanente dentro de las instituciones de estado.

El estado y el régimen herido y autodestructivo tratarán todavía por diez años -entre las presidencias de CAP y Caldera- de imponer el plan neoliberal con nefastas consecuencias sociales y económicas. Pero expuestos a una resistencia popular férrea y muchas veces violenta -insurrecciones militares y populares parciales sobretodo entre los años 91, 92, 93- que a la final de los ‘90 ha logrado generar un proceso unitario y masivo, llevando -justo diez años después de la revuelta- al comandante Hugo Chávez a la presidencia. Comienza desde entonces otra historia: lo que se quebró diez años antes ahora busca un camino de salida emancipadora; esa es la revolución bolivariana que comienza con la presidencia de Chávez y el llamado a constituyente.

Muchos opinadores y escritores ven el el 27F del 89 -el “Caracazo”- el comienzo de una larga secuela de revueltas que se darán por más de una década en todo lo largo del continente nuestramericano y generarán las condiciones para el establecimiento de gobiernos de izquierda y centro-izquierda, algunos de ellos con discursivas anticapitalistas y anticivilizatorias -caso de Venezuela, Ecuador, Bolivia-. Es una mirada válida, viendo en esta fecha un punto de partida de una historia nueva.

Pero también lo podemos ver como unos de los puntos finales de un genocidio continental que comienza en los años sesenta, desata la lucha guerrillera, llena de dictaduras fascistas el continente, hasta concluir en las guerras centroamericanas, con centenares de miles de muertos y desaparecidos en su agenda conjunta. La Colombia de hoy es el único lugar de extensión de esta tragedia sangrienta. Allí no termina, más bien se agudiza con uno de los mandatarios más vendidos y malditos que ha pasado por estas tierras, superando ampliamente a CAP e incluso a muchos dictadores en estas virtudes: el jefe narcotraficante y paramilitar Álvaro Uribe, cuya instalación en el poder le costó a los colombianos tantos o más desaparecidos y muertos que los que hubo en todas las dictaduras del cono sur… Esa historia continúa como un rezago de la historia que pareciera imposible de superar envolviendo al régimen oligárquico y paramilitar interno como las propias fuerzas populares e insurgentes: todos quedan atrapados en ella, unos triunfando otros perdiendo…, por ahora.

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CARACAS. Los enfrentamientos se extendieron durante más de 24 horas.

Hoy podríamos decir que el “Caracazo” se presenta como una encrucijada de final y comienzo histórico donde salen a la palestra con rostro muy claro los dos grandes polos de la historia de estas tierras desde mediados del siglo pasado: la brutalidad de los aparatos de poder que, desde la independencia para acá, han garantizado nuestra condición de neocolonias al servicio de los múltiples imperialismos instalados en la región y de regímenes liberales de teatro manipulados a placer por las grandes burguesías locales. En este caso CAP fue el mejor de sus retratos. Y en el otro polo el síndrome marginal-urbano, síntesis final de toda esta historia de saqueos e hiperexplotación continua, convertido -luego de inmensos esfuerzos resistentes e insurgentes de innumerables movimientos y organizaciones populares-obreras-campesinas-indígenas a lo largo del siglo XX-, en un sujeto combatiente y esperanzado, también desesperado por encontrar una salida feliz y libre a su situación presente y arrastrada en la memoria de largas generaciones hacia atrás.

Pero es también una encrucijada cualitativa de inmensa importancia para la formación progresiva a lo que puede entenderse como un programa autónomo de liberación que se dispersa entre todos los laberintos de la ‘multitud’ como ahora se le llama. Desde ese entonces ya no se trata solo de un problema de ‘liberación nacional’. A su vez el ‘socialismo real’ se está desmoronando solo, develando una amarga historia de mentiras y doctrinarismos carcelarios. Se entra más bien en lo que sería un largo proceso popular y constituyente enfilado hacia la recreación entera de otro mundo posible y deseado donde se radicalizan y multiplican en significados tres principios básicos de la política moderna: el principio democrático, el principio de soberanía, el principio del derecho a la vida.

El tipo de confrontación sangrienta que tiende a terminar, al menos para ese ciclo histórico 1960-1990, y la historia nueva cruzada por la insurgencia urbana y hacia el centro de Suramérica la insurgencia indígena, van produciendo nuevas verdades de liberación que en los primeros años del siglo XXI se convierte en un hecho político inaugurado igualmente en Venezuela.

Ahora bien, mientras hablamos de la muerte de CAP, casualmente algo más de diez años después del comienzo de la ‘salida emancipadora’ que inicia la revolución bolivariana a nivel continental, cobra derecho la pregunta si de verdad esa salida se está produciendo o hay algo que la está bloqueando. En otras palabras si de verdad el 27 de febrero del 89 como movimiento libertario y apertura histórica de nuevas verdades, nuevas esperanzas, nuevas formas de lucha, nueva visión estratégica, nueva visión del poder, es una rebelión que ya no necesita regresar ya que hemos logrado construir otra realidad.

En estos días el escritor uruguayo Raúl Zibechi, hacía un análisis respecto a la revuelta en Bolivia en contra de subida de precios de los combustibles decreta por el gobierno en diciembre. Sabiamente el compañero destaca que efectivamente se trata de una revuelta masiva y popular, donde además recuerda el 27F venezolano, pero en este caso contra un gobierno de izquierda. Reitera que ella es a su vez la continuidad de muchas revueltas continentales que le dan una línea de continuidad a la historia de las resistencias populares en los últimos veinte años, sólo que en este caso es un gobierno de izquierda y sus políticas el gran rechazado. Una revuelta entonces, igualita que tantas otras anteriores desde el 89, hecha por los mismos que llevaron en este caso a Evo Morales a la presidencia, pero en contra de quienes toman y convierten en palabra de gobierno las verdades y sueños nacidos de estas revueltas continentales. Demasiado importante este detalle del análisis que trae consigo una advertencia básica al futuro inmediato.

Reinterpretando las palabras de Zibechi, entendemos que en el fondo lo que tenemos que ver es que las características singulares y el mensaje político de fondo de todos estos movimientos de revuelta desde el 89, hace imposible que con las mejores o peores intenciones, con los personajes más proféticos o más cuestionables a su cabeza, no hay gobierno de estado que pueda ‘divertir a las masas’ con palabrerías, políticas clementes y nuevos formateos del poder constituido, hasta cooptar por completo las potencias liberadoras que nacieron desde entonces. Bolivia nos indica que el sentido profundo del 27 de febrero no ha terminado: se recrea en una nueva historia menos sangrienta, hasta ahora, esperanzada claro que sí, pero donde se siguen reproduciendo las mismas desgracias de aquellos oscuros pasados: principalmente la desigualdad, la exclusión, el saqueo de nuestras tierras, la corrupción como norma operativa de los poderes. Añadamos un nuevo y calamitoso fenómeno: la burocracia convertida en agente de pacificación, cooptación y criminalización de la revuelta. Una burocracia ‘revolucionaria’ pero encerrada en las estructuras de unos estados a su vez cada vez más atrapados a la dinámica del orden capitalista mundial.

El cuerpo de CAP estará muy muerto pero su fantasma, todo lo que él simboliza, incluso como agente asesino, sigue presente como tragedia que nos persigue y encierra. Pero a su vez, los mismos que CAP asesinó por miles siguen siendo una rebelión viva. No hay manera, porque no estamos suscritos a la lógica representativa y protoestatal de la política burguesa, de que exista un quien que represente y disuelva este especie de ‘ciclo épico’ que han vivido los movimientos populares.

Por ello no estamos declarando imposibles las derrotas o un final definitivo y triste de esta linda y dura historia. Lo cierto es que al igual de lo que pasó con las luchas de independencia hay una ‘intuición de masas’ nacida desde aquel 27F que es terca y consecuente: y es, como recordaré una y otra vez la manera en que Pancho Villa llamaba a sus enemigos, tanto los “hijos de puta” como los poderes y estructuras que los rodean y amparan tienen que ser derrotados y sacados de estas tierras en una batalla que sabemos que será larga, dura y compleja. Y en esto no hay ‘dialécticas’ mediatizadoras. La revolución en curso sin duda alguna que en ese sentido es plenamente bolivariana.

Recordemos para terminar dos consignas que nacieron con la rebelión del 27F:
“¡No hay pueblo vencido!” “¡Cualquier sumisión será nuestra derrota, sólo la acción soberana del pueblo es libertad”

Tags relacionados: Genocidio Militarismo
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CARACAS. Los enfrentamientos se extendieron durante más de 24 horas.
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