La libertad sentenciada

Que en el Estado español
corren malos tiempos
para la libertad de expresión
lo ha certificado
hasta el Informe anual de Reporteros
sin Fronteras. Para RSF, señalando
el caso El Jueves como
ejemplo, una de las claves de esta
involución estriba en la sobreprotección
informativa que arropa al
rey Borbón y a toda su dinastía.
Esa muralla de opacidad deliberada
sitúa a la Corona en el rango sacramental
e intocable de lo divino.
Todo lo contrario de lo que ocurre

06/03/08 · 1:30
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Que en el Estado español
corren malos tiempos
para la libertad de expresión
lo ha certificado
hasta el Informe anual de Reporteros
sin Fronteras. Para RSF, señalando
el caso El Jueves como
ejemplo, una de las claves de esta
involución estriba en la sobreprotección
informativa que arropa al
rey Borbón y a toda su dinastía.
Esa muralla de opacidad deliberada
sitúa a la Corona en el rango sacramental
e intocable de lo divino.
Todo lo contrario de lo que ocurre
en las otras monarquías, más terrenales
y transparentes, de la
Unión Europea.

Los hechos demuestran que el
trato periodístico recibido hasta
ahora por la realeza española es
equiparable al de la Monarquía
marroquí. Sin embargo, España
presume de poseer un régimen de
plenas libertades que, al parecer,
sería odioso comparar con el absolutismo
medieval y sátrapa de la
Monarquía alauita. Las evidencias,
no obstante, desvelan muchas similitudes
en materia de libertad
de expresión. Tanto allá como acá
del Estrecho, se han perpetrado
sonadas condenas judiciales contra
sendas publicaciones satíricas.
Y mismo motivo en ambos casos:
viñetas humorísticas que dibujaban,
en situaciones poco augustas,
al rey Mohamed VI y al príncipe
Felipe de Borbón. El poder no soporta
la risa ajena. Menos aún que
lo pongan en ridículo fuera de carnaval.
Pero ésa es precisamente la
gran diferencia entre pretender
ciudadanos o súbditos.
La muerte de Montesquieu
La gravedad y el peligro de fondo
es que, al socaire de una sobada y
eterna Transición, se esté instalando
una fontanería de democracia
hueca, vacía de contenido.
Una vez en ese espejismo, los jueces
se erigen en impunes y supremos
guardianes del sistema. Al fin
y al cabo sus carreras dependen
de los políticos. Y así, en vez de
velar por la separación de poderes,
se aprestan a firmar sumarios
que certifican la defunción definitiva
de Montesquieu.

Peores que la condena de El Jueves
han sido los cierres definitivos
del diario Egunkaria y el semanario
cántabro La Realidad, también
por decisiones judiciales con marchamo
de arbitrariedad. A unos,
por editar en lengua vasca, se les
aplica la legislación antiterrorista.
En cuanto a La Realidad, su verdugo
fue la ejecución provisional de
una sentencia no firme y recurrida.
Los tres casos tienen un denominador
común. Son tres símbolos
de insalubridad democrática y de
libertad de expresión deficitaria en
el reino de España. Son la manifestación
de un escarmiento que
persigue la autocensura.

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