La publicación en la revista ‘Nature’ de un estudio que demostraba la presencia de ADN transgénico en semillas de maíz autóctonas de una remota región de México provocó la aparición posterior de una insólita nota editorial que ha abierto un intenso debate acerca del papel de las transnacionales en la investigación científica.
Texto de Eduardo Velázquez, ecólogo de la Universidad de Alcalá de Henares.

- MERCADERES EN EL TEMPLO. La presión de las transnacionales alcanzó incluso al sistema de revisión y publicación de artículos
en uno de los ‘templos’ del rigor científico: ‘Nature’
La publicación en revistas especializadas
de los estudios llevados a
cabo por los investigadores representa
un importante papel en el
lento y complejo proceso de construcción
del conocimiento científico.
Desde sus orígenes hasta la actualidad,
las revistas científicas
han funcionado siguiendo un esquema
según el cual un grupo de
expertos o ‘revisores’ evalúa la calidad
de los trabajos antes de publicarlos.
Si efectivamente se publican,
éstos pueden ser apoyados
o rebatidos posteriormente por
otros estudios, pero su publicación
no tiene marcha atrás. En los últimos
años, sin embargo, hemos
asistido a un caso extraño y particularmente
grave que ha provocado
serias dudas acerca de la objetividad
de este proceso.
La prestigiosa revista Nature publicó
en noviembre de 2001 un trabajo
firmado por el investigador
mexicano Ignacio Chapela, de la
Universidad de Berkeley (California),
y su estudiante de postgrado
David Quist. En éste, y entre otras
cosas, ambos afirmaban haber encontrado
ADN transgénico en
muestras de maíz autóctono del estado
de Oaxaca.
El trabajo probaba la existencia
de contaminación genética donde
no debería haber existido, pues
México mantenía una moratoria
para la siembra de maíz transgénico
desde 1998. Sin embargo, ésta
no tenía en cuenta la importación
del mismo. Los resultados sugerían
que los campesinos de la zona habían
estado sembrando semillas
procedentes de EE UU distribuidas
por un organismo nacional (muchas
de las cuales eran transgénicas),
junto a las semillas autóctonas
que solían emplear habitualmente,
habiéndose producido cruces
entre unas y otras.
Como era de esperar, el trabajo
tuvo una amplia difusión en los
medios y provocó la movilización
de innumerables organizaciones
ambientalistas y campesinas. Asimismo,
no tardaron en aparecer
nuevos artículos cuestionando sus
métodos e interpretaciones. Los
autores admitieron algunas de las
críticas, esforzándose por aportar
nuevos datos que reafirmasen sus
primeras conclusiones. Hasta entonces,
el debate científico transcurría
por los cauces habituales. El
11 de abril de 2002, sin embargo,
apareció en Nature una insólita nota
editorial en la que se afirmaba
que la revista no debería haber publicado
el artículo de Quist y
Chapela, incluso habiendo sido
previamente aceptado por los revisores,
y que, debido a la voluntad
de los autores en mantener las conclusiones
de su trabajo, eran los
lectores los que debían considerar
la validez del mismo.
Este hecho, sin precedentes en la
historia de la ciencia, se produjo en
medio de una intensa campaña de
desprestigio dirigida contra Chapela,
lo que sugería a los autores oscuras
maniobras por parte de las
principales transnacionales de la
bioingeniería y algunos científicos
favorables al uso de organismos genéticamente
modificados, para
desacreditar su trabajo. El periodista
británico George Monbiot (The
Guardian, 14 de mayo de 2002) descubrió
estas maniobras. Monsanto,
la mayor transnacional dedicada a
la ingeniería genética, había contratado
a una empresa especializada
en ‘marketing viral’ para enviar innumerables
correos al principal foro
científico de discusión sobre
bioingeniería en internet, criticando
el artículo de Quist y Chapela, lo
que había ocasionado que Nature
se retractara de la publicación del
mismo.
La presión de las transnacionales
alcanzó incluso al sistema de revisión
y publicación de artículos en
uno de los templos del rigor científico:
Nature. En una entrevista concedida
en el año 2003, David Quist
afirmó: “Lo que estamos viendo en
forma creciente es que la ciencia de
justificar los hechos está pasando
por encima de la ciencia como proceso”.
La ciencia estaba herida.
Para entonces, ya habían aparecido
casos de sobornos a científicos para
atacar trabajos como el de
Michael Mann sobre cambio climático.
Pero el caso de Quist y Chapela
puso a la comunidad científica
internacional definitivamente en
alerta sobre los riesgos que podría
suponer la pérdida de objetividad
en los criterios de selección de trabajos
de las revistas a partir de presiones
externas.
Ahora que serios y múltiples estudios
constatan la ocurrencia de
hechos que contravienen los intereses
de las transnacionales, para
éstas ya no es suficiente el socorrido
alineamiento con los investigadores
que apoyan sus tesis. Se trata
de dirigir la actividad científica
antes de que pueda volverse en
contra. Si, a pesar de todo, lo hace,
habrá que desacreditar e invalidar
los trabajos díscolos. Llegando
aún más lejos, se puede poner en
duda la ciencia en sí misma.
Después de todo, si la ciencia deja
de ser una aliada total es necesario
domesticarla, convertirla, ya
irreversiblemente, en una herramienta.
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