INVESTIGACIÓN // EL 1 DE DICIEMBRE MONTAIGNER Y BARRÉ-SINOUSSI SERÁN PREMIADOS POR AISLAR EL VIH
La ceremonia de los Nobel, el sida y las enfermedades olvidadas

Es el año de la
investigación contra el
sida: Nobel y vigésima
celebración de su día
internacional. Y después
del éxito, ¿qué sigue? La
tuberculosis también
tuvo su Nobel y ahora se
expande olvidada.

30/10/08 · 0:00
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Compruebe su agenda. Justo en
un mes, políticos, actores y moscas
de televisión volverán a lucir
un lazo rojo en la solapa. Justo en
un mes y pico, Luc Montaigner y
Françoise Barré-Sinoussi recibirán
el premio Nobel de medicina
por aislar el VIH. Quizá, ni usted
ni el que escribe estemos invitados
a la ceremonia. Pero será inevitable
pasar por alto el día internacional
del sida, que se celebra
el primero de diciembre. Ya
van 20 años desde su primera edición
y 25 desde que los investigadores
franceses galardonados
(polémicas de autoría aparte) expusieran
su idea.

La pandemia del sida es ya una
vieja conocida. Lo suficiente como
para que la conservadora academia
sueca haya decidido elevar la
investigación contra la enfermedad
a los altares de la ciencia. Más
vale tarde que nunca, insinuaba
Montaigner en plena conferencia
en Abiyán (Costa de Marfil) el 6 de
octubre. 25 años de investigación y
20 de homenajes y recuerdos han
bastado para que el sida sea la patología
crónica más popular de
Occidente y un buen aliado de los
bolsillos de las farmacéuticas.
Pero muchos se preguntan: ¿Y
ahora qué? Y muchos responden:
la quimérica vacuna para prevenir
la enfermedad. Sin embargo, como
explica la portavoz de Médicos
Sin Fronteras (MSF) Cecilia Ferreira,
“tan ansiado avance puede
quedarse donde siempre: en el primer
mundo”. La organización sitúa
la urgencia en otros frentes, como
el acceso universal a la combinación
de fármacos antirretrovirales
(un 30% de los afectados en la
región sur del planeta ni siquiera
ha visto una de esas pastillas) o la
falta de recursos humanos para
frenar su expansión. También se
habla del fracaso de las campañas
que tratan de prevenir la infección
de los niños a través de sus madres,
y se advierte sobre la escasez
de fármacos diseñados exclusivamente
para uso pediátrico. “Hasta
hace poco, jugábamos con jarabes.
En la actualidad se ha desarrollado
una droga especializada para niños,
pero su accesibilidad es escasa”,
relata Ferreira. También hay
que hacer diagnósticos tempranos.
En África, el 50% de los niños infectados
no pasan de los dos años
de vida.

Con todo, como reconoce Ferreria,
nadie puede negar los resultados
de esta veintena de años.
Entre ellos, la propia terapia antirretroviral
o el estudio de las resistencias
que interpone el virus a
los fármacos. También sería injusto
no reconocer los esfuerzos
en el campo de los tratamientos:
entre 2002 y 2008 ha aumentado
en diez veces el acceso a fármacos
en países empobrecidos. Pero
reconocimientos aparte, quienes
trabajan en primera línea de fuego
insisten en que queda mucho
camino por recorrer.

El Nobel no es la solución
Y es que los días internacionales
o los nobeles no siempre son la
guinda del pastel de un gran descubrimiento.
Que se lo digan a la
tuberculosis, una de las enfermedades
infecciosas más antiguas.

El descubridor de su causa, el alemán
Robert Koch, obtuvo el premio
Nobel de medicina en 1905.
Más de un siglo después, la Organización
Mundial de la Salud
(OMS) continúa enzarzada en su
erradicación y calcula que, sólo
en 2005, murieron 1,6 millones de
personas y aparecieron 8,8 millones
de nuevos casos. La situación
se torna especialmente alarmante
cuando los infectados también están
afectados por el VIH, ya que
ambas patologías se potencian
mutuamente. Y, al igual que en
con el sida, las resistencias del virus
a los fármacos constituyen un
importante escollo. La diferencia,
quizá, está en el volumen de investigación.
Con esfuerzos científicos
insuficientes y menos esfuerzos
aún en el desarrollo de
fármacos (se siguen empleando
medicamentos de los ‘60), se abre
la veda para que los afectados
desarrollen tuberculosis extremadamente
resistentes.

De seguir así, según estadísticas
de MSF, los tratamientos sólo serán
efectivos para la mitad de los afectados
por versiones de tuberculosis
con resistencias. Además, los métodos
de diagnóstico son caros y complejos,
difíciles de conseguir en países
como Camboya o Uzbekistán. Y
lentos: “Los resultados pueden
llegar a tardar hasta ocho semanas.

En pacientes coinfectados con VIH
que ya están enfermos, estos retrasos
pueden significar la diferencia
entre la vida y la muerte”, explican
desde MSF. La organización advertía
el año pasado, tras un análisis a
la investigación sobre la enfermedad,
que ninguno de los compuestos
contra la patología en fase de
desarrollo está en condiciones de
ofrecer un tratamiento más corto,
clave para acabar con la enfermedad.
Una sugerencia para su agenda:
el Día Mundial de la Tuberculosis
es el 24 de marzo.


¿Y el resto de enfermedades olvidadas?

Si la sociedad occidental
y, por extensión, su industria
investigadora se ha
olvidado de una enfermedad
como la tuberculosis,
la situación se agrava si
se trata de patologías que
jamás afectaron de lleno
a su población. La Organización
Mundial de la
Salud cuenta hasta 14
enfermedades abandonadas,
patologías tropicales
que afectan en total a
1.000 millones de personas
en países empobrecidos.

Un sexto de la población
del planeta. Entre
ellas, nombres tan poco
oídos en ceremonias de
entregas de premios
como mal de chagas,
enfermedad del sueño o
leishmaniaisis. Todas
ellas, con una alarmante
necesidad de mayor
investigación y mejores
tratamientos. ¿El objetivo?
Ser como su hermana
mayor, la malaria. Con
mucho esfuerzo de unos
cuantos, dejó de ser un
nombre raro para tener
cara y voz. Ahora es la
niña bonita del chiringuito
benéfico de Bill y
Melinda Gates y ha permitido
que el investigador
Pedro Alonso haya
recibido el premio Príncipe
de Asturias de Cooperación
Internacional 24
de octubre, y –perdón,
se le olvidaba a este
periodista entre tanta
ceremonia y anuncio–,
que se hable, al fin y en
firme, de una vacuna.

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