LA DIFERENCIA ES UN ASUNTO INTERESANTE
¿Hackers buenos y crackers malos?

La autora defiende que no hay hackers y crackers, sino prácticas de hackeo y de crackeo, y explica el éxito del primer concepto y el olvido del segundo.

07/09/12 · 0:00

El término hacker fue adoptado en los ‘60 para de notar la cultura informática que surgía alrededor del Laboratorio de Inteligencia Artificial del MIT. Según esta cultura, los hackers son buenos (programan el software que utilizamos y sobre todo el software libre) y los crackers son malos (se encargan de reventar los sistemas que crean los hackers).

Pero la cosa no es tan sencilla. Al igual que para la transmisión del Sida no hay grupos de riesgo sino prácticas de riesgo, tampoco hay hackers y crackers, sino prácticas de hackeo y de crackeo, que pueden ser realizadas por las mismas personas pues los conocimientos requeridos para ambas prácticas son tan intercambiables que quien puede hackear, puede crackear y viceversa. Todavía recuerdo las magníficas charlas de Mercè Molist sobre la historia de hacking blanco, el negro y el gris. (Por citar solo un ejemplo, el caso de Kevin Mitnick sería gris por excelencia).

Algunos intentos por conceptualizar hackeo y crackeo se posicionan respecto a la línea de la legalidad. El crackeo sería muy parecido a la delincuencia: intrusión ilegal en sistemas informáticos a fin de obtener algún beneficio (piratear). El problema con la legalidad es que, en lo que al ciberespacio se refiere, las leyes siempre llegan mucho después. Sin ir más lejos, la Ley Sinde convierte en ilegal lo que antes no lo era.

En los años ‘60 los hackers operaban sin contraseña porque practicaban un acceso ilimitado a los ordenadores ya que creían que la información y el acceso al conocimiento tenían que ser libres. Fue después, en los ‘80, cuando con los negocios de las telecomunicaciones y el software privativo llegaron también las restricciones de seguridad y las leyes, en un proceso que no ha parado desde entonces.

Como la legalidad es una línea cambiante, otras conceptualizaciones miran las intenciones. No tanto qué se hace sino para qué se hace. Los crackers serían maliciosos, el lado oscuro de la fuerza, mientras que los hackers trabajarían siempre para crear, y solo traspasarían la barrera de la legalidad cuando fuera la única manera de conseguir un buen fin. Salvando las distancias, algo parecido a la diferencia entre la okupación con k y la ocupación social de inmmuebles abandonados.

La diferencia entre hackeo y crackeo sigue siendo un asunto interesante. En primer lugar porque cada vez hay más artefactos electrónicos hackeables (o crackeables) al alcance de la mano. Pensemos, por ejemplo, en la práctica cada vez más frecuente de romper la contraseña de una red wifi doméstica para conseguir conexión inmediata y gratuita. Por las circunstancias en las que se da esta práctica (abundancia de redes wifi, carestía de la banda ancha, poca seguridad, etc.) y por la ética que sustenta (o no) esta acción, ¿es hackeo o crackeo? Yo tengo mi respuesta, pero me gustaría que cada cual pensara la suya. Y, en segundo lugar, porque el hackeo propone una nueva estrategia de lucha social: una ley injusta se puede denunciar, desobedecer... y también hackear si se buscan los instersticios que permiten que, cumpliéndola, esa ley deje funcionar para el propósito para el que se diseñó. El hackeo sería el arte de desobedecer obedeciendo, minimizando el coste de la represión.

Pero, a pesar de los esfuerzos por marcar la diferencia, el término crackeo no ha hecho fortuna (la prensa no lo usa jamás) y el hackeo se ha teñido de gris. No son dos téminos simétricos. Nadie se autodenomina cracker, no hay comunidades crackers, ni orgullo cracker, mientras que sí hay comunidades hackers, hacklabs, hackmeetings, hacktivismo... y muchos crackers que se describen a símismos como hackers.

En el libro La caza de hackers. Ley y desorden en la frontera electrónica, Bruce Sterling narra el esfuerzo de la policía y del Servicio Secreto de Estados Unidos por aplastar la cabeza del underground electrónico americano en los primeros años ‘90. Es una lectura muy recomendable para comprender cómo las trifulcas en el ciberespacio dejaron de ser consideradas simples travesuras y se convirtieron en luchas genuinas por cuestiones genuinas. La buena noticia es que con la hackstory, proyecto impulsado por Mercè Molist, se está escribiendo una enciclopedia online colaborativa sobre la historia de la cultura hacker hispana.

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