La XIII Conferencia Internacional de Educación Democrática (IDEC) reunió, entre el
30 de julio y el 7 de agosto, a 240 participantes entre niños, jóvenes y adultos.
Más de 70 proyectos pedagógicos compartieron experiencias y por primera vez el
congreso se abría durante dos días a la opinión pública general.

- DIVERSIDAD. La conferencia mostró una radiografía de la educación democrática. // Jerry Aero
Escuelas como Summerhill o Sands
en Inglaterra, Sudbury Valley,
Blue Mountain o The Tutorial en
EE UU, Namma Shaale en India,
De la Autodeterminación en Rusia,
Hadera en Israel, Tokio Shure en
Japón, Tamariki en Nueva Zelanda,
Lumiar en Brasil, Windsor
House en Canada o Booroobin en
Australia, por citar algunas, no sólo
están muy distantes geográficamente:
también son diferentes en
lo que se refiere a su tamaño, antigüedad,
enfoques pedagógicos,
características del alumnado e incluso
situación jurídica y formas
de financiación. En cambio, comparten
un marco general ideológico
y poseen una voluntad común:
permitir que niños y jóvenes ejerzan
su derecho a decidir libremente
qué, cómo, cuándo, dónde y con
quién desean aprender, y a participar,
como iguales de los adultos,
en la organización y gestión de sus
escuelas.
Las autodenominadas ‘sociedades
democráticas’ educan, paradójicamente,
a sus futuros ciudadanos
en instituciones que no respetan
los derechos humanos fundamentales,
como el derecho a
elegir libremente la propia actividad.
Son lugares donde se ejerce
la coerción y la autoridad, se fomenta
la obediencia, el trabajo rutinario
y parcelado, la competencia
y jerarquización de las personas,
en detrimento de la responsabilidad,
la satisfacción y la capacidad
de aprender por uno mismo.
Los defensores de la obligatoriedad
de la enseñanza reglada y
el currículo los justifican por la
supuesta inmadurez de niños y jóvenes
para tomar decisiones sobre
el futuro, así como por unas
oscuras “necesidades de producción
social”. Pero las escuelas democráticas
y las miles de personas
de todas las edades que han
podido beneficiarse de este modelo
educativo, desde hace casi
un siglo, demuestran que, como
aseguraba el pedagogo y fundador
de la escuela de Summerhill
A.S.Neill, “la libertad funciona”.
Alumnos, antiguos y actuales, de
estas escuelas participaron en el
encuentro. Ellos comunican vivencias
infantiles felices, y muestran
una elevada madurez, responsabilidad
y capacidad para dirigir
su propia vida así como para
tener en cuenta a sus semejantes,
coordinarse con ellos y encontrar
soluciones satisfactorias a los
conflictos. Se adaptan perfectamente
a la sociedad, aunque mantienen
generalmente una perspectiva
crítica.
Entre los temas que se debatieron
en el IDEC cabe resaltar algunas
conferencias y debates especialmente
importantes: “Obligatoriedad
de la enseñanza versus individualización”,
“Curiosidad o vitae:
¿provocación o contradicción?”,
“Cómo introducir la democracia en
entornos no democráticos”, “Reglas
y castigos : ¿son realmente necesarios?”,
“Bienestar emocional y
aprendizaje auto-dirigido”, “¿Es posible
democratizar las escuelas públicas?”.
Hubo tiempo también para
el teatro, la música, la danza y el
intercambio cultural.
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