ENTREVISTA / JUANMA SÁNCHEZ ARTEAGA, BIÓLOGO Y AUTOR DE 'LA RAZÓN SALVAJE'
“Cualquier forma de creencia que no se cuestiona puede resultar peligrosa”

Al ser humano le gustan las cosas ‘probadas científicamente’.
Así, pensar que el conocimiento se
asienta sobre pilares racionales diseñados en laboratorios
da mucha tranquilidad. Pero no todo está
tan claro. El biólogo Juanma Sánchez Arteaga desvela
en su primer libro el uso fraudulento del método
científico y destapa la colección de intereses
materiales y morales que esconden las ‘verdades
irrefutables’ de los investigadores. Lo hace repasando
la historia más reciente de la ciencia, que ha
avalado el racismo y la esclavitud. Su título, La
Razón Salvaje (Lengua de Trapo, 2007).

13/12/07 · 9:46

Arteaga no tiene pinta de científico.
Tampoco la tiene su discurso. Doctor
en Biología y en pleno periplo
por Brasil, duda cuando se le pregunta
por qué se decidió a escribir
un ensayo que dejara ‘en bragas’ los
fundamentos del método científico.
Sea cual fuera la razón, lo ha hecho.
Y con muchos ejemplos, como la
aplicación, durante el siglo XIX, de
normas científicas de zoología para
‘criar’ a esclavos afroamericanos.
Sucesos atroces que conducen a
una pregunta:

DIAGONAL: ¿La ciencia puede ser
tan peligrosa?

JUANMA SÁNCHEZ ARTEAGA:
Mi libro sólo trata de contribuir a
romper el mito de que las ciencias
naturales están más allá del bien y
del mal, que presentan superioridad
absoluta con respecto a otras
posibles formas de conocimiento
y de interacción con la naturaleza.
Cualquier forma de creencia que
no se cuestiona puede resultar peligrosísima.

D.: Hay científicos que han validado
verdaderas atrocidades.

J.S.A.: Existen infinidad de casos,
desde Hiroshima a las biofarmacéuticas
actuales. A comienzos del siglo
XX se exhibía, junto a un orangután
con el que compartía jaula, un ejemplar
de africano joven, un pigmeo
batwua llamado Ota Benga, en el
zoológico del Bronx. Influyentes naturalistas
y científicos de la época
consideraban que aquella exhibición
era verdaderamente instructiva desde
un punto de vista científico.

D.: ¿Qué es necesario para generar
una ciencia liberada de la lógica del
dominio?

J.S.A.: La definición de esa ciencia
utópica debería poder realizarse entre
todos y todas, es decir, que no
sólo decidan los científicos y sus financiadores,
los Estados y las grandes
compañías, sobre qué queremos
saber y cómo queremos aplicar,
entre todos, lo que sabemos. Y
como decía Galeano, la utopía sirve
para caminar. Pero quizá eso ya no
sería la ciencia tal y como la conocemos.
Quizá eso sería una anticiencia,
otra cosa...

D.: En definitiva, desterrar el eslogan
‘probado por científicos’.

J.S.A.: El empleo de la frase científicamente
comprobado es uno de los
más manidos y burdos trucos publicitarios
que pueden usarse para aumentar
el efecto verdad de cualquier
afirmación disparatada. A lo largo
de la historia, la ciencia ha pretendido
haber demostrado auténticas barbaridades.

D.: ¿No da vértigo pensar que todo
postulado científico es obra humana
y que, por tanto, no hay ningún conocimiento
objetivo?

J.S.A.: Al revés. Eso debería estimularnos
para acercarnos los unos a los
otros. Me parece que hay pocas cosas
tan fascinantes como intentar
comprender qué es lo que el otro tiene
que decir, comprender cómo desde
su posición las cosas blancas pueden
parecer negras e intentar llegar
a un acuerdo entre los dos puntos de
vista. Creo que el relativismo es la
mejor fundamentación filosófica para
la noviolencia.

D.: Pero hay verdades irrefutables,
como que el agua hierve a
100 grados.

J.S.A.: El agua hierve a 100 grados
sólo bajo determinadas condiciones
de presión.

D.: Tocado. Otra crítica fácil: desdibujas
las fronteras entre ciencia
y religión.

J.S.A.: Desde una perspectiva histórica
y antropológica, lo que llamamos
ciencia es sólo un sistema de
creencias relativamente reciente sobre
el orden de la naturaleza, circunscrito
a un período histórico y a
unas comunidades humanas concretas.
Con certeza, lo que llamamos
ciencia se modificará y se transformará,
dando lugar a nuevas formas
de interpretar la realidad.

D.: Cuentas en tu libro que hay
quien defiende que el darwinismo
utilizaba estructuras similares a las
de La Cenicienta. ¿Nos siguen contando
cuentos?

J.S.A.: Si uno analiza la estructura
narrativa de las teorías evolutivas
más aceptadas, bajo el mismo prisma
con el que los lingüistas estudian
los mitos o los cuentos de hadas,
la verdad es que puedes llevarte
grandes sorpresas. A mí me maravilla
descubrir que nuestra forma
de explicarnos científicamente
quiénes somos sigue tan radicada
en el pensamiento mágico como lo
estaba, probablemente, en los tiempos
paleolíticos.

D.: O sea, que hasta las ciencias son
humanas...

J.S.A.: La ciencia es sólo la transcripción
histórica del diálogo entre los
primates humanos acerca del sentido
del mundo. La ciencia es literatura,
es arte, es estética. La ciencia es
tradición, es social, es política. La
ciencia es histórica, es proceso, es filosofía.
Sólo hay ciencias humanas,
demasiado humanas.

D.: ¿No es un poco osado igualar literatura
y ciencia?

J.S.A.: A mí no me parece nada
arriesgado. La ciencia es sólo una
forma particular de literatura, con
una retórica y unos códigos narrativos
muy particulares, pero una
forma de literatura al fin y al cabo.
Cuando uno profundiza en la
historia de los conceptos científicos
abandonados en la papelera
de los siglos, resulta verdaderamente
difícil establecer una frontera
clara entre la ciencia real y la
ciencia ficción.

D.: Una última curiosidad, ¿qué
opinan tus compañeros científicos
del libro?

J.S.A.: La verdad, a muchos científicos
les cuesta tanto leer...


LA ‘MATEMATIZACIÓN’ DE LA ESTUPIDEZ

D.: El libro analiza el lenguaje
que emplean los científicos
para explicarse. Y, por lo que
cuentas, parece que prefieren
convertir algo accesible en un
galimatías de acceso restringido.
¿Realmente quieren ser
una sociedad secreta?

J.S.A.: Un problema que
plantean los lenguajes especializados
es, como en el
caso de las ‘lenguas secretas’,
la discriminación que
imponen entre quienes tienen
acceso a ellos y quienes no.
Los científicos deberían esforzarse
para que sus mensajes
resultaran accesibles, especialmente
para las comunidades
que se ven afectadas
directamente por sus investigaciones.
Esa gente debería
tener también un derecho a
opinar sobre ello, ¿no es así?
Es una tarea difícil, que debería
complementarse con un
compromiso decidido de
todos en la lucha por la
extensión general de la educación
y el acceso democrático
al conocimiento en nuestras
sociedades.

D.: ¿Y cuál es la estratagema
más peligrosa del lenguaje
científico?

J.S.A.: La matematización de
la estupidez. Pienso, por
ejemplo, en la historia de la
antropometría... Como decía
el matemático y filósofo Whitehead,
¿acaso la fórmula es
un conjuro mágico? En ocasiones,
la matemática sólo
sirve para dar un barniz de
profundidad científica a un
preconcepto, determinado
por un interés. El efecto verdad
de cualquier disparate
aumenta exponencialmente si
se presenta disfrazado detrás
de una matemática aparentemente
compleja. El público
lego no puede hacer más que
aceptar que aquella barbaridad
ha sido ‘científicamente
demostrada’.

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