FARMACÉUTICAS// INVESTIGACIONES FRAUDULENTAS EN PAÍSES POBRES
El ‘científico fiel’ de la industria farmacéutica

Las farmacéuticas prueban sus productos con ensayos realizados, en buena medida,
en países pobres. Así, ahorran costes, logran los permisos de comercialización y
disponen de ‘cobayas humanas’ desinformadas con pocas objeciones a sus planes.

09/05/06 · 22:20
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CARNE DE EXPERIMENTOS. A principios del siglo XX, la población afroamericana trabajadora
con sífilis de Tuskegee (Alabama) fue privada de medicamentos para observar
cómo reaccionaban o morían.

Las pantallas de los cines ofrecen estos
días el ejemplo de coraje y amor
de un hombre -El jardinero fiel, película
basada en la obra homóloga de
John Le Carré-, que busca una verdad,
la razón de la muerte de su mujer,
tras las negras cortinas de la ‘razón
farmacéutica’. Uno de los campos
en que las compañías farmacéuticas
y sus fieles científicos muestran
su cara más truculenta es el de los
ensayos clínicos en seres humanos,
como narra dicho filme. Para que un
medicamento pueda dispensarse, es
necesario que se demuestre que no
produce daños en nuestra salud. Pero
sólo puede comprobarse si un preparado
es seguro cuando lleva tiempo
a disposición del público. Esto se
conoce como ensayos en fase IV.

Muchas personas son utilizadas
como cobayas por los fabricantes de
medicamentos. Cada vez en mayor
medida, productos farmacológicos
que utilizamos en el denominado
Primer Mundo son probados en ciudadanos
de países empobrecidos.
Esto ocurre porque en dichas naciones
los gobiernos ven con buenos
ojos las ‘inversiones’ de la industria
farmacéutica. Son lugares con sistemas
sanitarios menos regulados,
donde los costes de los experimentos
y las investigaciones son más bajos
y los propios pacientes poseen
menos información.

Durante el régimen nazi millares
de personas fueron deportadas
a campos de concentración y sometidas
a pruebas ‘científicas’
horripilantes. Los ‘médicos malditos’
realizaron experimentos para
alterar la menstruación, ‘curar’ a
los homosexuales, castraciones o
pruebas de control a las reacciones
eróticas. Existieron dentistas
macabros, piojos tíficos hambrientos,
estudios sobre las sulfamidas,
el gas Taboun para la guerra bacteriológica
o las cápsulas de veneno;
variados capítulos que estos
galenos escribieron sobre sus víctimas
humanas.

Hechos similares ya se habían producido
en Estados Unidos. Muy conocida
fue la utilización de personas
de raza negra en el Estudio de Sífilis
de Tuskegee (Alabama), realizado a
comienzos del siglo XX. Con fondos
del Servicio Estadounidense de Salud
Pública, se probó a no dar medicamentos
a cientos de trabajadores
pobres afroamericanos víctimas de
la sífilis para observar cómo reaccionaban
o morían. Estas prácticas duraron
cuatro décadas hasta que fueron
denunciadas por un periodista.

Demostraciones del sadismo humano
como las citadas continúan
realizándose bajo un manto de legalidad.
La organización Public Citizen
ha advertido de que la multinacional
Discovery Laboratories, de
Pennsylvania, ha intentado probar
uno de sus medicamentos, Surfaxin-
recetado para ciertas afecciones
pulmonares-, en niños de países latinoamericanos.
Quería comparar la
eficacia del Surfaxin con la de un
placebo (producto sin acción terapéutica).
Public Citizen ha criticado
el estudio porque puede ocasionar
la muerte de los recién nacidos con
problemas respiratorios que participen
en el grupo placebo.

Profesionales comprados

Las farmacéuticas consiguen sus
objetivos “pagando a los médicos
buenas cantidades de dinero por
cada persona que reclutan para
sus ensayos. En algunos casos las
compañías prueban medicamentos
que se han considerado demasiado
peligrosos para probarlos en
EE UU”, según The Washington
Post.

En un ensayo clínico denominado
Guardián, realizado en el Hospital
Naval de Buenos Aires con la droga
cariporide en pacientes con enfermedad
coronaria, cuyo patrocinador
fue Hoeschst Marion Rousell (hoy
Sanofi-Aventis), sucedieron irregularidades
graves con el grupo de investigadores
contratados. Éstos recibieron
un honorario por paciente incluido
en el trabajo. Se han dado casos
de muertes dudosas relacionadas
con el análisis. “Se habrían
falsificado firmas en los consentimientos
informados, se incluyeron
enfermos que no cumplían pautas
de admisión del protocolo y no se realizaban
los estudios y controles señalados
en el mismo. La denuncia
fue realizada por el propio laboratorio
contra los médicos que intervinieron
en el fraude. El estudio fue
cancelado y las irregularidades puestas
en conocimiento de las autoridades
sanitarias argentinas”, ha publicado
el Boletín Fármacos.

En Brasil, sólo durante el período
comprendido entre 1998 y 2002, más
de 1.500.000 brasileños participaron
en investigaciones clínicas. Un número
indeterminado de estos análisis
se caracterizaron por el incumplimiento
de las normas internacionales
de investigación. En 2001, el
número de personas sometidas a algún
tipo de prueba farmacéutica llegó
a 645.500. Un 80% fueron de test
con medicamentos de laboratorios
extranjeros. El periódico Estado de
Minas ha afirmado que la empresa
Asta Médica ensayó el trandolapril
en 111 pacientes con hipertensión.
Cuando los “cobayos humanos” dejaron
de tomar la medicación y recibieron
placebo, sintieron más “dolores
de cabeza, mareos, palpitaciones
y signos de debilidad que los otros
151 pacientes tratados con la droga”.

Código

En EEUU un grupo de expertos,
relacionados con la Administración,
ha pedido que se impida a las farmacéuticas
nacionales utilizar fondos
públicos para investigar mientras
violen los derechos de los
residentes en países pobres. Ninguna
de las partes involucradas
desconoce el código de ética para
estudios clínicos realizados en
seres humanos, elaborado en
1964 por la Asociación Médica
Mundial y conocido como la Declaración
de Helsinki.

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