RE(D)VOLUCIÓN
Bicicletas y software libre

Ayer me compré una bicicleta.
¡Y es algo fantástico!
Puedo utilizarla tanto en la
ciudad como en el campo. ¡Y en
cualquier mes del año! Puedo
darme paseos y, si algún día me
hace falta, puedo repartir periódicos
y sacarme unos durillos. Mi
bici no traía luces, pero no es problema:
le he puesto una dinamo y
una buena luz, incluso lo he hecho
yo mismo: ¡ahorras y aprendes al
mismo tiempo! Además la hemos
pagado a medias entre mi compañera
y yo. No es ningún problema

14/11/07 · 11:59
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Ayer me compré una bicicleta.
¡Y es algo fantástico!
Puedo utilizarla tanto en la
ciudad como en el campo. ¡Y en
cualquier mes del año! Puedo
darme paseos y, si algún día me
hace falta, puedo repartir periódicos
y sacarme unos durillos. Mi
bici no traía luces, pero no es problema:
le he puesto una dinamo y
una buena luz, incluso lo he hecho
yo mismo: ¡ahorras y aprendes al
mismo tiempo! Además la hemos
pagado a medias entre mi compañera
y yo. No es ningún problema
compartirla. Pero quizá algún día
nos cansemos y queramos librarnos
de ella. Podremos venderla de
segunda mano. O se la regalaremos
a alguien que la vaya a usar.

Hoy me he comprado un programa
de ordenador. No es nada muy
sofisticado (un cliente para leer el
correo), pero tiene buena pinta y
hace mogollón de cosas. Me ha
salido bastante caro porque no he
podido comprarlo a medias. Me
dicen que ella no puede utilizarlo,
aunque lo necesita. Además sólo
podré utilizarlo durante un año. Me
han dicho que pasado ese tiempo
debo pagarlo otra vez y usarlo
durante un año más y no puedo
engañarles: el programa se rompe
y ya no funciona más. Curiosamente
he leído que si utilizo este
programa en Corea del Norte será
ilegal. ¡Menos mal que no planeo
viajar por allí! Esta compra no me
va a salir nada rentable porque
tampoco debo utilizarlo para ganar
dinero. “Uso no comercial”, dicen.

Luego en casa me he dado cuenta
de que el programa usa una letra
muy pequeña y no veo bien las
cosas. Se lo he llevado a un primo
mío informático a ver si me lo
podía arreglar, pero me ha dicho
que no puede, que es ilegal. Ya no
quiero el programa (estoy muy
enfadado) pero no puedo venderlo
ni regalárselo a nadie: también
está prohibido.

Me dice mi primo que esto se
llama “modelo de mercado del
software privativo” y que llegó a
principios de los ‘80. Pero dice
que existe una alternativa llamada
software libre. “¿Y cómo es eso?”,
le pregunté. “Fácil”, contestó, “es
como comprarte una bicicleta”.

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