Memoria LGTB en Madrid
Chueca: del timbre en la puerta al centro comercial

El proceso de gentrificación del barrio de Chueca ha transformado su histórica heterogeneidad.

02/07/16 · 8:00
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Celebración del Orgullo en 2006. / Edu León

Armando Fernández Steinko, vecino de Chueca de toda la vida, defiende la larga historia de permisividad del barrio de Justicia, conocido hoy como Chueca, que creció a la sombra de grandes ministerios, administraciones o de la mismísima Telefónica.

Un barrio por el que, en los años 20 y 30, era habitual ver a enanos y forzudos de las troupes circenses que actuaban en el Price, actrices y actores de los numerosos teatros de la zona o socialistas dirigiéndose a la Casa del Pueblo que fundó Pablo Iglesias Posse.

Tras la Guerra Civil, en el barrio convivirían en un clima de cierta permisividad policial las amantes de algunos ministros franquistas, anarquistas de camino a la sede de CNT o comunistas yendo a la imprenta clandestina de la Vaquería, en la calle Libertad.

Bares clandestinos

En la primavera de 1980, el escritor Carlos Sanrune, autor de la novela El gladiador de Chueca (1992), entró por primera vez en el barrio, "acompañado de un hombre bastante mayor que yo, que deseaba hacerme de cicerone, pues le había confesado que quería conocer algún lugar 'de homosexuales' –la palabra gay era un neologismo sólo utilizado por gente muy viajada–". Sanrune recuerda las sesiones de súper 8 en bares como el LL, de la calle Pelayo.

"Como se sabe, Chueca era una zona bastante degradada, en la que desde finales de los 70 habían comenzado a aparecer algunos lugares, que ahora llamaríamos alternativos y entonces se llamaban underground, y entre ellos surgieron, casi sin hacer ruido, algunos que se especializaron en el público gay".

Era la época del "timbre", recuerda Luis González, que, antes de vivir en el barrio comenzó a frecuentar aquellos bares, previa espera a que se abriesen puertas cuyo fin era proteger el anonimato o por lo menos la discreción.

La librera Mili Hernández, que venía de una estancia de 12 años en Inglaterra y EE UU, recuerda que tras el timbre del Black and White encontró un bar muy distinto de los luminosos bares del movimiento de los países anglosajones.

Desde la librería Berkana promovió un mapa de comercios gay y gay-friendly, que abriría simbólicamente una época de expansión de la comunidad en torno al barrio. "Para los gays y lesbianas, Chueca fue un pulmón de oxígeno", cuenta Hernández, "que ayudó a mucha a gente a reconstruir su autoestima. Eso es lo más importante que hemos logrado en todos estos años", concluye.

Junto a los locales de puro y duro ligue, echaron a andar cafeterías en los que, como recuerda Luis González, chicos y chicas se "hacían arrumacos" sin necesidad de timbres ni luces bajas.

De las tascas rehabilitadas a mano se pasó al centro comercial rosa en el que se ha convertido Chueca, en palabras de Fernández Steinko. La acumulación de locales y pisos por parte de grandes inversores cambió la fisonomía del barrio y limitó la entrada a Chueca a un tipo de cliente con poder adquisitivo elevado. Mili Hernández pone un ejemplo: "Antes había una inmobiliaria en todo el barrio, ahora hay más de 20".

Fernández Steinko relata una de las consecuencias menos públicas de la victoria de ese modelo, que fue apoyado por los gobiernos del PP: "Incluso gente que viene a poner un negocio bien pensado, que ha reunido sus ahorros, se está arruinando por el precio de los alquileres", explica.

"Les venden la moto y tienen que cerrar a los seis meses", dice este activista vecinal, quien cree que los rentistas inmobiliarios y las franquicias de multinacionales son las que sacan tajada de una comercialización que solo ha remitido tímidamente tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.

Fernández Steinko espera, con algo de impaciencia, que la nueva corporación municipal defina un modelo que supere el uso comercial que ha campado a sus anchas desde que Chueca se convirtió en una zona especializada en el ocio nocturno.

Quienes viven el día a día del barrio se ponen de acuerdo en que es un poco más difícil mantener la tradicional diversidad del barrio a los precios que se pagan por el metro cuadrado.

Mili Hernández, que ha pasado por la explosión de Chueca y ahora sobrevive con su negocio a la crisis en un local de 40 metros cuadrados por el que paga 2.500 euros al mes, certifica que "si me siguen subiendo la renta me van a echar".

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