Fernando Hernández Sánchez, historiador:
"Dan ganas de pensar que la mejor forma de guardar un secreto en España es publicarlo"

Entrevistamos a Fernando Hernández Sánchez, historiador, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, y autor del libro 'El bulldozer negro del general Franco'

11/04/16 · 16:17

Fernando Hernández Sánchez tiene una larga trayectoria como docente y como investigador. Especializado en la historia del comunismo español, es autor de obras de enorme calidad como Guerra o revolución. El Partido Comunista de España en la Guerra Civil (que fue su tesis doctoral) o Los años del plomo. La reconstrucción del PCE bajo el franquismo (1939-1953), ambos publicados en Crítica, entre otros muchos libros, capítulos de libros y artículos en revistas especializadas.

Pero junto a esta tenaz tarea investigadora, Fernando es profesor. Lo fue durante veintitrés años en la enseñanza secundaria. Y lo es desde cinco años en la Universidad Autónoma de Madrid. De su experiencia como docente ha realizado este libro: El bulldozer negro del general Franco (Pasado & Presente, 2016). Como el mismo subtitula, “historia de España en el siglo XX para la primera generación del siglo XXI”,  un libro ameno, divulgativo y didáctico que no va a dejar indiferente a nadie.

El bulldozer negro del general Franco. Historia de España en el siglo XX contada para la primera generación del siglo XXI cuenta de forma sencilla y amena el desarrollo de la historia española alejándola de determinados mitos. ¿Hay mucho déficit en el conocimiento histórico de las dos últimas generaciones de ciudadanos?

No es una hipótesis: es una realidad que ratifican sistemáticamente estudios y sondeos de opinión, con resultados altamente preocupantes. Por poner un par de ejemplos: en 2010, el CIS hizo pública una encuesta realizada con motivo de la entrada en vigor de la ley de memoria histórica. De las tres mil personas entrevistadas, el 69% afirmó que habían recibido poca o ninguna información sobre la guerra civil en el colegio o el instituto. Por otra parte, un estudio que realicé entre un centenar de estudiantes de magisterio durante el curso 2013/2014 mostró que solo el 27% de los futuros maestros habían visto los contenidos relativos a la Segunda República, la guerra civil, el franquismo y la transición durante la etapa de su educación obligatoria. Sólo uno de cada cinco de sus profesores abordó los temas con detenimiento y profundidad, frente a casi un tercio que lo hizo deprisa y superficialmente con pretextos como rehuir la polémica política o la proximidad (¡casi 80 años después de la guerra y 40 de la muerte del dictador!) a los hechos.
 

"Ha habido poca variación en el catálogo de pretextos empleados para obviar el tratamiento de la guerra civil en las aulas"

El título del libro llama mucho la atención. ¿Por qué has utilizado el término bulldozer para definir a la España y la política de Franco?

El título remite a una cita de la Autobiografía del general Franco, de Manuel Vázquez Montalbán que he incluido en el epílogo. Con visión casi profética, el autor aventuraba que la figura del dictador iría desdibujándose en las referencias divulgativas del futuro, apareciendo en las enciclopedias como un gobernante severo bajo el que se sentaron las bases del desarrollismo. Basta leer algunas interpretaciones actuales que rebajan la naturaleza totalitaria de su régimen y le atribuyen la eclosión de las clases medias que acabarían alumbrando la democracia para llegar a la descorazonadora conclusión del escritor barcelonés: "Y cada vez que un ciudadano del futuro lea esa Historia objetivada o presencie esos vídeos reductores, será como si usted [Franco] emergiera del horizonte conduciendo un bulldozer negro dispuesto a cubrir con una capa más de tierra a todas sus víctimas de pensamiento, palabra, obra y omisión…".

Es evidente que este libro está realizado en función de tus propias experiencias como profesional de la historia y de la educación. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de esa dilatada trayectoria profesional y qué ha generado este libro?

He ejercido como profesor de secundaria durante veintitrés años bajo prácticamente todas las leyes educativas. Pues bien, en lo que respecta a la enseñanza de la historia del presente español ha habido poca variación en el catálogo de pretextos empleados para obviar su tratamiento en las aulas. Primero fue aquello de que los hechos eran demasiado recientes y que no existía perspectiva suficiente para abordarlos con criterio científico. Luego se ha dado en repetir como un mantra la queja sobre lo apretado de los programas, la escasez de horas lectivas, lo controvertido de los contenidos… El resultado es que desde comienzos del siglo XXI, entre ocho o nueve millones de jóvenes habrán sido llamados a elegir a sus representantes para que tomen decisiones que afectarán a sus vidas, afrontando problemas cuyas raíces se hunden en procesos de la historia reciente sobre los que apenas habrán recibido formación escolar alguna. Y es probable que más de la mitad de los que aún permanecen dentro del sistema educativo formal apenas reciban una información superficial sobre episodios fundamentales como la Segunda República o la guerra civil española. Y prácticamente ninguna sobre la dictadura franquista o la transición. No es de extrañar que en el magma de esas carencias proliferen los discursos mistificados, los relatos ficticios y los errores de larga duración.

El libro tiene una estructura curiosa e interesante. A las explicaciones históricas del desarrollo cronológico has incluido una parte titulada “El rincón de los lugares comunes”. Y son, quizá, estos lugares comunes los que hace que la historia de España esté distorsionada. ¿Tantos lugares comunes tiene la historia de España del siglo XX? ¿A qué crees que se debe?

Hay dos factores fundamentales: la funcionalidad de las explicaciones simples y la perdurable supervivencia de las ideas ingenuas. A falta de datos e interpretaciones precisos, lo que queda en la percepción del estudiante, una vez vomitada en los exámenes la sobredosis de conocimiento factual, es un collage de lugares comunes, anécdotas, informaciones fragmentadas, datos aislados y anacronismos. La explicación teleológica –bien está lo que bien acaba– que describe el advenimiento de la democracia con la facilitadora ayuda de un pacto entre notables absuelve, por lo demás, a una mayoría social que no hizo nada para enfrentarse al régimen, porque no hay que olvidar que Franco murió en la cama. Por añadidura, el lugar que no ocupan los historiadores lo toman al asalto las producciones estridentes de tertulianos, literatos de la industria productora de hegemonía o revisionistas silvestres. Los debates prejuiciados sobre cosas tan evidentes como la imperativa erradicación de los vestigios hagiográficos de la dictadura o el contenido de los anaqueles de novedades editoriales de las grandes superficies son muestra evidente de ello.

Desde tu posición de historiador y como conocedor exhaustivo del periodo de la Segunda República y el franquismo. ¿Qué aportó la Segunda República a la sociedad española y por qué es tan denostada en muchos análisis? Por el contrario, ¿qué significó el franquismo y que se mantiene de él?

La República tuvo que acometer grandes reformas estructurales en un contexto internacional marcado por el retroceso en toda Europa de los sistemas parlamentarios y la recesión económica contando con la oposición, cada vez más virulenta, del viejo bloque hegemónico conformado durante la incompleta revolución burguesa del siglo anterior. La oligarquía terrateniente, con la Iglesia como poder legitimador, el ejército como partido en armas y la monarquía como clave de bóveda, nunca le perdonaron a la República el sobresalto que supuso para su hasta entonces incontestable control patrimonial del país. Sus herederos, tampoco. A la postre, consiguieron lo que se proponían. Lo que no pudo la obstrucción legislativa desde dentro del sistema lo acabó consiguiendo la intervención militar. La raíz republicana, obrerista, federal y laica de la España popular acrisolada en el primer tercio del siglo XX fue arrancada de forma tan implacable que jamás volvió a rebrotar.

El franquismo fue la forma política en que se encarnó la coalición contrarrevolucionaria que venció en la guerra civil. La Iglesia católica lo legitimó obteniendo a cambio una generosa financiación estatal y la adecuación de la educación y la legislación civil a la horma de su sistema de valores. Colaboradores de la dictadura fueron quienes se aprovecharon de un sistema intrínsecamente corrupto y los cómplices de la represión unidos a ella por un pacto de sangre. Sin olvidar la conformidad pasiva de la denominada mayoría silenciosa. Es en el espesor de este entramado de intereses y miedo colectivo donde se encuentran algunas de las razones que explican la larga duración del franquismo y su herencia envenenada. El recuerdo del baño de sangre original como elemento disuasorio del compromiso político; la tolerancia con la corrupción y la general presunción de deshonestidad en los gobernantes de cualquier tendencia sin que ello se materialice en una coherente reacción cívica; la consolidación, en definitiva, de un bajo nivel de exigencia para con los representantes públicos es el legado que la sociedad española debe a Franco mucho tiempo después de su muerte.

A tu juicio, ¿está la Transición idealizada en la historia de España?

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una relectura del proceso, no muy bien asumida en algunos ámbitos. Nadie debería sorprenderse de que esto ocurra. La generación que protagonizó la Transición está en la estación término de su presencia pública. Según el INE, el 36% de la población española nació después de la promulgación de la Constitución y el 68% no tuvo ocasión de votarla. No es de extrañar, pues, que haya un movimiento de fondo que pretenda hacer realidad el viejo aforismo de los radicales anglosajones del XIX de que no debe encomendarse a los muertos el gobierno de los vivos. Máxime cuando la crisis de larga duración que venimos sufriendo desde 2008 ha erosionado los pilares del discurso sobre el que se construyó el mito: la liberalización política, la conquista de las libertades, la modernización social y económica y el protagonismo de España en el concierto internacional. El proceso no ha hecho más que empezar. Todavía no ha llegado el momento álgido para la crítica de la Transición en sí: pasarán décadas antes de que las fuentes primarias sean accesibles y revelen a los historiadores algunos de los secretos custodiados en el sancta sanctorum de los depósitos administrativos, diplomáticos y militares. Estamos en la fase de la crítica de la Transición para sí, del relato sobre la edificación del sistema a que dio lugar. Sus mayores activos, el consenso que desembocó en la promulgación de la constitución de 1978 y la previsibilidad conferida por un sistema electoral bipartidista con apoyos circunstanciales de nacionalistas moderados o de una izquierda subsidiaria, se han esfumado. La triple crisis, económica, social y de representatividad política desencadenada en el periodo 2008-2015 ha hecho estallar sus costuras generacionales y territoriales. Estamos, de nuevo, en tiempos de refundación. Está por ver de qué.

 

"Estamos, de nuevo, en tiempos de refundación. Está por ver de qué"

De entre los pasajes del libro hay un par de acontecimientos que llaman la atención. Uno es la forma de abordar las razones del golpe de Estado de julio de 1936. El otro la participación de España junto a los nazis en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuáles crees que son las razones para seguir manteniendo determinados mitos alrededor de ambos acontecimientos cuando han pasado ya más de siete décadas?

A veces dan ganas de pensar que, como decía Azaña, la mejor forma de guardar un secreto en España es publicarlo en un libro. Desde la llegada de la democracia, la investigación académica ha producido montañas de estudios, artículos y tesis que han ido desmontando los basamentos del relato sobre el que se asentaba el franquismo. Pues bien, sus conclusiones no han calado suficientemente en los manuales escolares, aquellos textos en los jóvenes aquilatan su percepción de la historia en el periodo de su formación inicial. No es raro seguir leyendo que bajo la República se produjeron oleadas de huelgas, quemas de iglesias y enfrentamientos armados, mezclando el legítimo ejercicio de un derecho constitucional con manifestaciones de piromanía anticlerical y actos terroristas. O que en la dinámica del golpe militar de julio de 1936 se obvie lo que hoy sabemos acerca del tiempo largo de la trama conspirativa o sobre la adscripción fundamentalmente monárquica de sus urdidores. Respecto al distanciamiento del Eje, se suele pasar por alto que Franco se adhirió al Pacto de Acero, que incluía cláusulas de apoyo mutuo con Alemania e Italia. O que otorgó facilidades para suministrar víveres y combustible a los submarinos alemanes en los puertos del Atlántico. Tampoco leerán nuestros estudiantes que, más que la supuestamente irritante entrevista en Hendaya, lo que impidió que España entrara en la guerra mundial al lado de Hitler fueron los sobornos –valorados en unos 170 millones de euros actuales– realizados por los servicios de inteligencia británicos a destacados generales del entorno del Caudillo. Es más fácil repetir los tópicos manidos que, en última instancia, acaban pasteurizando al franquismo al aligerarlo de aquellos rasgos estridentes que habían quedado sepultados bajo los escombros de cancillería de Berlín o colgando de la marquesina de una gasolinera en la piazzale Loreto de Milán.

Podemos decir que no estamos ante un libro al uso. Entre tus fuentes bibliográficas y documentales para su elaboración has utilizado el cómic y los nuevos recursos como los códigos QR. ¿Consideras el cómic una fuente para el conocimiento histórico? ¿Crees que las nuevas tecnologías ayudan para ese conocimiento?

El cómic o la novela gráfica me parecen excelentes medios para introducir al alumnado en el conocimiento de nuestra historia reciente. Para una generación eminentemente audiovisual, ejercen un atractivo indudable. Maus o Los surcos del azar hacen más por el conocimiento de la naturaleza del nazismo o de la participación española en la resistencia antifascista que los recursos bibliográficos al uso. Y el acceso inmediato a esa inmensa base de materiales audiovisuales que es Youtube posibilita ampliar lo expuesto en el texto –por definición, limitado– e iniciar una búsqueda propia aprovechando la estructura reticular del medio, a fin de seguir profundizando y desarrollar el espíritu crítico. Incluso cuando lo que se encuentra es basura propagandística, es útil porque favorece el ejercicio del contraste. El reto, cuando se trabaja con nativos digitales, no es el exceso de información, sino la provisión de las claves necesarias para descodificarla.

El libro trata de romper muchos mitos. Mitos forjados ayer pero mantenidos hoy por los llamados revisionistas. ¿Por qué esa “historiografía” revisionista goza de tan buena salud?

Porque reconforta a ciertos sectores ideológicos. No es estético presumir de ser, al mismo tiempo, demócrata y franquista. De ahí la necesidad de desnaturalizar la dictadura, con la tramposa contraposición entre totalitarismo y autoritarismo; de alabar sus logros macroeconómicos y sus derivadas sociales, el surgimiento de la mesocracia y la falaz apertura de prensa de Manuel Fraga; y, para sus orígenes, rebuscar pretextos para justificar el golpe de estado contra la República como respuesta a una situación de necesidad, imputar a otros la responsabilidad del desencadenamiento de la guerra o diluir la magnitud represiva en la estupefaciente atmósfera de la “guerra entre hermanos”, la “locura colectiva” o el “si hubo Badajoz, también hubo Paracuellos”. Si, además, estos argumentos pueden servir como munición en el combate político del día a día, como ocurrió con la guerra de las esquelas en tiempos de Zapatero o con el callejero madrileño en la actualidad, miel sobre hojuelas…

Tras la elaboración de este libro, por tu contacto con la comunidad educativa en su conjunto y en relación a la propia sociedad, ¿hay esperanzas de que en un futuro las nuevas generaciones entiendan mejor la historia? ¿Y qué futuro le vislumbras a la propia ciencia histórica, a tenor del panorama actual, para esta cuestión? Por decirlo de otra forma, ¿cómo son las nuevas generaciones de alumnos, de historiadores y de ciudadanos en general?

No albergo ilusiones de una conversión masiva hacia el estudio de la Historia en estos tiempos de postración ante las carreras utilitarias. Confío, eso sí, en los jóvenes historiadores que tendrán la oportunidad de contrastar el relato de ese pasado con las fuentes directas que -así es como avanza el saber- lo pondrán en cuestión. Me contentaría con que lográsemos ser una sociedad democrática normal, en la que quedara desterrado para siempre aquello de “yo no soy franquista, pero…” No hay nada bueno que venga detrás de ese pero. Una sociedad que se enfrentase a su pasado asumiendo su complejidad y su conflictividad, sin miedos ni reservas, agradecida con quienes se dejaron lo mejor de sí mismos en la lucha por la libertad de todos. Como lo hacen, por utilizar una conocida expresión-comodín, todos los países de nuestro entorno. En esa labor, como decía Eric J. Hobsbawm, los historiadores, encargados de recordar lo que otros olvidan, pueden ejercer una importante función social, la de restablecer la conexión entre la sociedad y su pasado con el fin de dar sentido a las aparentemente insondables contradicciones del presente.

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Fernando Hernández Sánchez
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