Científicos sirviendo a verdugos

Hiroshima y Nagasaki. La guerra aceleró la construcción de la bomba. Pero ¿por qué continuó, y continúa, la fábrica nuclear en marcha? Científicos sirviendo a verdugos. Verdugos enmascarados con un hábito de votos sin luces.

, escritora y filósofa
06/08/15 · 8:00
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Hiroshima y Nagasaki. La guerra aceleró la construcción de la bomba. Pero ¿por qué continuó, y continúa, la fábrica nuclear en marcha? Científicos sirviendo a verdugos. Verdugos enmascarados con un hábito de votos sin luces.

Las generaciones siguientes hemos nacido con la bomba ahí. No­so­­tros no somos ya iguales a los de entonces, a quienes aquel hecho insólito, aquel crimen sin precedentes en su forma y magnitud, aquella toma de conciencia de que, gracias a la ciencia, la humanidad estaba en condiciones de destruirse a sí misma, causaron una conmoción irreparable. El pensador Günther Anders quedó sin habla y no pudo escribir una línea en los años siguientes.

No sólo hemos integrado la amenaza de destrucción como parte de nuestro hábitat, es decir, que nos hemos habituado a su compañía: los de ahora somos otros que los de entonces, y nuestra sensibilidad hacia ello es diferente. La identidad humana se mueve y los acontecimientos la transforman. ¿Se puede crecer en una casa llena de minas, vivir en ella sabiendo que sus propios habitantes están en posición de desintegrarla, con intención o por error accidental? Evi­dentemente, se puede. No deja, con todo, de ser un horror en sí mismo.

La herencia que portamos

Nosotros llevamos, como herencia absorbida y contaminación asumida, la huella de aquella convulsión. Pero hoy la posibilidad que tiene la humanidad de quitarse de enmedio no es un tema fundamental que obsesione a pensadores y científicos como ocurría en los años cincuenta. La conciencia sobre un deterioro cada vez más acelerado del planeta, por ejemplo, la del cambio climático, ocupa actualmente las discusiones en mayor medida que la peligrosa presencia de bombas y centrales nucleares.

Sin embargo, esa mera existencia suya tiene ya carácter de macabra servidumbre. Los dieciocho prestigiosos firmantes del llamado Mani­fiesto de Göttingen, entre ellos, los Premios Nobel Otto Hahn, Werner Heisenberg y Max Born, protestaron en 1957 contra el armamento nuclear y la política al respecto anunciada por Adenauer, aunque apoyaron el “uso pacífico” de la energía nuclear. Adenauer respondió entre irónico y escandalizado por semejante “interferencia”; mas luego tuvo que retractarse debido a que, por primera vez, surgió un amplio debate público sobre el tema. Días después, los firmantes obtuvieron, en plena Guerra Fría, el apoyo de otros catorce investigadores de la desaparecida Alemania Oriental que redactaron un escrito similar. El filósofo Karl Jaspers reprochó a los científicos “ingenuidad política”, asombrado del abismo que había entre su capacidad de inventiva e inteligencia, y su pensamiento político sin elaborar: “Asustados de lo que han hecho, piden con ideas de paz una solución, mientras no dejan de llevar su trabajo adelante”.

Así es: lo que retrata a la ciencia moderna no es tanto el haber desa­rrollado un método, en el que se ­escuda para ostentar el monopolio de todo el saber humano, sino la actitud irresponsable y colonizadora del científico que no se detiene ante lo imprevisible de los procesos que desen­cadena en la naturaleza.

Günther Anders, en cambio, nunca creyó en el discurso de atoms for peace de Eisenhower, militar devenido presidente. Rechazó la energía nuclear, sin distinciones, en tanto supone un chantaje a la humanidad. Basta con recordar el escenario de Chernobyl y, más recientemente, el de Fukushima, para entenderlo. Por otra parte, es cierto: seguimos sobreviviendo a todo. Aunque algunos más que otros, parafraseando a Orwell. No vimos a los empresarios de la central japonesa vestidos con buzos echando una mano, ni siquiera en los momentos de mayor urgencia.

¿Somos tal vez unos “analfabetos del miedo”, como decía también Günther Anders, sin suficiente capacidad de imaginación para comprender las consecuencias de un accidente o una explosión nucleares? Ena­jenados de la realidad que vivimos, tal vez no reaccionemos hasta que nosotros mismos tengamos el agua al cuello. Y en tal caso, con un inútil ataque de pánico. Pues, por lo que se refiere al prójimo, ése no está nada próximo. Ni la globalización nos lo ha acercado. Lo consideramos lejano, remoto, aunque no esté sino unos metros más allá. Si a él le toca más cerca del epicentro, echaremos la culpa a su destino.

Tal vez tenía razón Karl Jaspers en su libro de 1958 La bomba nuclear y el futuro de la humanidad, al afirmar, en el contexto de las grandes manifestaciones contra la guerra nuclear de esos años, que, más allá de los síntomas, habría que ir a la raíz de la desgracia humana, el belicismo, y que el armamento nuclear no podría ser abolido sin abolir a la vez el principio de la guerra. Mientras tanto, se han inventado más y mejores armas.

70 años después es válido lo que apuntó en su diario Günther Anders despúes de acudir en 1957, en Hiro­shima, a la conmemoración de la explosión nuclear: “La celebración ha sido la manifestación de un nunca más, dentro de un mundo que está lleno de todavía, y de una y otra vez”.

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comentarios

1

  • |
    Mario Peralta
    |
    09/08/2015 - 9:09pm
    <strong>A 70 años del holocausto los asesinos gobiernan nuestro mundo</strong> Generalizar la responsabilidad del asesino es la mejor manera de deslindarlo de toda culpa. La culpa, se ha vuelto de &ldquo;todos&rdquo;, (universal) de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki por parte del gobierno de Estados Unidos al final de la segunda guerra mundial. Bombas que rompieron las vidas de millones de personas. Lo mismo ha pasado con Alemania a más de 70 años del genocidio que quitó la vida a no menos de 8 millones de personas, que fueron torturadas y asesinadas bajo el gobierno nazi de esa época. Ahora es una consecuencia universal, y todos debemos aprender de la lección. Sin embargo; tanto Estados Unidos, en el genocidio de Hiroshima y Nagasaki, Japón; como Alemania en su mega masacre de sus mismos concuidadanos y vecinos han sido jamás condenados formalmente como culpables de tales atrocidades que antes como ahora, son ejemplo a seguir al no haber consecuencia alguna por las acciones y responsabilidades que un país rico puede afrontar. Resultaría irónico aún ante el cerebro más alejado de la realidad en que vivimos aquí en la tierra que hoy en día, casualmente los dos países más poderosos del planeta son los dos mismos que han sido más antihumanos. Pero más irónico aún resulta pensar que esos dos mismos países son los que hoy dictan las reglas de juego que el resto de los países deben jugar. Mas en esta línea de pensamiento, sólo puedo concluir que es el camino a seguir para cualquier país que pretenda el poder que detentan estas dos naciones sobre nuestra insipida, relativa e indefensa humanidad. Es el ejemplo que muy lejos de la retórica del &ldquo;no volverá a suceder&rdquo; nos dejan los años de olvido, apatía o desmemoria. Ya de paso me pregunto a veces si estos actos de deshumanidad y soberbia los hubieran cometido gobiernos de países estigmatizados como Corea del Norte o Irán &iquest;Qué habría ocurrido? Puedo asegurar que no existirían hoy como los conocemos sin un demoledor castigo que los habría enviado a la edad de piedra, tal como Estados Unidos envió a esa época a Iraq o a Afganistán en los años noventas y dos miles. Ahora vemos como Alemania envía a la prehistoria lentamente a Grecia y a todo aquel que no pague en tiempo y forma a sus acreedores.&shy;&shy; No se trata de hacer cumplir como hacía el código de Hamurabi en Mesopotamia: &ldquo;Ojo por ojo, diente por diente&rdquo;. Podría haber una pena consensuada por un consejo de paz como la ONU, (desde luego no se puede esperar cosa cercana de ese organismo) e impedir que dos naciones que han tenido antecedentes devastadores, llegaran bajo auspicio del resto de los países, a presidir el grado de policías y guardianes del mundo.
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