Utopías neoliberales
Un Silicon Valley de la mente

Entre el hippismo y el neoliberalismo, el capital tecnológico busca formas de Gobierno a su medida.

, enseña, escribe e investiga en New York (EE UU).
30/11/14 · 8:00
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Una mañana de junio de 1957, ocho jóvenes ingenieros se reúnen en una cafetería para decidir su salida de la compañía del premio Nobel William Shockley, establecida en el valle de Santa Clara (Califor­nia). A falta de documentos legales, los ocho jóvenes estampan sus firmas en ocho billetes de dólar.

Aunque aquellos firmantes no lo sabían entonces, esos ocho billetes eran el documento fundacional de Silicon Valley. De su acuerdo nacerá Fairchild, una innovadora empresa que pronto revolucionará el campo de la electrónica a través del desarrollo del semiconductor, abriendo enormes avances en el mundo de la computación, especialmente en los campos de la industria militar y espacial. En su ya clásico ensayo The Californian Ideology, Barbrook y Cameron apuntaban la paradoja subyacente en la economía del conocimiento y la tecnología que Silicon Valley simboliza. Si esta particular cultura corporativa exalta los valores de la innovación ligada al emprendimiento individual, un vistazo a su historia muestra que entre sus precondiciones se contaban, primero, una profunda dependencia de la fuerte inversión estatal durante el contexto de la guerra fría y la carrera espacial y, después, la existencia de toda una economía basada en redes informales de intercambio entre aficionados a la computación, esto es, una producción social –y continuamente socializada– de conocimiento e inno­vación, como el Home­brew Com­puter Club que frecuentaran Steve Jobs y Steve Wozniak durante los setenta antes de fundar Apple.

Esta composición económica explica mejor que las clásicas teorías de la cooptación la compleja combinación ideológica de hippismo y neo­liberalismo que Silicon Valley simboliza. Este territorio, situado en un curioso limbo entre el espacio físico y virtual consiste, parafraseando a Ferlinghetti, en un Silicon Valley de la mente. Un extremo, hasta cruel, idealismo filosófico recorre las numerosas propuestas de tipo político surgidas desde allí en los últimos años como las posturas secesionistas del consejero y profesor de Stanford Balaji Srinivasan, o las propuestas de rediseño de la estructura administrativa de California, como la iniciativa Six Californias, del inversor Tim Draper. Otras, como la del CEO de Google, Larry Page, sugieren la apertura de un espacio controlado de experimentación social casi total, combinando ecos de una utopia hippy con una absoluta ceguera al privilegio de clase implícito en sus condiciones de acceso. Entre las más pintorescas se cuenta el proyecto Seasteading, a cargo de Peter Thiel y Patri Friedman –nieto de Milton Friedman– consistente en la construcción de ciudades flotantes para millonarios frente a las costas del Pacífico.

El lobby tecnológico

Estos casos, ridículos hasta el paroxismo, no son sino el mascarón histérico de un giro más profundo e importante en la relación de Silicon Valley con la política del país, a través de su constitución como lobby. Zuckerberg, el creador de Facebook, impulsó hace poco una plataforma, FWD.us, para impulsar –si bien erráticamente– la reforma migratoria. La influencia ideológica del complejo tecnológico se deja ver, por otra parte, en propuestas de reformas institucionales a través de apps y superficiales fórmulas de participación individualizada (valga el oxímoron).

Idealismo, engreimiento y narcisismo caracterizan este giro político. Podrían considerarse meros delirios de millonarios ociosos si no fuera porque la ciudad ideal de Silicon Valley hace ya tiempo empezó a tomar una forma agresivamente material y concreta en un San Francisco en el que vecindarios enteros ven doblados sus alquileres de un año a otro. Diariamente, sus calles son recorridas por autobuses privados de Google con cristales tintados y horarios secretos, sólo accesibles para los empleados que son conducidos en ellos hasta el campus de la empresa para trabajar entre máquinas arcade y muebles de colores. El borrado de la frontera entre trabajo y juego. Otro borrado se opera sobre los trabajadores manuales de la empresa, como los que el artista Andrew Wilson mostró en su video Workers Leaving the Google­plex, saliendo del complejo de Google mientras la voz de Wilson explica detalladamente las diferencias de privilegio entre los colores –blanco, verde, rojo, amarillo– de las diferentes acreditaciones que portan los trabajadores. Otra obra suya, Scan Ops, tomaba fotografías de búsquedas en Googlebooks en las que podían verse las manos –habitualmente de piel morena y negra– que habían escaneado los libros virtualizados en el archivo. Raza, clase, trabajo manual e intelectual, manos y ojos que se encuentran en una captura de pantalla.

En ese borrado y en ese encuentro se cifra el carácter histórico de esta ideología. Apenas una actualización, el último capítulo de un hilo que recorre toda la historia estadounidense: la lógica insaciable de la propiedad, de la búsqueda de la última frontera. Pobre hombre blanco.

Tim Draper y el sueño de las Seis Californias

En 2013, el empresario Tim Draper presentaba su propuesta para convertir California en seis Estados, uno de ellos Silicon Valley. El objetivo: acabar con las trabas burocráticas y crear un paraíso para los nuevos negocios. En febrero de 2014 Draper se lanzaba a recoger firmas. A pesar de haber conseguido más de 700.000 firmas válidas, por ahora la propuesta tendrá que esperar al resultar insuficientes para la convocatoria de un referéndum en noviembre de 2016.     

Ciudades flotantes para millonarios

“Era bastante libertario cuando empecé [en los negocios]. Ahora soy muy libertario”, decía Peter Thiel, fundador de Paypal entre una larga lista de empresas tecnológicas. Este empresario tiene un sueño: una red de ciudades-estado en aguas internacionales. Acompañado por Patri Friedman, nieto del economista Milton Friedman, proyecta para 2019 la primera de estas colonias oceánicas a 200 km de la costa de California. “El objetivo último es abrir una frontera para investigar nuevas ideas de gobierno”, declaraba Friedman.

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