Obsolescencia programada
Cyborg interruptus

“Es tiempo de morir”, la frase de Nexus 6 en Blade Runner, define el otro sentido de la obsolescencia programada.

, Es escritor
24/10/14 · 8:00
Nexus 6, personaje interpretado por Rutger Hauer en Blade Runner.

Asumimos que la cuestión de la obsolescencia programada apunta sin paliativos a un razonamiento económico. A la escalada geométrica de reemplazos y a su correlato en términos de consumo y ganancia de la industria. Sin duda. Pero podemos plantearnos otras hipótesis; al fin y al cabo la interacción entre infraestructura y superestructura se plantea desde una membrana tan lábil y porosa que el argumentario económico y la narrativa cultural asumen muy a menudo papeles especulares y no jerárquicos. Dobleces de una misma estrategia. Dicho lo cual, nos preguntamos: ¿pueden existir otros motivos de peso que expliquen algo aparentemente tan prosaico como es la caducidad preestablecida de todos esos dispositivos que pueblan la selva tecnológica? ¿Hay algo más ahí fuera?

Los objetos técnicos no eran cosas inertes, sino entes con sus particulares modos de existir

En 1958, el filósofo francés Gilbert Simondon (uno de los padres putativos del pensamiento de Gilles Deleuze, ahí es nada) publicaba su primer ensayo, El modo de existencia de los objetos técnicos, y con él hacía tambalear las bases del paradigma que hasta entonces entendía la tecnología y sus productos concretos como una simple extensión instrumental de las necesidades utilitarias del ser humano, así como un suplemento destinado a cubrir las carencias del mismo. En ese trabajo Simondon apostaba por una visión cibernética y sistémica de la relación entre hombre y técnica, planteando la posibilidad de que los objetos tecnológicos fueran en realidad un elemento más (por lo tanto no subsidiario) de la esfera social y ontológica del ser humano. En esa visión panorámica, expandida de las relaciones sujeto/objeto, la tekhné griega no se diferenciaba de la physis, técnica y naturaleza no eran planos contrapuestos caracterizados por estrategias de depredación [vs] supervivencia, sino que se interconectaban de manera simbiótica hasta hacerse prácticamente indistinguibles. Simondon empleaba en sus clases ejercicios prácticos con motores, circuitos electrónicos y demás cachivaches para demostrar que el pensamiento humano le debía una solidaridad filosófica a esos dispositivos, partes constitutivas de una realidad no compartimentada sino en constante mutación. Los objetos técnicos no eran cosas inertes, sino entes con sus particulares modos de existir que se ensamblaban a otras modalidades de existencia como la biológica o incluso la conceptual-abstracta.

A pesar de no ser un autor de culto para los pobladores de Ciberia (la Arcadia soñada por los acólitos del transhumanismo), Simondon sentó las bases de lo que otros autores posteriores como Donna Haraway auparon bajo la denominación de cyborg: ese paso-a-través abierto entre la dimensión humana y la dimensión tecnológica que permitía hipotetizar sobre nuevas formas de subjetividad, un nuevo mapeado antropológico que en la era de la sociedad-red y de la propagación informativa debería ir de la mano de un explícito posicionamiento político. Algo que la cultura ciberpunk hizo suyo con mayor o menor fortuna: la resistencia al sistema pasaba por devenir otra cosa distinta: transmutarse, convertirse en una Hybris, implosionar las dicotomías tradicionales en las que se sustentaba la hegemonía binaria-falocrática. Asumir el papel ontológico de los objetos técnicos suponía abrazar lo cyborg como el diagrama de una nueva forma de subversión, una guerrilla híbrida y mutante.

Bajo este prisma uno puede preguntarse pues si la obsolescencia programada no sería una táctica por medio de la cual bloquear esa potencial y peligrosa hibridación. Marcando de forma insoslayable la caducidad de los dispositivos tecnológicos con los que establecemos un ensamblaje cada vez más complejo y prolífico quizás estén buscando diferir o derogar la transmutación cyborg. Cinco años no son nada y las maniobras de acoplamiento y sublevación requieren su tiempo, aunque después su puesta en escena sea tan volátil como la descarga de un fichero malicioso en la base de datos de una corporación. Ups, no he dicho nada.

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