El 1º de mayo en los primeros años de la Transición
De la unidad a la disgregación (y de ahí al apaciguamiento)

Una reflexión sobre la celebración del 1 de mayo en los años de la llamada Transición.

, Es historiador
01/05/14 · 10:36

Las celebraciones de contenido nacionalista, como el Aberri Eguna, la Diada o el Día de la Hispanidad –anteriormente Fiesta de la Raza–, disfrutan en la actualidad de una atención mediática y académica considerable. Aún más, el interés que suscitan se redobla al ser aprovechadas por diversas formaciones políticas para ofrecer a la opinión pública imágenes y declaraciones impactantes. No sucede lo mismo con el 1 de mayo, cuya fuerza simbólica y capacidad reivindicativa han ido perdiendo terreno en provecho del mero ocio. Si bien excedería con creces los límites y objetivos de este espacio analizar las causas, tal vez no sea baladí reflexionar sobre algunas de ellas retrotrayéndonos a la época de la transición política.

Comencemos recordando que hasta 1977 los sindicatos de clase, los principales actores del 1 de mayo, eran organizaciones ilegales. Pero la clandestinidad no se convirtió en óbice para que el movimiento obrero emprendiera una ofensiva que asociaba, como señala Andrés Bilbao en un artículo imprescindible sobre el tema ("La transición política y los sindicatos", Cuadernos de Relaciones Laborales, nº 1, 1992, pp. 105-117), una progresiva rigidez laboral en provecho de los trabajadores –mayor seguridad en el empleo, mejores salarios y condiciones de trabajo, etc.– con la racionalidad económica. Inevitablemente, al ser la dictadura la representante de los intereses de las grandes empresas y la banca, esta racionalidad económica implicaba un compromiso inequívoco con el antifranquismo. En este sentido, la lectura de los datos sobre movilización obrera y cambio político estudiados por Ignacio Sánchez-Cuenca en su último libro (Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 2014, pp. 71-77) puede ser interpretada de otra forma a la realizada por el autor, concluyendo que no muestran tanto la decantación de las masas asalariadas por "preferencias moderadas", como una visión excesivamente economicista de los asuntos políticos, fomentada seguramente por la supeditación de los sindicatos a los intereses de los principales partidos políticos.

En la Transición se produjo una ruptura de la unidad sindical, cuyas consecuencias se percibieron en las conmemoraciones del 1 de mayo: de los festejos unitarios y combativos –como los de 1977, brutalmente reprimidos por la Policía– a la desunión táctica y estratégica a raíz de la firma de los Pactos de la Moncloa, que significarían el inicio de una nueva política laboral caracterizada por la contención salarial y el pactismo. La actitud de de las direcciones fue contestada, e incluso en algunos casos rechazada por unas bases provenientes de ambientes asamblearios y dispuestas a llevar huelgas de verdad. En 1978 las asambleas de trabajadores de la construcción de Asturias forzaban a los empresarios a reconocer las reivindicaciones obreras, haciendo frente además a la pretensión de UGT de encauzar la negociación mediante una vía sindical. En el País Vasco, donde los movimientos autónomos habían cobrado más fuerza a rebufo de los sindicatos tradicionales, persistían no sin dificultades algunos comités de trabajadores en las principales zonas industriales. Por otra parte, la CNT resucitaba con fuerza en algunos territorios. La confederación obrera anarcosindicalista fue capaz de liderar una huelga indefinida en el sector de las gasolineras de Barcelona en 1978, consiguiendo la adhesión de algunos afiliados a CC OO y UGT descontentos con sus decisiones, ante el asombro de los informadores.

Son sólo unos ejemplos. No obstante, tal vez resulte más ilustrativo lo sucedido con la huelga indefinida del metal que tuvo lugar en Logroño en la primavera de 1979, en pleno retroceso de las movilizaciones obreras. El paro, que tuvo lugar en el marco de la negociación del convenio colectivo del sector, duró 42 días e implicó a unos 6.500 obreros metalúrgicos que se organizaron de manera asamblearia. Se debe subrayar el apoyo unánime que recibió esta lucha por parte de todos los sindicatos con representación, sometidos a las decisiones de los trabajadores. Pero avanzada la huelga CC OO y UGT rompieron la unidad e integraron una mesa negociadora con la Federación patronal, al margen de las asambleas, contando con la participación y asesoramiento de dos miembros de la dirección nacional de ambos sindicatos –uno de ellos José Luis Corcuera, futuro ministro del Interior con Felipe González–. En medio de este ambiente de confusión, crispación y frustración, tuvo lugar el 1 de mayo, donde quedó escenificado el divorcio: CC OO y UGT juntos por un lado, y CNT y USO cada una por su cuenta.

Según algunos testimonios, el día de la firma del acuerdo muchos carnés se rasgaron. La versión sobre la traición, común a tantos conflictos, no corresponde exactamente con la realidad. En realidad hay que hablar de un cambio del paradigma sindical, que adoptaba la flexibilidad laboral y la libertad de mercado como la nueva racionalidad económica, si bien al margen del sentir de la afiliación. Las novedades fueron asentándose de manera paulatina, en un complejo proceso que nos ha conducido a la situación que padecemos hoy en día. Cada 1º de mayo las consignas de unidad de trabajadores y trabajadoras se repiten como si fueran letanías, mientras la domesticación y división del movimiento obrero se acrecienta. Este seguirá siendo el horizonte al que nos veremos condenados mientras los sindicatos primen la política de organización por encima de la política de clase.

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Huelga de gasolineras en Catalunya.
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