El autor analiza el discurso que gravita en torno a los días de vacaciones y las mutaciones desde la sociedad de consumo hasta la edad de la precarización.

Los más afortunados iniciarán el éxodo mañana viernes, apenas salgan del trabajo. El común de los mortales tendrá que resignarse a esperar contando las horas hasta el miércoles por la tarde de la próxima semana o bien el jueves de buena mañana. Algunos, los desafortunados, se verán forzados a reducir la escapada a los días cumbre de la semana en principio dedicada a conmemorar la pasión del Señor o incluso a conformarse con un simple día en el campo con la parienta o el pariente, los niños correteando de aquí para allá y la consabida tortilla de patatas. Pero, en todos los casos, se trata de lo mismo: salir para sobrevivir.
Tal vez los imponderables asociados a la presente crisis hagan que los destinos más demandados ya no sean el soñado Caribe o esos escaparates para la exhibición de los españolitos de postín que son hoy día París o Londres, sino otros mucho más modestos, y que la mayoría tengan que conformarse con viajar al pueblo de origen con la intención más o menos consciente de pavonearse ante los paisanos. Pero ello no impide lo esencial: se trata de escaparse estos días de Semana Santa sencillamente para seguir viviendo.
Y así, el ciudadano de a pie tratará de olvidar, durante unos días o unas horas, las acometidas de la crisis, las facturas por pagar, el trabajo precario, las amenazas siempre latentes de perderlo si es que aún tiene la suerte de conservarlo, la comunión de la niña que hay que celebrar pese a todo, el televisor que está hecho una patata. O, dicho de otra forma, escaparse para seguir viviendo.
Hace más o menos siglo y medio, las escapadas del trabajador proletario que retrató Dickens se reducían a emborracharse con los compañeros en la taberna cuando se cobraba el salario.
Hace un par de décadas, en pleno dominio de la llamada sociedad de consumo, aquellos modos de escape característicos del trabajador proletario parecían haber quedado definitivamente atrás. El trabajador, elevado a la categoría de consumidor, tenía a su disposición vacaciones pagadas, contaba con facilidades de crédito que le permitían acceder al “paquete estándar” de productos masivos que definían su propio estatuto como consumidor, había cumplido probablemente el sueño de disponer de una vivienda propia… Mientras que, por lo demás, el trabajo en la fábrica se había dulcificado grandemente, cuando no había sido sustituido por una ocupación en el sector servicios que difuminaba, tal vez de modo definitivo, la distinción tradicional entre trabajadores “de cuello azul” y “de cuello blanco”. Y mientras todo esto sucedía en las áreas privilegiadas de Occidente, el trabajo infame del que hablaba Dickens en sus novelas se había recluido en lugares inaccesibles del “tercer mundo”, con objeto de que su visión nefasta no alterara la buena conciencia de esos honestos consumidores.
Promesas rotas
Hoy, tras el estallido de la crisis, este mundo idílico se ha difuminado hasta empezar a constituir cosa del pasado. La promesa de un trabajo para toda la vida ha sido sustituida por la realidad cada vez más patente del precariado. Gran parte de nuestros jóvenes se ven desposeídos de las mieles de la sociedad de consumo por la simple razón de no tener trabajo. El sueño de riqueza unido a la posesión de una vivienda ha experimentado un trágico despertar con el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y ese “tercer mundo” lejano donde sigue vivo el mundo de Dickens se hace cada vez más visible en nuestras calles o en los sótanos de nuestras casas, con los talleres clandestinos donde la esclavitud apenas disimulada sigue constituyendo una terrible práctica.
En tales condiciones, la clásica salida de Semana Santa adquiere un nuevo significado. Ya no se trata de salir porque tales escapadas esporádicas, que complementan las obligadas vacaciones veraniegas, constituyan un derecho asociado al estatuto de trabajadores-consumidores. Se trata, mucho más drásticamente, de salir para escapar a unas condiciones de vida que cada vez nos aprisionan más. Y esto es lo que da lugar a que comiencen a abundar escapadas de un tipo bien distinto a las propias de la Semana Santa y que recuerdan a las que eran típicas en la época de Dickens. Y ahí están, si no, los botellones rituales a los que se entregan buena parte de nuestros adolescentes prácticamente todos los fines de semana o los crecientes episodios de violencia machista. Porque, en este último contexto, ¿alguien se ha parado a pensar hasta qué punto el aluvión de crímenes machistas que salpican las páginas de nuestros diarios guarda alguna relación con la situación de crisis que adquiere perfiles realmente dramáticos en un número cada vez mayor de hogares españoles? Sea como sea, ¡feliz salida de Semana Santa!
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