símbolos y hechos a través de las imágenes
El imaginario desechable en el período 1936-1939

El autor analiza el peso de las revistas y tebeos durante el período más importante del siglo XX en la historia de España.

, Es dibujante y experto en sociología de la imagen
05/11/13 · 8:00
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TIRA CÓMICA. Uno de los ejemplos de imagen antifascista del ciclo 36-39.

“El lugar que una época ocupa en el proceso histórico se determina con más fuerza a partir del análisis de sus manifestaciones  superficiales e insignificantes”.

Estas palabras de Siegfried Kracauer (“El ornamento de la masa”, Estética sin Territorio), fueron escritas en 1927 y son el tótem de este artículo de análisis de la revolución y guerra españolas, pues del análisis de sus “manifestaciones superficiales” intentaremos extraer el “contenido básico de lo existente”: la construcción manida que conocemos como intrahistoria, para entendernos, la experiencia de una realidad espacio-temporal concreta. En este caso, la española de 1936 a 39, a través de manifestaciones superficiales que identifico con su imaginario gráfico desechable: las representaciones visuales contenidas en las revistas de la revolución/guerra, reveladoras gracias a su formidable proliferación, alto grado de especialización y enorme sofisticación (incluso las que se editan en la trinchera). Sin contar con la prensa per se, las publicaciones periódicas por sí solas superan el millar de cabeceras, cada una con específica regularidad, temática, maquetación, ideología…

Por cantidad, expansión y especialización, estas representaciones son un fenómeno si precedentes

Pero vamos por partes. Kracauer se refiere a esa Edad del capitalismo, definida como “modernidad” en el lenguaje sociocultural canónico heredado, que consideró nacida del cadáver de la Comuna parisina de 1871 y que mutó para siempre tras 1945. Vamos a dejar de lado lo que hace emblemáticas a estas fechas y a dar por sentados sus precedentes, prefiguraciones, residuos… que no se producen de la noche a la mañana. Sin penetrar en sus profundidades, planteamos dos convicciones: una, que todo lo que supone el fenómeno español de 1936 a 39 se inserta, y de qué forma, en el desarrollo de dicha Edad desde todos los ámbitos de su realidad –económicos, socioculturales, psicológicos, etc–; y segunda, que la conjunción de la evolución técnica y la percepción visual constituye al mismo tiempo tanto la base perceptiva de la existencia en los protagonistas de la revolución/guerra españolas como el mecanismo más sofisticado de expansión histórica y presente de la propia Edad capitalista. El proceso histórico no puede concebirse en absoluto como algo lineal, y es imposible explicar en una frase la relación entre imagen y tecnología. Mucho menos la que tiene con las distintas etapas de la Edad capitalista. Pero desde el daguerrotipo primigenio hasta el día de hoy, cuando percibimos más imágenes por segundo que en ninguna otra época anterior (la mayoría de ellas deliberadamente estetizadas-inductoras al consumo), han nacido, se han desarrollado y sofisticado lo que conocemos como “medios de masas”. El propio término es lo suficientemente elocuente. Y es que hay imaginarios de masas más “éticos” que otros, por decirlo así, dependiendo de su producción, percepción y difusión. No es lo mismo una sitcom barata que un semanario satírico ilustrado, aunque sean ambos de masas. No es lo mismo un medio que, aunque utilice los funcionamientos del consumo masivo, se produzca desde las masas por agentes que pertenecen a ellas (caso de una revista de la revolución española), que un medio que se produzca para las masas por agentes que pertenezcan de hecho a un grupo especializadamente educado (caso de la sitcom o el reality).

Lo efímero como guía

Por tanto, el párrafo de Kracauer sirve de metodología. Principal­mente porque es el ejercicio más completo para comprender una realidad cotidiana, que es de lo que se trata. ¿Y qué hay más insignificante (aparentemente) que lo desechable: el imaginario gráfico “de masas”, efímero, renovable y periódico que contienen las publicaciones de la revolución/guerra españolas? Por cantidad, expansión y especialización constituyen un fenómeno representativo sin precedentes, compuesto de un inmenso imaginario de dibujos, fotografías, collages, grabados, historietas, cuyos signos, lenguajes y significados merece la pena descifrar.

Pues, aparte de los hechos, ¿qué revelará más de las percepciones de sus protagonistas, un Guernica, de “universalidad” simbólica, o un imaginario vertido en objetos de consumo, de masas, obsolescente (por usar la jerga de nuestros tiempos), por tanto con los autores disueltos en el anonimato y, encima, revolucionario-bélico? Y totalmente lleno de arquetipos, roles, y por tanto hasta pautas de conducta. Tam­poco deberíamos contar con los carteles, entre otras cosas porque hoy son piezas de museo, con lo que ya no son desechables (hay revistas en museos también, pero, como los carteles, tratadas como objetos visualmente únicos –en vitrinas– y no como objetos contenedores de otros muchos). Además, la dependencia de lo público que hace el cartel deja poca capacidad de elección, incluso apropiándose por medios revolucionarios de un espacio que hasta entonces no le pertenecía. Es un medio de expresión perfectamente válido estéticamente, claro, pero eso es otro asunto.

Sin embargo, detrás del imaginario de las miles de revistas se encuentra una base de datos sociológica abrumadora. Entre otras cosas porque no aspiran a llegar a uno o varios grupos sociales, sino a darles voz. A eso no alcanzan los carteles (ni un Miró, ya puestos). Se comprueba cuando, después de abortar la revolución en mayo del 37, la homogeneización forzosa que pretende el gobierno Negrín no alcanza las cabeceras de las revistas, que continúan desplegando con (desgraciadamente “permitida”) libertad su imaginario. Un ejemplo fácil: en noviembre del 38 una mujer ya no puede combatir en una trinchera, pero sí puede representarse haciéndolo en una revista. El cínico se queda con la evidente derrota revolucionaria. Pero ¿qué pervive, al final, en la derrota total, el exilio y la muerte? ¿El hecho o el imaginario?

Dudar de la respuesta implicaría desconfianza en el derecho a la memoria y significaría renunciar a la consecución de la utopía.

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