BANGLADESH // REFUGIADOS ROHINGYA SOBREVIVEN EN EL CAMPAMENTO DE KUTUPALONG
Rohingya: ciudadanos del desamparo

Texto y fotos de avier Arcenillas

Más de diez años después
de su expulsión
 de Myanmar, miles de
 refugiados rohingya
que viven en el campamento improvisado
 Kutupalong, Bangladesh,
 han sido forzosamente desplazados de sus hogares en un acto de intimidación
y abuso de las autoridades
 locales. Los rohingya son una pequeña
 etnia musulmana que llevan
 años huyendo del Estado Rakhine
al norte de Myanmar donde eran
 objeto cruel de vejaciones, violencia
y explotación.

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18/11/11 · 8:00
Edición impresa
Foto: Javier Arcenillas

Texto y fotos de avier Arcenillas

Más de diez años después
de su expulsión
 de Myanmar, miles de
 refugiados rohingya
que viven en el campamento improvisado
 Kutupalong, Bangladesh,
 han sido forzosamente desplazados de sus hogares en un acto de intimidación
y abuso de las autoridades
 locales. Los rohingya son una pequeña
 etnia musulmana que llevan
 años huyendo del Estado Rakhine
al norte de Myanmar donde eran
 objeto cruel de vejaciones, violencia
y explotación.

La realidad del campamento es
 una paradoja digna del mismo
 Arquímedes, una mini villa dividida
 salomónicamente por el Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para
el Refugiado (ACNUR) donde
conviven legal e ilegalmente miles
 de personas huyendo de los designios
 políticos de su país. La hambruna
 y las precarias condiciones
 sanitarias dentro del mismo dan como
resultado unas miserables condiciones
 de vida.

Desde primera hora del día, nada
más salir la luz clara del lugar, pueden
oírse, sigilosos y discretos, los
 rezos propios de su religión en cada
uno de los rincones de sus, llamémoslo
así, casas. Los días, húmedos
 en época de Monzón y calurosos en
verano, no cambian el modo de vida
 de estas gentes. En los cuatro pozos
 de agua potable que a finales
de los ‘90 instalaron diversas ONG
europeas, se agolpan las mujeres y
 los niños para llenar barreños o jarras
 con que poder asearse o cocinar.
Mientras, los hombres, en total minoría
dentro del campamento, salen
a sus trabajos en el campo agrícola
 (los más afortunados) o a sus trapicheos
comerciales en las zonas colindantes
 o pueblos cercanos a sus
refugios. Los varones salen hacia las
 capitales en busca de un pequeño
 trabajo que pueda sostener a una familia
 en algún lugar fuera del campamento,
 pero son muy pocos los
 que en los últimos 20 años han conseguido
 fajarse del control policial y
huir hacia una ciudad.

Con el tiempo, los servicios y costumbres
de los rohingya parecen
haberse institucionalizado. El campamento
es grande, rocoso, embarrado,
 de difícil transitar. Los afortunados
 jóvenes legales que tienen
la fortuna de asistir al colegio o jugar
en el campo de fútbol van evitando
 en su camino diario los constantes
 socavones que se encuentran.
Saliendo de los comedores situados
al borde mismo de la carretera que
 conduce a Cox Bazzar pueden verse
 diminutas extensiones de terreno
agrícola donde los más viejos del lugar
hacen la tierra mientras los jóvenes
se lanzan al mar en busca de la
 poca pesca que no está contaminada
por los óxidos provenientes de la ciudad
 de Chittagong.

La vida aquí es dura y todo un ejercicio
 de supervivencia constante, nos
explican desde un improvisado local
 que hace labores de bar justo en el
 mismo centro de todo el campo. Al llegar
la noche y entre los susurros de
 nuevos rezos, se puede sentir la desesperación
generalizada. No son oraciones,
 son lamentos.

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