ANÁLISIS: LA CONSTRUCCIÓN DE NUEVOS CAMPOS PONE EN RIESGO LA SOBERANÍA ALIMENTARIA
La meteórica carrera del lobby del golf: del boom urbanístico al interés general

La autora explica
los impactos sobre
el territorio y la
productividad de
una actividad terciaria
como el golf.

09/11/10 · 8:00
Edición impresa
Campo de golf en Madrid. / Foto: David Fernández.

El golf es un deporte y por
tanto un campo de golf no
es ni más ni menos que
una instalación deportiva.
El problema estriba en que las instalaciones
para la práctica de este
deporte son las que más terreno y
agua utilizan. Esto significa que la
construcción de campos de golf está
fuertemente vinculada a las de cualquier
proceso urbanístico.

Por tanto, para
que las actuaciones urbanísticas en
las que se ve implicada la construcción
de un campo de golf permitan
racionalizar adecuadamente los
usos del suelo y de los demás recursos
naturales utilizados en dichas
instalaciones; es necesario que estén
integradas en un plan de ordenación
territorial, ya que el pretendido
interés social está siendo utilizado
en la actualidad por las diferentes
administraciones públicas
para implantar numerosos campos
de golf en todo el territorio nacional,
sin tener un plan estratégico
previo.

No se debe olvidar que el
cambio de uso del suelo es lo que
realmente importa a la hora de evaluar
los impactos de esta actividad
sobre el medioambiente.

Para considerar la dimensión
medioambiental de la construcción
de un campo de golf hay que tener
en cuenta que el recurso natural
más preciado que se otorga a un
campo de golf es el suelo
. Debido
al proceso urbanizador al que se
somete el suelo, con los movimientos
de tierra y destrucción total del
perfil del mismo, es incorrecto afirmar
que la existencia de un campo
de golf tiene un efecto beneficioso,
sobre el medioambiente. Tanto es
así, que podemos afirmar que el
mayor impacto que ejerce un campo
de golf sobre el medioambiente
es su propia existencia.

Los argumentos falsos a favor del golf

En cuanto a la dimensión productiva
de esta actividad es inadecuado
decir que un campo de golf
genera más riqueza que la agricultura
.
La actividad agrícola no es
una actividad que pueda compararse
con la actividad terciaria. La
actividad agrícola sustenta la base
de la soberanía alimentaria de un
país y está proyectada a conseguir
la máxima fertilidad de los suelos
donde se implanta con una visión a
largo plazo. Esto ocurre en aquellos
lugares en los que se opta por
una agricultura ecológica o de bajo
impacto ambiental.

Por el contrario,
la construcción de un campo
de golf no deja de ser una mera
transformación urbanística del entorno
donde se ubica. Es necesario
cumplir unos requisitos mínimos
en cuanto a la topografía del terreno,
hecho que lleva implícito un
gran movimiento de tierras como
la construcción de cualquier infraestructura
(una carretera, un canal,
una vía de tren). Esto significa
la pérdida irreversible de la fertilidad
del suelo. Desde este punto de
vista, es obvio que la construcción
de un campo de golf no afronta el
desarrollo económico desde parámetros
de preservación ambiental,
equidad social, calidad de vida y
respeto a la identidad cultural. Así,
la cuestión es ¿hasta qué punto la
construcción de campos de golf pone
en peligro la subsistencia de
otras actividades imprescindibles
para mantener la soberanía alimentaria
de un territorio?

La etapa en la que ahora estamos
es el resultado de la construcción
desmedida de campos de golf cuyo
fin último no era la práctica deportiva
.
Así, se puede hablar de campos
de primera generación, que son
aquellos que David Blanquer en su
libro El golf: mitos y razones sobre el
uso de los recursos naturales define
como destinados “a la promoción
privada de urbanizaciones residenciales”.
Campos en los que la instalación
deportiva era un reclamo para
la comercialización y venta de las
parcelas o las viviendas destinadas
al ocio y al tiempo vacacional. El impacto
territorial de este tipo de
operaciones se observa en zonas
como la malagueña Costa del Sol.
Actualmente, está más que demostrado
que esta fórmula de financiación
de los campos de golf
es un fracaso
.

De dudoso interés general

La segunda generación de campos
de golf, según Blanquer, está marcada
por un enfoque turístico de la actividad.
El impacto territorial es menor,
pues el resultado edificatorio ya
no es una extensa urbanización sino
unos pocos hoteles en los que se concentra
el alojamiento de los deportistas.
Pero esta fórmula tampoco se ha
demostrado rentable. Y desde el sector
el presidente de Aymerich Golf
dice que la solución pasa por generar
demanda entre la población.

Por estos motivos el proceso ha
sido crear los campos de tercera
generación, impulsados por las
Administraciones Públicas basándose
en un infundado interés público
.
De esta forma están apareciendo
numerosos proyectos de
campos de golf en suelos públicos
con la finalidad de satisfacer la demanda
del lobby del golf
. Así, sólo
puede aceptarse que el desarrollo
de estos nuevos campos de golf se
incluya en los Planes de
Ordenación Territorial y que se
desarrollen Planes Directores de
Instalaciones Deportivas en los
que se incluyan dichas instalaciones
de forma ordenada y acorde a
la capacidad de carga de los ecosistemas
donde se pretenden construir.
Sólo de esta forma se podrá
demostrar el verdadero interés público
como concepto jurídico. La
consideración de la dimensión territorial
y medioambiental es un
hecho determinante, tanto para la
configuración de los espacios para
uso recreativo como para garantizar
su competitividad.

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