ANÁLISIS //
Deterioro salarial y distribución de la renta

La redistribución de la
riqueza debe ser, a juicio
del autor, el primer
punto de un intento
serio de cambio del
modelo productivo.

, Investigador del Departamento de Economía Aplicada I, UCM
03/02/10 · 0:00
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El estallido de la crisis ha
desencadenado un debate
público sobre la necesidad
de un cambio de
modelo productivo en la economía
española. Tanto el Gobierno –a través
del proyecto de Ley de
Economía Sostenible– como la patronal
y las grandes centrales sindicales
han hecho públicas sus posiciones
al respecto. Sin embargo,
hay un elemento que sigue sin estar
en el centro del debate: la necesidad
de que el cambio en el modelo
productivo se ancle a un nuevo
patrón de distribución de la renta y
la riqueza.

Durante los últimos 15 años, el
Producto Interior Bruto (PIB) español
ha crecido más de un 60%.
Sin embargo, los beneficios de dicho
crecimiento han sido repartidos
de forma sumamente desigual.
Mientras que las rentas del capital
experimentaban un crecimiento
extraordinario durante estos años,
las rentas de los hogares asalariados
han permanecido prácticamente
estancadas.

Según datos del Barómetro Social de España, entre 1994 y 2007 los beneficios empresariales experimentaron un crecimiento (en términos reales, una vez descontada la inflación) de casi el 50%. El valor de las acciones y demás activos financieros aumentó un 129%, y el patrimonio inmobiliario se revalorizó un 175% aproximadamente. Durante este periodo el salario medio apenas creció un 1,9%, la pensión media un 16,3% y la prestación media por desempleo se redujo un 16,7%.

Mayor desigualdad

Como consecuencia de todo ello, el peso que los salarios tienen en la renta nacional no ha hecho sino disminuir durante la última década, pasando del 48,9% en 1995 al 47,6% en 2007. Paralelamente, el ratio entre el patrimonio medio del 25% de hogares más ricos y del 25% de hogares más pobres pasó de 33,4 en 2002 a 41,0 en 2005. Este aumento refleja el incremento de la desigualdad entre asalariados y hogares cuyas rentas provienen en mayor medida de activos financieros e inmobiliarios.

¿Cómo entender entonces que,
en este contexto de regresión social,
el consumo privado haya actuado
como uno de los motores del
crecimiento? Debido a que el sostenimiento
de los elevados ritmos de
consumo se ha asentado en un
fuerte nivel de endeudamiento, así
como en una sostenida reducción
del ahorro medio por hogar. Pero
también la deuda de los hogares esconde
realidades muy diversas:
mientras que para el 40% de hogares
de menores ingresos la carga
anual de esta deuda como porcentaje
de su renta es superior al 30%,
para el 20% de hogares más ricos
apenas es del 10%. Es decir, que la
clase trabajadora ha experimentado
el endeudamiento y el desahorro
como una imposición –fruto de
la regresión salarial– para sostener
su nivel de consumo (en particular,
el acceso a la vivienda).

Además, la enorme creación de
empleos entre 1996 y 2008 (con
más de 500.000 empleos netos al
año) no ha frenado este vendaval
de redistribución regresiva. La causa
ha sido la continua pérdida de
derechos laborales y la fuerte extensión
de la precariedad. La masiva
proliferación de los contratos
temporales, así como la fuerte rotación
en el puesto de trabajo, el progresivo
abaratamiento del despido
y, en definitiva, la desreglamentación
del mercado laboral, han conllevado
crecientes dificultades de
reivindicación y negociación sindical
y, con ello, un generalizado deterioro
salarial.

La llegada de la crisis ha evidenciado
el fracaso económico y social
de este modelo productivo y
distributivo. Pero esto no ha impedido
que sus efectos golpeasen
con mucha mayor intensidad a los
hogares asalariados que a las rentas
del capital: se ha impuesto la
congelación salarial y se han perdido
1,4 millones de puestos de
trabajo entre 2008-2009; mientras
tanto, la bolsa española se ha revalorizado
un 75% entre marzo y
diciembre de 2009. Este proceso
de privatización de los beneficios
y socialización de las pérdidas no
revierte –al contrario, intensifica–
el patrón de distribución de la riqueza
de estos últimos años.

Un verdadero cambio de modelo
productivo exigiría un nuevo patrón
de distribución de la renta y la
riqueza, que introdujese un giro de
180 grados en la tendencia de regresión
social de estas últimas décadas.
El resto son meros brindis
al sol que no se traducirán en una
mejora sustancial de las condiciones
de vida de la mayoría social.

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