La emoción de lo clandestino y lo ficticio deja paso a la transparencia
Anonimato en primera persona

Del anonimato de los primeros días, internet ha pasado a cobijar a personas que difunden su rostro, identidad y aficiones. Margarita Padilla rastrea las pistas de esta política de lo personal en las redes.

, Cofundadora de Sindominio.net
26/03/12 · 13:25
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Hackers enganchados de 
noche al ordenador en 
un caos de suciedad, comida 
basura y anfetas

En los años ‘80 el ciberespacio era 
un lugar para la liberación: podías 
habitarlo con una nueva identidad, 
o con muchas y distintas, sin miedo. 
Si en última instancia el poder 
es poder matar, en el ciberespacio 
nadie podía matarte. Una alianza 
táctica reunió a linuxeros, techies, 
nerds, freaks, militantes y muchos 
otros pirados. ¿Objetivo? Hacer la 
red okupándola, con alevosía y nocturnidad. 
¿Los medios? El software 
libre, la guerrilla de la comunicación, 
el travestismo de las identidades, 
los alias y los nombres de guerra, 
la telemática antagonista y muchas, 
muchas formas de ilegalidad.

La componente más política de esta 
alianza imprimió estrategia y 
sentido a la espontaneidad del underground. 
A nadie se le hubiera 
ocurrido, en esos tiempos, poner 
su foto en la web. 
Pero estamos en la Web 2.0. La 
tendencia ya no es construir un 
espacio otro al mundo físico sino 
llevar al espacio virtual todas las
facetas de mi ‘yo’ (compromisos, 
aficiones, mascotas, curro o vivencias). 
¿Por qué? Porque en la
Web 2.0 una voz tiene más fuerza, 
legitimidad y veracidad cuanto 
más real y física sea
.

¿Entonces ya no se puede hablar 
de anonimato en la red? Todo 
lo contrario. Paradójicamente, la 
densidad de ‘yoes’ que sobreexponen 
sus datos personales conforma 
espacios de anonimato 
(Wikipedia, blogosfera, MySpace, 
Twitter, Facebook, YouTube y un 
largo etcétera) que son de todos y 
de nadie
porque no son espacios 
de representación y por tanto cabe 
cualquiera.

Sin duda YouTube es un grandísimo 
negocio pero no es un espacio 
de representación (en el sentido 
en el que sí lo es, por ejemplo, 
un sindicato). Y mucha gente prefiere 
exponerse en esos espacios 
de anonimato antes que hacerlo en 
los de colectivos sociales o políticos 
que sí intentan representarte
que están diseñados para que no 
quepa cualquiera y donde, precisamente 
por ocultar todo lo personal, 
desconfías porque no ves personas 
de carne y hueso.

Los espacios de anonimato crean 
algo de todos y cualquiera que, 
cuando se tensa, tiene la capacidad 
de (auto)convocarse (13M, V 
de Vivienda, 15M...). 
La militancia (a excepción, quizá, 
del universo copyleft) que no 
quiere contaminarse con la ambigüedad 
tiene reticencias para establecer 
alianzas con este anonimato 
en primera persona. Pero 
los espacios de anonimato no son 
pura desorganización. Están cuajados 
de infinidad de tonalidades
habitados por comunidades de todo 
tipo con las que se deberán sellar 
nuevas alianzas, una vez que 
las viejas están agotadas (que no 
fracasadas).

Los espacios de anonimato en 
primera persona se corresponden 
con una “política de las personas”, 
una política cuya fuerza opera en 
una nueva recombinación de lo 
público y lo privado
, que ya no es 
exactamente ni público ni privado, 
y que a la gente le gusta llamar 
“lo personal”.

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