Crónica | El parón político
Rajoy y Sánchez en el país del revés

Los principales partidos del régimen del 78 se mueven en una 'terra incógnita' desde el 20 de diciembre.

11/09/16 · 8:00
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Mariano Rajoy y Pedro Sánchez en uno de los encuentros realizados antes del intento de investidura del 2 de septiembre.

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Otras series de moda como Juego de Tronos, la danesa Borgen o incluso House of Cards, han servido en el pasado para animar el relato parlamentario español, una realidad que nos llega filtrada a través de editoriales, análisis, programas de rabiosa actualidad, comparecencias en el Congreso, sesiones plenarias y proclamas en las redes sociales.

La última sensación de las series de televisión, sin embargo, propone otra forma de analizar la realidad, no basada tanto en la ambición de los personajes –como en Juego de Tronos– sino en su capacidad para sobrevivir en un ambiente desconocido y hostil. La trama de la serie Stranger Things transcurre en una plácida localidad de Indiana y –aquí está el misterio– en una dimensión contigua, llamada en la serie el Valle de las Sombras, o simplemente lo que está al revés. Una vez en ese reverso de la realidad, el único objetivo es devolver las cosas a su estado original.

Para los dos principales partidos, la constatación más aguda de este cambio de fase se produjo el ya lejano 21 de diciembre. Horas después de las elecciones, sus líderes y sus augures estaban noqueados. Seguían siendo los dos principales partidos, pero en cuatro años habían perdido cinco millones de votos y la capacidad de llevar la iniciativa de manera convincente.

La voladura del sistema bipartidista de enfrentamiento electoral, que había funcionado hasta sólo unas horas antes, condenaba al ganador a purgar su etapa de Gobierno del shock, en la que había procurado no contar con nadie. Por eso Rajoy ni lo intentó en enero. Paradójicamente, pese a haber perdido casi seis millones de votos desde 2008, el PSOE vio abierta una puerta.

Su opción pasaba por hacer quebrar, prematuramente, y al mismo tiempo –de otro modo no daban los números– a los dos partidos de la “nueva política”. El objetivo: la regeneración mediante la expiación de los pecados en el cuerpo de la otra pata del bipartidismo.

La visión que tuvo el PSOE

El término al que los socialistas se han agarrado para navegar en esta nueva realidad es el de las “fuerzas del cambio”, un concepto paraguas que ha sido acogido con ternura por importantes sectores de centroizquierda. En la anterior legislatura, la propuesta fue un Gobierno de salvación nacional entre fuerzas con concepciones opuestas sobre qué es eso de la nación. Esa propuesta se encontró en mayo con los votos en contra tanto de partidos soberanistas como de Podemos y sus confluencias, IU y, por supuesto, PP.

Tras la investidura fallida de septiembre de Rajoy, Pedro Sánchez ha vuelto a poner en el mercado su oferta de mayo. La diferencia es que esta vez Sánchez se ahorrará la humillación de llevarlo al pleno del Congreso si no ata a Podemos al acuerdo.

La posibilidad de conseguir la investidura pasa por convertir al partido morado en el socio prioritario, algo a lo que una mayoría de la ejecutiva socialista no parece dispuesta. Esa vía no se intentó, según el relato oficial, por la arrogante apuesta que Pablo Iglesias hizo en una mañana de enero.

En sus intervenciones, Iglesias tantea aún un pacto con ERC, PNV y Convèrgencia, pero el PSOE no ha movido nada en ese sentido. La explosiva situación en torno al Procés en Catalunya convertiría ese pacto en una posible sentencia de Pedro Sánchez en su partido, y podría hacer que las cuentas no salieran si, como se ha anunciado, algunos diputados socialistas se rebelasen contra la vía propuesta por Unidos Podemos.

Confiado en que ha tocado suelo electoral –aunque sea mucho confiar– los socialistas tratarán de atraer a las “fuerzas del cambio” sin tanto empeño como en primavera. Hasta el 25 de septiembre, el PSOE ganará tiempo. Durante las próximas tres semanas, al plano de la realidad llegarán mensajes vagos que no definirán lo que realmente puede pasar cuando terminen las elecciones en el País Vasco y Galicia y quede sólo un mes para el final de la legislatura.

Podemos y sus confluencias pueden elegir si aceptan el pacto en las mismas condiciones que en primavera –a cambio de no ir a unas elecciones que, de entrada, no le son tan favorables como lo iban a ser en junio– o si optan por medirse en un tercer intento de sorpasso, con la certeza de que el PP saldrá a competir las elecciones para obtener la mayoría absoluta.

Para más inri, un posible pacto con el PSOE sería negociado en un ambiente de crisis total en el partido socialista. Quedaría el premio, eso sí, de liderar la oposición.

Después de dos muletazos, Ciudadanos ya ha dejado claro que no aceptará ser la muleta del pacto de las “fuerzas del cambio”. Tras el pinchazo de sus dos acuerdos con PSOE y PP, el apoyo de Ciudadanos a un pacto de PSOE y Podemos les situaría en el campo de la irrelevancia programática –no podrían imponer su modelo laboral ni su modelo territorial– y tendría como horizonte final un cambio de sistema electoral desde el que volver a impulsarse. Su aliciente para firmar este pacto es que en el interín el PP se desmorone sin Rajoy. Casi nada.

La visión que tiene el PP

Tras el 20 de diciembre, Mariano Rajoy, fecundo en ardides, consiguió evitar la paliza parlamentaria de una investidura fallida. Pero es más fácil postergar los problemas que resolverlos. El 2 de septiembre, Rajoy salía escaldado en su intento de escenificar una regeneración virtuosa –sin sacrificio visible para el partido– que le permitiese acercar posiciones con el PSOE.

La derrota abultada del presidente en funciones, sin embargo, se irá atenuando, piensan los augures del PP. El partido tiene buenas noticias esperando en Galicia –donde puede conseguir la primera mayoría absoluta desde 2011– y no tan malas en País Vasco, donde puede incluso ganar votos en las autonómicas si se repiten los resultados de las generales. Sus escaños podrían ser clave para un posible Gobierno del PNV. Si así fuese, piensan, arrancarían de los nacionalistas vascos un acuerdo que les dejase a un diputado de echar a andar la versión ‘este muerto está muy vivo’ del marianismo.

La visión del PP pasa, en cualquier caso, por la confianza inquebrantable en el papel de lazarillo de Rajoy. En que su discurso de la unidad nacional puede seguir añadiendo votos exsocialistas a sus cuentas. En que la manta del centroderecha se puede estirar aún más, a costa de Ciudadanos y gracias al sistema electoral. Su visión se basa, a fin de cuentas, en que el PP tiene la capacidad de colocar a protagonistas de los Papeles de Panamá en la alta dirección del Banco Mundial, una distinción para los Gobiernos amigos de las fuerzas silenciosas que deciden ese tipo de nombramientos. Y ésa es una certidumbre para moverse en la terra incógnita que los partidos pisan desde el 20 de diciembre.

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