Opinión | Elecciones 26J
Herramientas por (re)construir

Hay que elegir, y cualquier opción implica un conflicto político que es necesario afrontar. La única opción que Unidos Podemos (y confluencias aledañas) no pueden permitirse, como se ha comprobado en estas elecciones, es la de marear la perdiz.

05/07/16 · 12:06
Fachada del edificio Bozar en Bruselas, Bélgica (3 de julio de 2016). / Samuel Pulido

Tras el descalabro electoral del 26 de junio, el duelo. Con sus fases de negación (“¡pucherazo!”), de ira (búsqueda de culpables), de negociación con la realidad (“¿Qué hubiera sucedido si…?”), de depresión (el desencanto político), aunque el orden varíe según las personas y haya quien se instale definitivamente en alguna de ellas. Aquí sugiero adelantar la fase de aceptación. Comprender y proponer para un debate público insoslayable.

En los últimos días abundan las elucubraciones sobre qué pasó con el millón de personas que dejó de votar a la coalición Unidos Podemos (y las confluencias territoriales) el 26 de junio, tras haber votado por sus diferentes componentes en las elecciones del 20 de diciembre. El 21 de diciembre la dirección de Podemos decía que les habían faltado un par de semanas más para conseguir más votos y superar al PSOE. En realidad, se dispuso de seis meses más, teniendo en cuenta que la probabilidad de nuevas elecciones era muy elevada.

Hay que elegir, y cualquier opción implica un conflicto político que es necesario afrontar

Muchas de las razones alegadas probablemente sean ciertas. Al fin y al cabo, puede haber tantas motivaciones inmediatas como votantes (y hay pistas como la mayor abstención entre los jóvenes, entendida esta categoría en sentido amplio). La cuestión es qué impacto real tiene cada una de las explicaciones y si se derivan de causas más profundas. Hay quienes rechazaron la coalición con Podemos (desde cierta perspectiva en IU) o la coalición con IU (según otras perspectivas), a quienes les chirrió una campaña menos ilusionante de lo que se pretendía, a quienes molestaron los guiños constantes al PSOE, a quienes les molestaron las candidaturas (no elegidas en primarias) de su circunscripción, simpatizantes a los que les ha dado miedo la perspectiva de un gobierno de los chicos de la tele o quienes simplemente ya no los soportan y hacen zapping.

Ninguna de estas razones explica por sí sola que más de un millón de personas que habían apostado en diciembre por las fuerzas que integran Podemos hayan dejado de hacerlo el 26 de junio (pasándose a la abstención o, en menor medida, a otros partidos) y, algo que debería inquietar aún más, que tampoco hayan conseguido atraer nuevas adhesiones. Todas esas consideraciones podrían haber pasado a un segundo plano de haber involucrado a los electores potenciales en un proyecto político de cambio convincente.

Veamos. ¿Qué proyecto ofreció Unidos Podemos en las elecciones del 26 de junio? Echar al Partido Popular del gobierno mediante un pacto con el PSOE, una de las patas del régimen en crisis que además siempre ha dejado bien claro que no está por la labor, ni de pactar con Podemos ni de cambiar gran cosa. Es decir, lo que se proponía era un gobierno improbable sin que nunca quedase muy claro para qué. Contra la corrupción y los recortes, sí, pero poco más o por lo menos sin un algo más que diera sentido a una movilización política. Por más que la televisión fomente la memoria corta, el proceso de devaluación de las expectativas por el que ha pasado Podemos en tan poco tiempo, algo a lo que ha contribuido el varapalo griego, resulta evidente.

¿Sobre qué mimbres se ha promovido tan magro objetivo? Por lo que respecta a Podemos, sobre una organización centralizada pero deslavazada y una cultura política que promueve la adhesión mientras disuade la contribución de redes autónomas pero incontrolables. Es decir, a partir de una partido político al uso pero sin la consistencia estructural de los partidos tradicionales. Con círculos diezmados de funciones y de participantes, consejos ciudadanos a nivel municipal o autonómicos afectados por una hemorragia de cargos y progresivamente encerrados sobre sí mismos, con frecuencia tras procesos competitivos y querellas internas que, por más que no se quiera reconocer, no han pasado desapercibidas en algunas circunscripciones (por ejemplo, en Las Palmas de Gran Canaria). Hasta ahora esta debilidad ha sido compensada por la potencia comunicativa del núcleo directivo, que en la reciente campaña se volcó aún más en la televisión mientras perdía fuelle en las redes sociales.

En la declaración en favor de una confluencia democrática para el 26 de junio, publicado el 30 de abril, escribíamos "no será la mera adición de partidos y el reparto de puestos en las listas tras un proceso conflictivo lo que contribuya a ello [la movilización]. Sería un error grave dar por sentado que todos los millones de votos conseguidos fueron producto de la ilusión, del amor a unas siglas o a unos líderes y que están garantizados. (…) Y sumar exige movilizar y dejarse desbordar por la cooperación de toda esa gente que desde 2011 ya no quiere quedarse en casa como meros representados o televidentes”.

Si en estos momentos el miedo es un factor más, de aquí a dos o tres años podría ser el afecto determinante

La estrategia de campaña seguida finalmente partía, por el contrario, de la presunción de que la mayor parte de los votos recibidos el 20 de diciembre estaban en buena medida asegurados y que ahora tocaba convencer a aquellos sectores sociales más reacios a votar Unidos Podemos, por miedo o por desconocimiento. Por este motivo, frente a la construcción colectiva de un nuevo sentido común se ha venido apelando cada vez más a referencias que entraron en crisis en 2008–2011, y que hoy preservan tanto el populismo postfranquista del Partido Popular como el socialismo estilo Susana Díaz (variante regional-populista) o Pedro Sánchez (variante tecnocrática). En ese sentido, “recuperar el país” es el espejismo del retorno a un pasado mistificado.

Resulta difícil apelar al mismo tiempo a lo viejo que no acaba de morir (que no se fía y hace bien) y a lo nuevo que no acaba de nacer (que hace falta construir). El esfuerzo dedicado a semejante tarea no parece que compense, máxime si se nota que el candidato a la presidencia no se lo termina de creer. Hay que elegir, y cualquier opción implica un conflicto político que es necesario afrontar. La única opción que Unidos Podemos (y confluencias aledañas) no pueden permitirse, como se ha comprobado en estas últimas elecciones, es la de marear la perdiz. A menos que se resignen a morir de inanición parlamentaria. La única opción fértil, como venimos aprendiendo a trompicones desde el 15M, es la de la transformación democrática. Esta es la transversalidad productiva, no aquella que se juega entre identidades que se cierran sobre sí mismas: entre la izquierda y la patria (o viceversa), entre una marca electoral u otra. Si acaso la hipótesis que acaba es la populista. Abandonada por infieles: “no nos representan”.

Por ello hay que recordar que hay vida política más allá del Estado (o de los partidos) y plantear el conflicto (esto es, confrontar la resistencia al cambio democrático) en distintos niveles, dentro y fuera de la esfera representativa. Cinco millones de votos (de nuevo, no todos ellos garantizados para futuras convocatorias) y 71 diputados constituyen una buena base para impulsar un nuevo ciclo, siempre que sus señorías mantengan un pie fuera y siempre que nosotros impulsemos otras herramientas desde el terreno material de las relaciones sociales. Avanzo aquí algunas consideraciones:

  • Por lo pronto, en el plano electoral estatal ya no cabe plantearse otra cosa que no sea una confluencia electoral amplia como alternativa a las coaliciones tácitas de las fuerzas del régimen. El aparateo y el regateo de puestos, difícilmente evitable en esta ocasión, deberían dejar paso a una apertura que involucre más a la ciudadanía (algo muy distinto de pedirle que ratifique decisiones tomadas arriba).
     
  • Por lo que respecta a Podemos, esto implica la convocatoria más pronto que tarde de una asamblea ciudadana. No cabe esperar un cambio sustancial en lo organizativo, pero sí serían deseables mejoras que vayan en la línea de hacer realidad, en la medida de lo posible, la retórica del partido-herramienta, impulsando una cultura política democrática.
     
  • En cualquier caso, en esta ocasión la cuestión organizativa debería ceder protagonismo al debate público sobre el proyecto político entre una pluralidad de sensibilidades. El eslógan del cambio puede dotarse de un contenido fuerte, constituyente, que responda a las demandas democráticas fundamentales de la sociedad. La discusión sobre la formación de un nuevo gobierno y la nueva rutina parlamentaria no deberían retrasar esta tarea.
     
  • En definitiva, se trata de volver a marcar la agenda política, en lugar de someterse a los requerimientos de los demás partidos y de los medios de comunicación afines. Si se quiere. Con audacia, pero también con honestidad, reconociendo problemas y desafíos. Que los hay.
     
  • El bloqueo de la institucionalidad multinivel y las inclinaciones gobernistas neutralizaron las incipientes propuestas constituyentes: la que por un lado encarnaba Podemos y especialmente En Comú Podem (transformación constitucional del Estado) y la que representa el independentismo catalán (construcción de una república catalana independiente). Ha faltado un impulso constituyente desde abajo en otro nivel, el gran ausente de la campaña electoral: Europa.
     
  • Desde el verano de 2015 el contexto europeo no ha dejado de deteriorarse, en medio de un creciente caos sistémico, la crisis de gobernanza y el ascenso de la derecha radical (o la radicalización conservadora de partidos y gobiernos mainstream) en diversos Estados europeos.
     
  • Desde este punto de vista, hoy partimos de una posición de debilidad. El freno electoral de Unidos Podemos sucede a la derrota política de Syriza, el cierre migratorio, un Brexit capitalizado por fuerzas nativistas y reaccionarias, el motín interno de un sector del laborismo contra Jeremy Corbyn, las limitaciones de movimientos como nuit debout o DiEM25 y la ausencia de alternativas electorales en países clave: Francia en 2017 y Alemania en 2018.
     

Si en estos momentos el miedo es un factor más, de aquí a dos o tres años podría ser el afecto determinante. No solo en Europa sino también en España, donde en los últimos años supimos desarrollar potentes antídotos. Es hora de actualizarlos. Para ocupar el vacío político que va dejando la descomposición paulatina de la gobernanza neoliberal. Otros, herederos de viejos demonios, ya están tomando posiciones.

Texto publicado en el blog de Samuel Pulido.

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