Opinión | Elecciones 26J
26J: autocrítica desde la derrota

¿Es la confluencia en sí un error? No. Sin embargo, lo que sin ningún género de dudas sí fue un error es haberla cimentado y construido desde arriba.

, activista sevillano
28/06/16 · 13:34
Público en el acto de fin de campaña de Unidos Podemos en Madrid. / Álvaro Minguito

Por más dispares que sean los análisis que hagamos para explicar lo acontecido, hay una evidencia fuera de cuestión: los resultados obtenidos por Unidos Podemos son un fracaso por cuanto no satisfacen ni remotamente las expectativas generadas. Habrá quien diga a posteriori que esas expectativas no eran en absoluto reales. Sin embargo, la inmensa mayoría pensábamos que tras los resultados del 20D se abriría una oportunidad única y sin precedentes. Nos equivocamos.

Un buen amigo, aún a bote pronto y en la misma noche electoral, definía el fracaso de Unidos Podemos como “un fallo multiorgánico”. Y ciertamente es imposible encontrar una sola causa que explique, por ejemplo, como la suma de Podemos e Izquierda Unida se ha dejado por el camino, en tan solo seis meses, más de un millón de votos. Yo mismo estoy incluso tentado de dedicar este artículo a explicar por qué 1+1 no siempre es igual a 2. Pero además de ser ventajista, contribuiría poco o nada al debate que colectivamente hemos de tener.

Creo que es más interesante hacer una retrospectiva que nos lleve a entender qué ha cambiado, no solo en los últimos seis meses, para que la capacidad de movilización (que debe ser sinónimo de ilusión) se haya desinflado. El pasado 20 de diciembre se dibujaba un escenario único en nuestro país. El Partido Popular, aún siendo la fuerza más votada, quedaba lejos de formar gobierno; el PSOE, con el peor resultado electoral de su historia, apenas conseguía resistir el envite; Ciudadanos, inflado en las encuestas, se daba un primer varapalo; y en Podemos todo eran sonrisas, porque pensábamos que el futuro nos pertenecía, inexorablemente, como si de una ley natural se tratara.

Y fue así como la cúpula de Podemos entendió que era posible lanzarse a una arriesgada estrategia post-electoral. Se trataba de poner al PSOE contra las cuerdas, frente a sus contradicciones internas, acelerando así una hipotética descomposición y pérdida de apoyo que habría de traducirse, en un futuro casi inmediato, en un crecimiento electoral imparable para Podemos. En este punto conviene recordar, aunque suene a un profundo tópico, que estrategia y táctica no son lo mismo. Una estrategia, y más si es tan arriesgada como la escogida, debe implementarse con sumo cuidado. Y, al menos a priori, no parece inteligente intentar seducir con una actitud marcada por la soberbia y la prepotencia a varios millones de personas, que desde hace décadas votan PSOE casi como un acto de fe. Por tanto, esa hipótesis post-electoral asumida tras el 20D, y ejecutada deficientemente a un nivel táctico, solo puede ser juzgada como desacertada. Quizás podamos pensar que las elecciones del 26J se empezaron a perder justo el 21D, porque una causa del fiasco vivido se sustenta en aquel proceso de negociaciones y en el desencanto de amplios segmentos sociales que deseaban fervientemente un acuerdo progresista para desalojar a Rajoy de la Moncloa. Sin embargo, siendo honesto, creo que es más cierto afirmar que las elecciones del 26J comenzaron a perderse mucho antes que el 20 de diciembre de 2015.

Durante toda la legislatura siguiente, la de la mayoría 
absolutísima de 
Rajoy, es la gente quien se configura como la única oposición real al Gobierno del PP

El elemento radicalmente nuevo de cara al 26J fue la alianza táctica de Podemos e IU, que presuponía la posibilidad de sumar seis millones de votos o incluso más para así competir de tú a tú con el Partido Popular. Hubiera sido más inteligente, no obstante, que esa alianza táctica se hubiera producido justamente tras el 20D, materializándose en unas negociaciones que hubieran sido radicalmente distintas, sin diferencias sustanciales entre las dos fuerzas políticas que meses después irían de la mano a los nuevos comicios. El PSOE, por más que tampoco jugara bien sus cartas durante aquellas semanas, salió no solo vivo, sino apenas damnificado, de una de las situaciones más complicadas de su larga historia. Los más de cinco millones de votos socialistas el 26J son la prueba más palmaria.

El acuerdo alcanzado por Podemos e IU de cara a las recién pasadas elecciones generales fue motivo de alegría e ilusión en ciertos sectores sociales, que percibían la Unidad de la Izquierda como el fin que en sí mismo iba a llevarnos a gobernar y a transformar este país. Y esa ilusión nos la refrendaban una serie de encuestas que jamás sabremos si se equivocaron premeditadamente o no. Lo que está claro es que Unidos Podemos no consiguió siquiera fidelizar o movilizar a quienes tan solo seis meses antes, por separado, habían apostado bien por Podemos o bien por IU. No hubo suma ni multiplicación, sino una resta que, al menos, gracias a la alianza suscrita, permitió no bajar en escaños, aunque sí dramáticamente en apoyo popular. Es obvio que Podemos perdió votantes por el centro y que IU lo hizo por la izquierda. Y, no obstante, si no hubiera habido alianza electoral, los resultados hubieran sido mucho más desastrosos. No es por tanto el acuerdo por sí mismo lo que permite explicar la derrota.

¿Es la confluencia en sí un error? No. Sin embargo, lo que sin ningún género de dudas sí fue un error es haberla cimentado y construido desde arriba, desde las cúpulas de ambas organizaciones, por más que fuera el mismísimo Echenique (a quien tenemos como ejemplo de democracia interna) quien estuvo al frente de la confección de listas. Si se quiere desbordar, que en este caso es también sinónimo de ilusionar y multiplicar, es indispensable la apertura de un proceso político que no solo integre a quienes ya son/están, sino que permita crear una nueva identidad política, más inclusiva y receptiva a incorporar a quienes, no estando aún, tienen necesariamente que ser parte del cambio que se propugna. Y aquí es realmente donde encontramos una segunda clave del fracaso.

Igual que quienes se consideran bolcheviques vuelven una y otra vez al ejemplo de la Revolución Rusa, quizás debiéramos, quienes fijamos el punto de ruptura en el 15M, mirar no tan atrás, sino a esa época todavía reciente en la que las plazas y calles de nuestro país eran un hervidero, para extraer así las enseñanzas necesarias con que gestionar la derrota sufrida. Aquel 15M, aquel momentum que a casi todas nos cogió por sorpresa, surge en un auténtico páramo político, en el que las organizaciones clásicas de la izquierda habían perdido toda legitimidad para canalizar las ansias y deseos de una mayoría social nacida al albor de la crisis económica. Precisamente por eso, hubo de ser la gente quien, desde abajo hacia arriba, se organizara. Es más, ese grito contra el sistema no hizo suyas las consignas más características ni de la izquierda tradicional ni de los movimientos sociales precedentes, sino que tomó por bandera una palabra cuya potencia atronadora parecía estar en posesión de las élites: Democracia. Fue así como durante toda la legislatura siguiente, la de la mayoría absolutísima de Rajoy, es la gente quien se configura como la única oposición real al Gobierno del PP, aún sin contar con representación parlamentaria. Ahí surge por primera vez una nueva imagen de país, una idea difusa sin plasmación práctica en las instituciones.

Podemos recoge ese hilo y surge con la voluntad inequívoca de canalizar y ser el trampolín para esa mayoría social que de pronto había tomado conciencia de sí misma. “¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?”, nos preguntaban durante la campaña electoral de las primeras europeas. Y, efectivamente, algunos y algunas, muchos y muchas más bien, no habíamos votado nunca antes con esa ilusión. Sin embargo, desde entonces hasta hoy ha llovido mucho, y el proceso de construcción orgánica de Podemos, entendido como partido-herramienta, no ha podido ser más desilusionante. Internamente se impuso un modelo de competición que nos abocó a todas a una fangosa carrera para tomar posiciones dentro de la organización recién parida. Y, de una manera u otra, aquel proceso político, en lugar de abrirse a la participación de la gente, se ha ido cerrando más y más, hasta convertirse en algo sumamente claustrofóbico.

Se instauró un modelo interno basado en el padrinazgo y en la lealtad. Para formar parte del proceso era indispensable gozar del favor y ser leal a alguna de las facciones que internamente se disputaban el poder. Podemos se convirtió incluso en una suerte de ascensor político y social que podía satisfacer los egos desbordados que muchos llevábamos con nosotros, ya desde antes. Y de esa terrible realidad, cuya primera responsabilidad recae en la propia cúpula podemita, hemos participado en mayor o menor medida todos y todas. Y yo el primero, por supuesto. Incluso quienes más frontalmente se opusieron a ese modelo, presentando como alternativa la pluralidad y la democracia interna, se han servido de esas mismas herramientas de control interno (padrinazgo y lealtad) para reforzar sus cuotas de poder.

El acuerdo suscrito con Izquierda Unida no es, en este sentido, más que el colofón de ese proceso. Las burocracias de ambas organizaciones son las encargadas de firmar ese acuerdo y de ponerlo en práctica, confeccionando la listas en un intercambio de cromos realizado en una proporción de 6 a 1. Es así como dos esqueletos, uno viejo y otro nuevo, intentan crear un nuevo organismo carente por completo de músculo. Y es ahí donde creo que se termina de abonar un fracaso que tiene sus raíces más hondas en la desafección para con un modelo de construcción interna que, más que a la unión, nos aboca a la división desde hace dos años. Podemos nació como un movimiento de masas que tejió con inusitada rapidez una red de ilusión popular. Sin embargo, quienes primero nos enamoramos de aquel Podemos de las europeas, ya no sentimos cosquillas en el estómago. Y, si esto es así, ¿cómo vamos a ser capaces de seducir a esa mayoría social que debe incorporarse a este proyecto?

Más dolorosa aún que la derrota es la falta de respuestas con que afrontar el nuevo periodo que inexorablemente se abre ante nuestros ojos. Y mientras, el silencio impera y desespera, y ya vislumbramos un cierto síndrome del profesor universitario, que se produce cuando el erudito es incapaz de encontrar en sus libros y en sus ideas respuestas al bofetón con que la realidad nos ha sacudido los morros. Y, a decir verdad, ya no caben las respuestas que vengan desde arriba. Hay quien, desde las alturas, habla de refundación o reconstrucción, cuando esos vocablos han sido sistemáticamente, desde hace décadas, una mera coartada retórica para justificar las batallas fratricidas que tanto desgaste ya nos han supuesto. Por eso la apuesta a día de hoy no puede ser otra que la amplitud de miras y la apertura de un proceso político en el que las cosas se decidan desde abajo hacia arriba. Hace falta gente que asuma responsabilidades. Y eso no tiene por qué significar la dimisión, pero sí al menos reconocer errores que son a todas luces evidentes. Ante el fracaso vivido, no cabe más salida que incidir en una nueva cultura política que aún no hemos experimentado y que se encuentra a años luz de las coordenadas sobre las que se ha construido la actual maquinaria de guerra electoral, que debe ser deconstruida en su totalidad, pues de una u otra forma nos ha conducido a la extenuación. El ciclo electoral se alargó seis meses más de lo previsto y la maquinaria creada terminó por agotar de tal manera nuestras energías que, por el camino, se nos rompió la ilusión. Ahora hay que saber cómo recuperarla.

Imprimir Imprimir
Versión PDF PDF
Enviar
Corregir
+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

6

  • |
    7814EBC
    |
    30/06/2016 - 9:13pm
    ¿"El voto por ideología está en crisis"? No es cierto, lo que está en crisis son las ideologías. ¿Comparas al PCPE con VOX y Falange en cuanto a ideología? ¿Es ideología desear la desaparición, física o psíquica, del otro? El capitalismo ha derrotado a las ideologías y lo hizo con la anuencia de los "partidos de izquierdas" durante eso que se ha dado en llamar "Estado del bienestar", a partir de la "paz" que puso "fin" a la Segunda Guerra Mundial y llegó a la crisis que se llamó "del petróleo" y que en realidad fue de sobreproducción capitalista. Pero ya estábamos desarmados "ideológicamente" para responder. No es en vano ver como los jóvenes quieren ser Becan, Messi, Cristiano, Alves..., con tal de ganar mucho y defraudar más sería cojonudo. Eso son las ideologías hoy. Enrique Bienzobas
  • |
    anonymouse
    |
    30/06/2016 - 1:20am
    el voto por ideología está en crisis, solo hay que ver los resultados menguantes del PCPE, por ejemplo; mucho comunista de IU no ha votado UP, y cuando digo mucho, digo centenares de miles; lo mismo ha ocurrido con los partidos de extrema derecha como VOX o Falange, la gente vota pensando en el bolsillo, sobre todo los pensionistas y la gente más mayor
  • |
    Mariano
    |
    29/06/2016 - 7:38pm
    Esto es mucho más sencillo. Teníamos, y lo digo en pretérito. Una oportunidad y la hemos desaprovechado. Nunca entenderé como alguien que votó a IU o Podemos en diciembre no repita en junio. Esta guay hacer memes chupiguays en internés, riéndonos de Rajoy, Sánchez y Rivera, pero hemos demostrado que somos más tontos que ellos.
  • |
    7814EBC
    |
    29/06/2016 - 12:42pm
    Para los escépticos que no hemos votado son muy bienvenidas estas reflexiones llamadas “autocríticas desde la derrota”. En muchos aspectos refuerzan nuestra posición que, ni mucho menos es “pasota” más bien militante desde fuera. Me parece muy acertada la visión de Podemos tras el 20D: “una actitud marcada por la soberbia y la prepotencia”. Ahí, creo, está la base de la desilusión: fue muy fuerte esa soberbia repartiendo ministerios, en Groucho Marx hubiera sido divertido, pero en el sentido que Pablo Iglesias lo dijo, algunas de las caras que estaban a su lado lo decían muy claro, otras en cambio afirmaban deseosas, nos hizo ver que lo único deseable no era “asaltar los cielos”, sino las poltronas. No me parece tan acertada algunas otras apreciaciones, como por ejemplo las referencias al 15M: aquel movimiento se agotó a los pocos días, desde el momento en que algunos partidos y sindicatos y universitarios (¿hubo obrerosl?) empezaron a meter sus narices en él. Además, no se qué pasó en Sevilla, pero en Madrid no hubo ninguna asamblea que se pronunciase por constituirse en Partido, por lo tanto no se puede afirmar que Podemos recoja “el hilo transformador” del 15M, aunque después de ver las manitas haciendo la paloma en el aire uno se podía pensar cualquier cosa. Queda por último la “convergencia” (eufemismo de unión) con IU. Fue extraño que nadie pensara que IU había mirado hacia otro lado en Andalucía con los cursos y los eres; que nadie explicara cual fue el papel de IU en Extremadura, por no hablar de tarjetas “Black” y otras cosas. Si eso que muchos desean es la “unión de la izquierda” me parece demasiado sumiso al deseo de poder. Para mi que fue un error desde el mismo momento que se planteó. No se trata de “unión”, sino de transformación. Se de algunos (mi círculo es limitado) de IU que NO HAN VOTADO, no conozco a ninguno de Podemos que no hayan votado, pero por lo que se ve no han sido muchos. Por lo tanto no es cierto, como se vio en Cataluña en mayo y ahora en el Estado español, que la suma sume, has dicho muy bien: ha restado. Enrique Bienzobas
  • |
    unokpasaba
    |
    28/06/2016 - 6:59pm
    Pues yo creo que cuanto antes nos olvidemos del tan manido 15M, mejor. No era expresión de una mayoría social, ni de un proceso rupturista. Más bien al contrario. Mi opinión es que tenemos que dejarnos que frases hechas y palabras huecas como "desde abajo", "la gente", etc., y comenzar a pensar más en el contenido y en la coherencia de los procesos sociales y políticos que queremos poner en marcha para transformar la realidad. Sobran sueñademocracias y falta conocimiento sobre cómo funciona el capitalismo. ¿Hemos superado el debate reforma/ruptura? Para nada.
  • |
    @SeijoDani
    |
    28/06/2016 - 2:32pm
    "Tenemos en la izquierda, en la izquierda académica al menos, un problema para entender al pueblo llano, al proletariado, y tenemos pues un serio problema, puesto que es a ellos a quiénes se supone queremos representar." https://dowjonesalabaja.wordpress.com/2016/06/28/yo-acuso/ Twitter: https://twitter.com/dow_baja Facebook: https://www.facebook.com/DOWJONES34/ Autor: https://twitter.com/SeijoDani