Pactos: la recta final
PSOE, el partido que se parecía a España

El presente del PSOE está marcado por una fecha: el 12 de mayo de 2010. El pasado, por su identificación con los valores de unas clases medias que se entendieron más como un proyecto ideológico que como una mayoría objetivamente consolidada.

20/04/16 · 8:00
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Tren de la libertad: el sector feminista del PSOE es el único que ha mantenido cierto nivel de movilización autónoma –sin apoyo delos sindicatos– dentro del partido.

Sin el predicamento sobre sus compañeros de partido que tuvo Felipe González, a José Luis Rodríguez Zapatero le corresponde el reconocimiento de la izquierda sociológica española por el programa reformista de su primera legislatura.

El matrimonio entre personas de diversas orientaciones sexuales, la Ley de Memoria Histórica –insuficiente según distintos movimientos asociados a esa lucha, pero la primera desde la de Amnistía del 77– o una Ley del Aborto que el PP ha tratado, en vano, de tumbar, simbolizaron una época y permitieron a Zapatero proclamar una de esas frases que le convirtieron en alguien encantado de conocerse.

Hace diez años, el leonés declaraba que el PSOE "es el partido que más se parece a España". ¿Ocurrencia absurda o realidad cuestionada?

El coeditor de La Página Definitiva, Guillermo López, da en parte la razón a Zapatero:

"Por comparación con el PP, sin duda esa afirmación era cierta. El PSOE tenía, y tiene, más sensibilidad con distintos colectivos sociales y también en términos territoriales. En ese sentido, el PSOE se preocupaba por acercarse a la idiosincrasia de un país tan complicado y diverso como este. El proyecto del PSOE ha sido siempre más integrador que el de la derecha española, si bien esta derecha rajoyista, aunque muy conservadora y reaccionaria, no puede compararse con la agresividad de los últimos años de Aznar. Ahora bien: también creo que es evidente que ese proyecto se ha quedado anquilosado y sin referentes, y que ha dejado de defender a muchos de los colectivos que eran (y a veces, siguen siendo) la base de su electorado. Un problema que no sólo afecta al PSOE, sino a toda la socialdemocracia europea, pero que en España pudimos ver plasmado con gran eficacia simbólica en el decretazo de Zapatero y las decisiones de su último año de Gobierno".

Juan Andrade, historiador y autor de El PCE y el PSOE en (la) Transición, coincide en que la afirmación de Zapatero tiene cierta base:

"La representación política se basa en nexos de identidad, en el sentido de que se asienta en una identificación entre representantes y representados. Pero si es representación no es identidad, en el sentido de que no puede ser por definición una relación entre idénticos. Aunque haya un poco de verdad en la frase “la gente tiene los gobernantes que se merece”, los representantes suelen ser un colectivo socialmente mucho más elitista y moralmente mucho más canalla que el formado por sus representados, además de evidentemente autónomo con respecto a ellos.

La tesis de las clases medias como el soporte social del régimen del 78 tiene bastante de cierta, pero debería ser muy matizada, entre otras cosas porque, como reconocen incluso quienes la sostienen, el propio concepto de clases medias es muy ambiguo y elusivo. Si se acepta esta premisa sin más, entonces no puede dejar de colegirse que el PSOE, en tanto que el partido que durante más tiempo ha gobernado durante estos años, es el partido de las clases medias.

Pero más allá de haber sido el partido de las clases medias, o mejor dicho, el partido cuyo proyecto de modernización mejor encajaba en el marco de las aspiraciones ideales que constituyen la etérea o ideológica identidad de las clases medias, el PSOE ha sido durante estos años dos cosas que ya ha dejado de ser. Ha sido, por una parte, el partido de la integración de la diversidad territorial en el llamado Régimen del 78. Y ha sido, al mismo tiempo, el partido que ha integrado, no ya a las clases medias en un régimen hecho a la medida de sus aspiraciones y de sus temores, sino el partido que también ha integrado en él a buena parte de los sectores populares y trabajadores, incluyendo por supuesto a quienes han ido asimilando el horizonte de expectativas de las clases medias, pero también a muchos de quienes no lo han hecho. Todo eso se ha roto".

Pero para la politóloga Luca Chao, el tiempo del PSOE ha pasado:

"Creo que en algún u otro momento, todos los partidos han tenido la tentación de creerse un reflejo de la sociedad española e incluso han apelado a dicho parecido para atraer al electorado. Sin embargo, cuando realmente analizamos las personas que ocupan los escaños del parlamento, la imagen resultante poco tiene que ver con una representación fiel de la sociedad.

En este sentido, el 15M fue certero a la hora de señalar la brecha evidente entre la calle y las instituciones con aquel famoso eslogan 'no nos representan'. La posterior irrupción de Podemos tuvo un gran éxito haciéndose eco de ese malestar, y más aún al poner palabras concretas que permitieron recolocar el marco para hablar de casta y gente, los de arriba y los de abajo. Aunque me parece un poco excesivo negar que antes de Podemos hubiera gente normal en las instituciones del estado, y aunque será difícil eliminar cierta selección elitista en las mismas, creo que el salto cuantitativo y cualitativo es evidente".

Como señalan los resultados del 20D y del pasado 24 de mayo, hay un corrimiento del electorado que parece "irreversible" en País Vasco, Catalunya, Galicia, Navarra y bastante avanzado en la Comunidad de Madrid y otros territorios como las islas.

Distintos 'suicidios'

Para el también politólogo Gonzalo Caro, la jugada de Sánchez en sus cien días de pasión ha estado encorsetada desde un principio: "El PSOE no va a romper con el régimen del 78 ni con la actual Unión Europea, ésa es su principal línea roja", resume este especialista.

"A partir de ahí, todo ello nos lleva de vuelta al 'no hay alternativa' de Zapatero, por lo que cualquier línea roja que tracen durará lo que otros actores como la Troika permitan que dure", explica Caro.

Este politólogo hace referencia al día que cambió todo para el socialismo en España y se tambaleó la socialdemocracia europea. El 12 de mayo de 2010, Zapatero anunciaba un paquete de medidas económicas con el que se sellaba el destino de una generación, gran parte de la cual ha encontrado en los aeropuertos su salida laboral. 

Para Caro, la afirmación de Zapatero cuando dice que el PSOE es el partido más parecido a España hay que interpretarla desde otra posición:

"Deja traslucir una realidad y es que el PSOE ha sido parte del núcleo central del régimen de la Constitución del 78. Es el partido que lleva a España a la OTAN, a su integración acrítica en esta Unión Europea y en el euro, a las distintas reformas del sistema educativo y un largo etcétera. No se puede entender la historia reciente de nuestro país sin analizar ese papel. La frase de Zapatero ilustra realmente esa condición del PSOE como partido del régimen del 78. Esa identificación no ha cambiado, lo que ha cambiado es que además de en una crisis económica del sistema capitalista, en España, estamos además en una crisis del régimen político del 78 como dejó muy claro el 15M".

Una falta de rumbo que toca de lleno el problema latente en las negociaciones: la falta de una perspectiva económica –regional o europea– que supere el desengaño generacional que ha supuesto la crisis económica y la adaptación al nuevo ciclo.

"El sueño cohesionador –pero no así la identidad ideológica– de las clases medias ha salido muy tocado con la quiebra del proyecto de modernización que impulsó originariamente el PSOE", reflexiona Juan Andrade:

"Una parte importante de estas llamadas clases medias –sobre todo quienes responden a un perfil en el que convergen juventud, precariedad o paro y alta cualificación– no se identifican para nada con el PSOE, y sí muchos de ellos con las fuerzas del cambio. Por razones que tienen que ver con la crisis actual, por otras más complejas de largo recorrido que remiten a la crisis general de la socialdemocracia europea, por otras que tienen que ver con la trayectoria reciente del propio partido, el PSOE tampoco es el partido de las clases populares, muy repartidas en términos electorales entre la abstención, las fuerzas del cambio, el PSOE y también el PP, precisamente en su versión más reaccionaria y nacionalista. Y finalmente el PSOE no puede ser ya el partido de la integración de la diversidad territorial en España dada la desigual distribución territorial de su voto (partido del sur y el interior ruralizado) y de la ausencia de una política federal creíble. A la cuestión social y territorial se suma la cuestión generacional, es decir, el envejecimiento progresivo de su voto

En definitiva un partido con el voto tan desequilibrado territorialmente, tan envejecido y en declive entre clases medias y trabajadoras no puede ser ya, si es que lo fue, el partido que más se parece a España".

Luca Chao ahonda en esta idea al recordar que en 17 de las 25 ciudades más pobladas su partido superó al PSOE. "La brecha más importante a la hora de comprender el comportamiento electoral es la generacional", resalta, "y el PSOE tiene un electorado muy envejecido y grandes dificultades para conectar con la juventud".

Para Andrade, la crisis del PSOE "es múltiple y tiene muchas dimensiones":  

"Crisis de la socialdemocracia como estancia de mediación preferente en el conflicto social; crisis del proyecto de modernización del partido abierto en los ochenta y noventa; crisis de su intelectual colectivo (PRISA); descenso, desequilibrio territorial y envejecimiento de su voto; crisis de liderazgo; trauma por haber pasado de un escenario político férreamente bipartidista –donde había un reparto muy definido de papeles que le permitía casi monopolizar la representación de la izquierda y disputar el centro al PP con relativa seguridad– a otro escenario donde se ha quedado sin papel porque el eje izquierda y derecha ya no es el único que prima y porque la emergencia de otra fuerza a su izquierda le sitúa como fuerza continuista, etc.".

Seis años después del "decretazo", casi nueve después de que Zapatero cometiese la imprudencia ilusa de asegurar que España estaba "en la Champions de la economía", la sociedad española ha evolucionado desde un "bipartidismo perfecto" a un Congreso "a la belga", en la que las fuerzas partidistas disputan la representación de una mayoría silenciosa o ruidosa a la que es difícil sacar parecidos.

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