Postales partidistas III: PP, el partido de la renta básica

Vuelvo al debate de Atresmedia y me encuentro a Soraya Karanka Sáenz de Santamaría diciendo que su partido había tenido "la sensibilidad" de pagar prestaciones públicas de toda índole a 17 millones de personas.

Sensibilidad se tiene si se paga dinero a 40 millones de personas, pero claro, si así fuera no tendríamos una guerra por abajo, que es de lo que vive toda franquicia electoral

28/12/15 · 11:00
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Vuelvo al debate de Atresmedia y me encuentro a Soraya Karanka Sáenz de Santamaría diciendo que su partido había tenido "la sensibilidad" de pagar prestaciones públicas de toda índole a 17 millones de personas.

Sensibilidad se tiene si se paga dinero a 40 millones de personas, pero claro, si así fuera no tendríamos una guerra por abajo, que es de lo que vive toda franquicia electoral

Ha sido muy bonito llamar sensibilidad a comprar votos, así, a bocajarro, delante de nueve millones de personas. Sensibilidad se tiene si se paga dinero a 40 millones de personas, pero claro, si así fuera no tendríamos una guerra por abajo, que es de lo que vive toda franquicia electoral, y en especial el PP, encantado de que nos estemos pegando por 426 euros de prórroga de la prestación de desempleo mientras que desde mondoprogre nos sueltan un disfruten lo votado.

De entre todas las formaciones políticas, posiblemente el Partido Popular sea quien mejor comprende la dinámica electoral, que si funciona precisamente es por no ser muy sofisticada pero sí muy coercitiva -todo viene en forma de pack, todo se delega en manos de profesionales-, y por eso lo llevan bien.

Tiene cierto éxito en las democracias jóvenes (y se ha formado además uno de nuestros clásicos debates dicotómicos sin salida en los que quien cuestiona la participación electoral, especialmente el para qué, es tachado como mínimo de rancio) la invocación al poder transformador del voto -algo que, si no ejerces, poco menos que estás meándote en el cadáver de tu abuelo muerto en la guerra civil-.

Este discurso, que teóricamente viene desde la oposición a la derecha, no hace sino apuntalarlos en su deber de partido-empresa a su vez nutrido por el Estado, compuesto por una clase privilegiada que en su día pudo liberar tiempo -y ahí tuvimos de botón de muestra con su intervención karankil a Soraya, que nos dio una píldora de lo bien que debió de declamar su temario en la oposición de abogada del Estado- para prepararse para el empleo público -por mucho que amenacen constantemente con llevarse su preciado talento a la empresa privada-, y ya con esa "renta básica" en el bolsillo, jugar a administrar las rentas básicas de los demás y a administrar, sobre todo, el miedo a perderlas o a dejar de pertenecer a un grupo tipificado como merecedor de las mismas de esos 17 millones que decíamos arriba.

Y por ese motivo no son raras las declaraciones de los miembros del Partido Popular que advierten, cuando no presumen, de que ellos tienen "la vida arreglada".

Así lo hizo Francisco Javier Rodríguez, exconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid cuando se le afearon sus declaraciones tras el contagio por ébola de la auxiliar de enfermería con la que comparte apellido, que no grado de arreglo de la vida.

Mientras este señor presume de vida solucionada porque tiene su plaza -y aquí nos da para debatir la clase de monstruos que ha generado la apropiación para soluciones personales del llamado empleo público, una apropiación de la que el PP no es sino un síntoma-, otros presumen de trayectoria en lo privado -aunque esto se lo está llevando a su terreno Ciudadanos-.

Otro debate de mentira: los casos de De Arístegui y De la Serna demuestran no sólo que lo público y lo privado no son ámbitos incompatibles sino que se puede predar de ambos lo que se quiera, sólo hace falta autoerigirse como figura clave.

E insisto: no es un problema de recursos mínimos para la vida, sino de ambición personal de quienes quieren tener el suficiente dinero como para comprar la voluntad de terceros -que de esto van las campañas electorales también-: quienes figuran en los papeles de Bárcenas no es que tuvieran problemas para pagar la factura del gas, es que querían comprar a otras personas.

Y cada vez que se saque a colación a esos alcaldes que no cobran un duro por realizar su labor, estos deberían ser los primeros en quejarse, a no ser, claro, que tengan intenciones de seguir subiendo en el partido-empresa nutrido por el Estado para que quienes administren las rentas básicas, las de opulencia para los amigos; las de miseria para el jubilado de Valdepeñas que no quiere quedarse sin nada, pasen a ser ellos.

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