Las elecciones catalanas o el fin del ciclo electoral

Ni el procés parece que vaya a ser desbordado por su izquierda, ni la voluntad de ruptura democrática que expresó el 15M parece que haya encontrado en Podemos su vehículo electoral más adecuado.

, miembro de la Fundación de los Comunes.
28/09/15 · 13:23
Oriol Junqueras, de espaldas, durante la celebración de los resultados de Junts Pel Sí. / Gorka Leiza

inforelacionada

La política institucional es un teatro. El teatro puede tener funciones sociales relevantes. Puede representar los dramas y angustias de una sociedad, puede servir de elemento de reflexión o, como en la tragedia clásica, puede provocar ese golpe de catarsis y con ello de restauración del orden interno a las cabezas, perturbado por imaginaciones trastornadas. En cualquier caso, el teatro no tiene una correspondencia exacta con la política real, esto es, con aquella que se quiere como fuerza de transformación y ruptura.

Dicho claramente: lo que pasó ayer en Catalunya tiene menos que ver con la supuesta ruptura que representa la independencia, que con la representación de una negociación (entre élites, por supuesto, por mucho que se hable de votos) que sigue estancada. De hecho, el resultado es el peor de los posibles: empate técnico. Como en los malos concursos de televisión, ayer ganaron todos: los del sí porque obtuvieron más escaños, los del no porque tuvieron más votos. Con cualquiera de las otras dos opciones –sí-sí en votos y escaños, o no-no en las mismas magnitudes– se hubiera producido un desbloqueo de efectos más o menos inmediatos: una negociación aceptada definitivamente por el próximo gobierno del Estado o una derrota del soberanismo seguida de concesiones por parte también del próximo gobierno. Curiosamente en los dos casos caminaríamos hacia esa horquilla que va entre el Estatut de 2006 y el federalismo asimétrico que se dibuja como solución. En términos prácticos, poquitas diferencias.

En Juntos con Mas sólo había ciudadanos, gentes corrientes y de bien de la Catalunya 
democrática y progre. “Alucinante” como diría Romeva

En situación de empate hay, sin embargo, procés para rato. Y con el procés todos los efectos comerciales asociados: renovadas perspectivas de recuperación de Convergència y del PP-Ciudadanos, ambos enfrentados en lo único que no están de acuerdo, su adscripción nacional y el reparto competencial de prebendas para unos y otros. Naturalmente, por procés léase no la ruptura del régimen del 78 por vía de una secesión catalana, cuanto la colmatación de la agenda pública por la cuestión catalana.

Dejando a un lado los efectos más previsibles, lo increíble, y a la vez incontestable, es que Mas ha triunfado. A pesar de ser el capo de una de las mafias europeas más eficaces en el expolio neoliberal y el delfín del milmillonario que «hizo país» pero siempre a su costa, Mas ha conseguido agazaparse detrás de una lista plural y presentarse como el presidenciable más probable.

La derecha es la mejor maestra de la izquierda (hace décadas que va por delante) y en este caso ha ofrecido lecciones inapreciables. La primera es un clásico del nacionalismo conservador catalán, Mas ha ganado con ropajes que no son suyos. Al frente de la lista ha puesto nada menos que a un izquierdista, o al menos la versión pijo progre de la izquierda catalana. Un exiliado de Iniciativa convertido al soberanismo interclasista y proaustericidio, que con su bonita línea de cabeza, peso ideal y gafas de colorines, parece propenso a proferir expresiones tan popis y entrañables como “esto es alucinante” en los debates públicos. Puede parecer ingenuo pero, sólo con eso, Mas-Junqueras se han ahorrado tener que hablar de la privatización de la sanidad, los recortes en educación y la galopante desigualdad social en Catalunya.

La segunda es todavía más interesante. Si ha habido en estas elecciones una formación 15M este ha sido Junts pel Sí. Con una lista matemáticamente repartida 60/40 entre Convergència y Esquerra, el “sí” se ha presentado como la candidatura ciudadana: cantantes, deportistas, cocineros, entrenadores de fútbol, amén de abogados y economistas (estatuto convencional de la clase política). En Juntos con Mas sólo había ciudadanos, gentes corrientes y de bien de la Catalunya democrática y progre. “Alucinante”, como diría Romeva.

Respecto a las fuerzas que podían representar la ruptura y que apenas superan el 17% del voto, hay aparentemente un perdedor y un ganador. Respecto al primero, poco se puede decir, o al menos poco más de lo ya dicho. Su modelo de confluencia, fabricado en despachos y en provecho de la muy desprestigiada Iniciativa, ha desdibujado la formación al punto de no poder ser ni el garante del derecho a decidir por la lado de la izquierda, ni dar cuerpo al experimento lerrouxista que en principio aupó a Pablo Iglesias. De hecho, si la mayoría independentista ha quebrado en el cinturón rojo metropolitano, lo ha hecho en favor de los naranjas, esos chicos bien y de aspecto aseado que poco tienen que ver con los vecinos de estas zonas, pero que a su modo desenmascaran las trampas del procés y de las élites catalanas de siempre. De nuevo, quien no vea lo que hay de verdad en el discurso de las derechas (catalanas o españolas, igual da) está incapacitado para la política, al menos de esa que se quiere radical y de transformación. 

Pero para Podemos las catalanas han sido algo más: una bofetada seguida de la palabra “despierta”. Por primera vez han encarado la soledad que durante este tiempo se han empeñado en construir. Ni siquiera sus aliados naturales, los de Barcelona en Comú, se han avenido a echar una mano, en el juego, seguramente arriesgado, de esperar para aprovechar una oportunidad que quizás en un futuro tampoco se presente. En condiciones iguales, para el partido de Íñigo y Pablo las catalanas son el trailer de las generales: la llamada confluencia puede restar en lugar de sumar, especialmente si no logra implicar a los actores vivos que pueden realizar o favorecer su campaña. Con su propia organización hecha jirones, el paseo de Podemos hacia diciembre se ha convertido en un camino tan empinado que ni siquiera con un mea culpa sincero, ni con una apuesta (¡por fin!) por la radicalidad democrática está garantizada la inversión de su caída. Por si esto fuera poco, los de Coscubiela han trasladado a Podemos lo que iba a ser su propio fracaso. 

En claves más alegres, las CUP más que duplican sus votos, pero con una operación que les incorpora también a la política espectáculo. Lo han hecho con otro buen chico progre, que ha conseguido convertir del anticapitalismo cupero en un producto tan popular como el capuccino, apto tanto para un arquitecto chic del barrio de Gracia como para un antiguo votante de Esquerra. La sombra de su éxito puede agrandarse todavía más, pues parece que Artur dependerá de los votos de la CUP si quiere ser presidente.

La llamada confluencia puede restar en lugar de sumar, especialmente sino logra implicar a los actores vivos que pueden realizar o favorecer su campaña

Su posición, no obstante, sigue dentro del mismo fuego cruzado entre un soberanismo que depende principalmente de sus legítimos dueños (Mas y Junqueras) y un anticapitalismo que no se sabe expresar más de allá de la chapa y la camiseta, esto es, que no se sabe articular en un proyecto político conectado con luchas vivas. No se trata de un problema particular de las CUP, sino de toda la izquierda europea post-comunista, pero no deja de sorprender su mezcla con el “soberanismo para todo”, en un país, Catalunya, que tiene: 1) déficit en todas sus balanzas económicas –no las fiscales, sino las de materiales, energética, de huella ecológica–; 2) una economía que se ha especializado en la triada turismo-inmobiliario-logística hasta el punto de no ser muy distinta, salvo en escala y sofisticación, de la de Valencia o Murcia; y 3) una población tan envejecida, conservadora y clasista como la de cualquier otra nación europea, y por eso mismo extremadamente dependiente de la fuerza de trabajo migrante y de la consiguiente exclusión laboral de esa población. Se trata de problemas que estallan todas las costuras del soberanismo ideológico (valga en cualquier caso esta reflexión interna a las CUP sobre estas cuestiones).

En definitiva, al agitar los materiales que han salido de las catalanas, resulta un cóctel de sabor más bien amargo y poco logrado. Ni el procés parece que vaya a ser desbordado por su izquierda, ni la voluntad de ruptura democrática que expresó el 15M parece que haya encontrado en Podemos su vehículo electoral más adecuado. Los dos vectores de la ruptura democrática abierta hace cuatro años han chocado con límites obvios. Como en los casinos, conviene ir anunciando: “Señoras, señores, abramos otro juego. Este ya ha demostrado sus límites”. 

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comentarios

4

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    Juan Jose
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    Mar, 09/29/2015 - 22:50
    Excelente articulo, en mi opinión refleja exactamente lo que ha pasado y totalmente de acuerdo con el párrafo final, ni el Proces  va a ser desbordado por su izquierda, ni el 15M se ha encontrado en Podemos.  
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    Mar, 09/29/2015 - 00:06
    Discrepo amablemente del articulista. No ha entendido nada, y mira que lo tenía fácil, sobre todo comprendiendo como creo que comprende los mimbres del 15M. Intentemos ser breve, que es tarde. Si lago demuestra nuestra historia, al menos de los últimos 40 años, es que las izquierdas (más o menos radicales) no fueron capaces de entender la derrota en la que llevamos instalados una eternidad. Se quiso construir la casa por el tejado, se quiso edificar con cimientos endebles y se terminó por tropezar una y otra vez en la misma piedra. Por primera vez, insisto, por vez primera, una formación netamente anticapitalista o, al menos, con un discurso inequívocamente anticapitalista, ha entrado en una institución del Estado. Fue en 2012 con 3 diputados. Ahora han conseguido 10. La incomodidad es obvia. Los pasillos emperifollados del Parlament no es sitio para quienes tienen alma municipalista. ¿Para qué sirve su leve emergencia? Pues para enseñar, para dar ejemplo, para instruir, para naturalizar el ideario anticapitalista en una sociedad en absoluto preparada para ello. La CUP es una hormiguita, una miríada de hormiguitas que, como bien sabe el articulista, avanzan "a poc a poc" porque "van lluny". No hay nada que hacer a corto e incluso a medio plazo, no porque se carezca de realismo, se ignoren las enseñanzas del 15M o porque no haya perspectiva, o audacia, sino porque de lo que aquí se trata es de politizar, de crear conciencia, muy elemental de momento, pero en sentido crítico. Hablamos de lo que las izquierdas españolas nunca entendieron, es decir, que no se pueden mendigar las migajas cuando se persigue la hogaza. ¡A ver si superamos ya, españoles, la eterna discapacidad que nace de las prisas, las ansias y la precipitación! Los 25 diputados repentinos de C's demuestran que esto va para largo. Afiancemos el discurso y aprendamos a convivir con las urgencias, sin eclipsarlas pero sin sobrevalorarlas. Ahí está la verdadera audacia pues, como dijo no hace mucho David Fernàndez, "no estamos preparados para gobernar", a lo que añado "ni el resto para ser gobernados desde una perspectiva anticapitalista.
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    Clara
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    Lun, 09/28/2015 - 17:50
    Enmanuele, pues dime que hacer. Si sin comenzar el camino ya lo liquidamos, si todo está mal, que igual es verdad ¿que hacemos? ¿Ae. no puede ser? Algo debe haber, si Coleta Morada está en su torre de marfil, con su Consejo Ciudadano de palmeros,  la revolución para Teresa es la solidaridad ¿Que esperamos?
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    Lun, 09/28/2015 - 15:54
    Fuas!! Creo que todos los comentaristas de izquierdas sois de la vieja izquierda muerta, esa izquierda autoritaria y jerárquica que se cree la única con el poder de liderar al pueblo. Las CUP son un movimiento asambleario y principalmente municipalista, van poco a poco pero ayuntamiento en el que ganan ayuntamiento que repite con más votos. Vienen de los movimientos sociales y no pretenden liderar sino empoderar a la gente. Entienden que es más importante la calle que las instituciones. Y a pesar de todo esto os empeñáis en acercar el 15M a Podemos, movimiento de arriba a abajo, liderado por alguien autoritario y que por lo que parece es él mismo el que se lo va a cargar. Se demuestra en este análisis que poco ha pisado usted la calle en Cataluña. Bon cop de CUP!!!
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