El vecindario europeo se resquebraja

Tras la Primavera Árabe se ha vuelto al statu quo conservador.

, javierortiz.net/voz/samuel
10/04/15 · 8:00
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Contemplándolos con algo de distancia, los primeros meses de 2011 fueron extraordinarios. Una marea insurreccional se desató desde Sidi Bouzid hasta Syntagma, pasando por Tahrir en El Cairo y el 15M en España. Un auténtico evento euromediterráneo, luego en cierto modo mundial (Occupy), que por unos meses no respetó ni fronteras ni barreras culturales e ideológicas preestablecidas. Semejante puesta en común de reivindicaciones duró muy poco y la materialidad concreta de las relaciones sociales y de poder impuso su ley.

Cuatro años después, el panorama es desalentador en las orillas sur y oriental del Mediterráneo. La reacción conservadora no se hizo esperar (Egipto, Siria y, más allá, Bahréin, Yemen…) tanto a nivel local-nacional como con las intervenciones exteriores de potencias que buscaban resituarse en el tablero. Las antiguas barreras mentales y políticas volvieron a erigirse con fuerza inusitada.

Y las guerras hoy se extienden por el vecindario europeo. Dejando Ucrania aparte, de los países árabes en los que se produjeron insurrecciones significativas, en dos –Libia y Siria– hemos asistido a sendos conflictos bélicos que perduran, de manera particularmente cruenta en el segundo caso.

En Libia, la caída de Gadafi dio lugar al reparto inestable del país entre las diferentes milicias tribales –hoy enfrentadas entre sí– que tomaron parte en la rebelión de 2011. En 2014, tras una fallida operación militar del general Jalifa Haftar, una coalición de milicias reaccionó y expulsó al Gobierno, que se refugió en Tobruk. Mientras, dicha coalición ha nombrado otro Ejecutivo (Congreso General Nacional), que hoy controla Trípoli, Misrata y Bengazi. Los enfrentamientos continúan y las brigadas locales respectivas alternan sus alianzas.

A su vez, las diversas potencias con intereses en Libia tienen sus preferencias. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto apoyan al Gobierno de Tobruk y al general Haftar, y Qatar y Turquía a las milicias de Misrata, los Hermanos Musulmanes y otros grupos islamistas. La descripción de la primera como liberal o secular y la segunda como islamista es muy matizable, ya que no da cuenta, por ejemplo, de las diferencias políticas en el seno del CGN. El desarrollo reciente de grupos que se reivindican del Estado Islámico (EI) añade aún más complejidad al contexto y ha servido de justificación para que Egipto realice acciones militares. En cuanto a la antigua potencia colonial, Italia se resigna a cumplir un papel secundario tras el cierre de su embajada. El conflicto interno ha reducido el papel libio como suministrador energético y guardia fronterizo de Europa.

Siria continúa desangrándose en una guerra con múltiples actores cuya heterogeneidad ha sabido manejar el régimen de Asad, que controla el sur y el oeste del país. Hasta ahora, el Gobierno ha logrado resistir –con apoyo iraní– y busca volver a ganarse a antiguos aliados occidentales en la lucha contra el EI. En la actualidad,  una coalición internacional liderada por EE UU realiza regularmente ataques aéreos en Iraq y Siria contra el EI con el consentimiento tácito, retóricas aparte, de Asad. Algo que aprovecharon las fuerzas kurdas del YPG para retomar Kobane. Pero cada fuerza rebelde tiene su agenda, como ha quedado puesto de manifiesto con la toma de Idlib el 28 de marzo por parte de una alianza entre el Frente Al-Nusra y otras milicias árabes suníes.

Política restrictiva y punitiva

En la UE la contención de la crisis económica y política en los Estados miembros ha venido acompañada de una política migratoria crecientemente restrictiva y punitiva. Europa se representa a sí misma como Occidente asediado por una horda de bárbaros. En el exterior, reforzamiento y externalización de controles fronterizos y limitación de canales de acceso legal. En el interior, producción y estigmatización de minorías, flagrantes desigualdades y humillantes dobles raseros. En realidad, tales políticas sólo impiden la llegada de algunos inmigrantes, pero su principal función es la producción de ‘otros’ que sobreexplotar, así como cortocircuitar toda común-icación, toda posibilidad de hidra revolucionaria. Es la variante nacionalista de lo que en la otra orilla se conoce como sectarismo. Lo inquietante es que ambas van ganando terreno, retroalimentándose. Será difícil combatir unos extremismos mientras se normalizan otros, mucho menos mediante la restricción selectiva de la movilidad humana.

Sería preferible mejorar 2011.

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