Las secuelas de 'Charlie Hebdo'
No hay que llorar, que la vida es un carnaval

Elogio de pícaros y bufones.

, Madrid
20/01/15 · 21:28
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En una de sus purgas de artistas e intelectuales, Josif Stalin envió a Mijaíl Bajtín a Siberia. Nada personal. Bajtín recurrió el destierro y fue exiliado a la más amable Kazajistán. Posiblemente el “padrecito” no sabía que Bajtín se convertiría en los años 70 en uno de los principales teóricos sobre semiótica y, como de pasada, sobre el humor. Conocer el contexto en que se emite cada discurso o, como lo llamó Bajtín, el “cronotopo”, es imprescindible para entender el sentido de cada texto. En el caso del humor, dijo Bajtín, se producen cronotopos especiales, microuniversos, que siempre aparecen ligados a la plaza pública. Si por ejemplo vemos a un actor caracterizado de profesor casposo diciendo que será Álvaro Uribe “quien por fin traiga a los redentores soldados norteamericanos, quienes humanizarán el conflicto y harán de Uribe Vélez el dictador que este país necesita”, tenemos que entender quién es Álvaro Uribe –expresidente de Colombia–, qué ha hecho Estados Unidos a lo largo de su historia en Colombia y quién es el actor, Jaime Garzón. Y entenderemos mejor el alcance del chiste cuando sepamos que Garzón fue asesinado en 1999, y que en Colombia se señala como responsable de esa muerte al Departamento Administrativo de Seguridad puesto en marcha por... Álvaro Uribe Vélez.

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La grotesca puesta en escena de representantes del orden y la ley en torno al trágico asesinato de 12 personas en la redacción de Charlie Hebdo contó con, entre otros actores de tercera, el propio Uribe, quien utilizó las redes sociales para criticar a su sucesor, Juan Manuel Santos, por no respetar la “libertad de expresión” en Colombia. No fue el único gobernante que acogió el Je suis Charlie como bandera. Por París estaban los mandatarios de Egipto, Turquía, Rusia, Argelia, Emiratos Árabes Unidos o Israel, países en los que la sátira está permanente bajo sospecha. Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, quizá recordó por las calles de París el lío diplomático que supuso el asesinato –presuntamente a manos del Mosad, servicio secreto israelí– del dibujante palestino Naji al-Ali, autor de las viñetas de Handala, asesinado en Londres en 1987, cuando Netanyahu era embajador de Israel en Naciones Unidas.

Los nombres de los cuatro humoristas asesinados en la redacción de Charlie Hebdo, Stéphane Charbonnier, alias ‘Charb’, Jean Cabut, Wolinski y Tignous, ya estarán unidos a los de Jaime Garzón, al-Ali o, por extensión, Joan Peñalver, conserje víctima de un atentado fascista contra la revista satírica El Papus. Y deberán ser recordados, parafraseando a Bajtín, como ajenos a la vida oficial, como los bufones del carnaval, incómodos e incomprendidos.

Sapos y bufones

La feria de las vanidades que se vivió en París fue satirizada por Luz, uno de los dibujantes de Charlie Hebdo que participaron en la edición posterior al atentado, la más vendida de la revista. Y es que, por mucho que hayan matado a tus amigos, viene a decir Luz, saludar a Manuel Valls –primer ministro francés– o escuchar por todas partes el himno nacional siguen siendo sapos difíciles de tragar.

Con ese espíritu carnavalesco, ajeno a la fanfarria y la solemnidad oficial, se celebraron en París las despedidas de los dibujantes de Charlie Hebdo, en las que los compañeros del semanario ironizaron sobre la presencia de Abbas y Netanyahu, sobre el fascismo de Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional, o sobre el papa Francisco. Una despedida quizá no apta para todos los estómagos, y menos en tiempo de duelo, pero al fin y al cabo reflejo del espíritu bufonesco de los dibujantes de Charlie Hebdo, a veces excesivo –a veces, dicen, mal dirigido–. Porque, como dijo Mijaíl Bajtín, pícaros, bufones y tontos “tienen la peculiar particularidad, y el derecho, de ser ajenos a ese mundo; no se solidarizan con ninguna de las situaciones de la vida de este mundo, no les conviene ninguna, porque ven el reverso de cada situación y su falsedad”.

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