Belén Fernández
Experta en migraciones
“Se percibe a los migrantes de forma utilitaria”

Una de las principales líneas de investigación de esta profesora de la UD son las políticas migratorias.

26/01/14 · 7:00
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Belén Fernández Suárez es profesora del Departamento de Sociología y Ciencia Política y de la Administración de la Universidade da Coruña (UDC). Hace unas semanas, en el marco del grupo de periodismo de datos del Medialab-Prado Madrid, se publicó el proyecto Así nos vamos donde se analizan los flujos migratorios que se están dando en España desde el año 2008. La entrevista la hemos realizado a propósito del proyecto.

¿Cómo se está produciendo este proceso de salida de España? ¿Qué variables influyen o están marcando su ritmo? ¿La falta de empleo, el agotamiento del paro, las noticias?

En el proceso de salida y en las variables que afectan a este proceso existe una serie de ítems importantes que tenemos que considerar como la clase social, el capital cultural, el capital social y la nacionalidad (española/extranjera). La articulación de estas variables puede darnos una tipología de la probabilidad de salida o de permanencia en un territorio de las distintas personas.

El sociólogo Abdelmalek Sayad afirma que “la presencia inmigrante es una presencia ilegítima; la única razón legitimadora de la presencia ilegítima de la inmigración es el trabajo, y, por ello la inmigración es pensada siempre como temporal”

En relación con el análisis del retorno de la población extranjera he participado en una investigación que está en vías de publicación, dirigida por Diego López de Lera, profesor de Sociología y miembro del Equipo de Sociología de las Migraciones Internacionales (ESOMI) de la Universidade da Coruña, en la cual se detectaban una serie de perfiles en relación con la decisión de volver a sus países de destino.

¿Cuáles son esos perfiles?

Los inmigrantes extranjeros que están en situación de mayor vulnerabilidad por su situación administrativa irregular, que han perdido su empleo, y que no consiguieron renovar su permiso de trabajo y residencia serán aquellos que probablemente busquen una salida (desesperada y como última opción) de España a sus respectivos países de origen. Este tipo ideal puede ser un gran candidato al regreso a través de la ayuda de programas institucionales y caritativos para afrontar su retorno.

También existe un perfil de inmigrante extranjero que suele tener una visión emprendedora de su proceso migratorio y que percibe que las oportunidades de movilidad social ascendente para ellos/ellas y su familia están cercenadas en España, y buscan a través de redes sociales mejores oportunidades para su salida hacia lugares con mejor situación económica y donde tienen apoyos familiares.

Por otro lado, nos encontramos con población extranjera con alto nivel educativo que está regresando, principalmente a países latinoamericanos, porque las oportunidades laborales derivadas del fuerte crecimiento económico de esta región del globo hacen atractivo su retorno para una mejor ubicación en el mercado laboral que no pueden lograr en el Estado Español.

Y también contamos con un gran número de inmigrantes extranjeros; la mayoría, que ha reagrupado a su familia, cuyos hijos se han socializado y adoptado los hábitos culturales y sociales de España, y que valoran positivamente (aún en situación de vulnerabilidad) lo que pueden obtener en la mejora de expectativas de vida para ellos/ellas y su familia (Estado del Bienestar, seguridad, ayudas sociales aunque cada vez más escasas, etc.).

En el caso de la población de nacionalidad española en un Estado de bienestar familiarista parte de la calidad de vida depende de la posición social de tu familia. Es evidente que las crisis de empleo, propias de una sociedad de “trabajadores sin trabajo” como señaló Hannah Arendt, facilitan la salida del estado de un gran volumen de población; pero influye sobre todo la perspectiva de que estos empleos se definen por la baja calidad, por unas nulas perspectivas de progreso e incluso en muchas ocasiones se produce una demanda de méritos por encima de las competencias para desempeñar este puesto de trabajo. Como reflexionaba hace poco el catedrático de sociología de la Universidade da Coruña, Antonio Izquierdo Escribano, no debemos hablar de un problema de “sobrecualificación” de la población porque estamos en una sociedad del conocimiento, hay que cambiar el discurso e indicar que nuestro mercado laboral se ha especializado en crear puestos de trabajo de condiciones precarias, temporales y en el sector secundario.

Desde los años setenta, como nos indica Robert Castel, las empresas en busca de mayor flexibilidad interna y como medida para proteger de los cambios tecnológicos acelerados contratan a jóvenes con calificaciones superiores a las necesarias para el desempeño de la ocupación. Esto provoca un aumento de la movilidad derivada de la precariedad. Si bien es cierto que a mayor número de años de escolarización menor es la probabilidad de estar desempleado, también nos encontramos con la paradoja de que “la 'baja calificación' puede llegar siempre tarde a la guerra, si mientras tanto se ha elevado el nivel general de formación”. Por lo tanto, esta incertidumbre en el futuro hace que se busquen mejores condiciones de vida, bien como una medida desesperada al estar en situación de desempleo durante un largo tiempo, o bien como una medida preventiva para intentar evitar una movilidad social descendiente de los hijos/as de la clase media.

¿Cuáles son 
las representaciones vigentes en la sociedad sobre la figura 
del emigrante, el retornado y el inmigrante que continúa 
viviendo en España?

Creo que sobre esta cuestión siguen vigente las reflexiones realizadas por los clásicos de la sociología y que perfectamente se pueden aplicar al caso español. El sociólogo franco argelino Abdelmalek Sayad afirma que “la presencia inmigrante es una presencia ilegítima; la única razón legitimadora de la presencia ilegítima de la inmigración es el trabajo, y, por ello la inmigración es pensada siempre como temporal”. Este motivo hace que se perciba a los migrantes de una forma utilitaria y se justifique su presencia en el territorio como una consecuencia de una necesidad del mercado laboral. Como señala Georg Simmel, las personas no son extranjeras en sí mismas sino para el otro/la otra que así los conceptualiza. El inmigrante extranjero cumple con la función social de marcar los límites de la identidad, es decir, afianza y fija sentimientos de pertenencia a una comunidad. El “outsider” a la comunidad es un sujeto al cual culpar de la mayoría de males de esa sociedad. Pero el cómo se produce la construcción identitaria del “nosotros” es sumamente importante para la integración del otro. A esta realidad hay que añadir que las sociedades europeas son más recelosas de aceptar la diferencia en contraste con países como Estados Unidos, como nos señala Martha C. Nussbaum en su obra La nueva intolerancia religiosa, por su propia construcción histórica identitaria.

Desde una lógica neoliberal, los mercados se autorregulan, y son los individuos los que fracasan “per se”, y esta criminalización y culpabilización a la persona parada forma parte de esta estrategia de “no intervención” estatal

El retornado, o el que vuelve al hogar, es una figura sociológica que ha descrito muy bien Alfred Schütz, los esquemas interpretativos y conocimientos sobre la sociedad y su vida en el país de origen se ven alterados con el retorno que puede personificarse en la figura del militar, el exiliado político, el pescador de altura o el emigrante. La persona que vuelve deberá por lo tanto hacer nuevas lecturas de su relación con el grupo primario y con la comunidad que están presididas por la conmoción del cambio que se produce en su ausencia. Se trata pues de una situación de anomia. Un ejemplo de este proceso de extrañamiento puede visualizarse en la película de Andréi Konchalovsky Los amantes de María (1984) donde se produce ese encuentro entre un retornado militar y su enamorada en el cual ambos son extraños el uno para el otro. A esta cuestión del retorno hay que asociar en qué condiciones se produce en relación con las expectativas creadas en la salida, pero para simplificar el escenario, si la vuelta es exitosa en el plano económico será bien recibido o si este retorno implica un fracaso en el proyecto migratorio el acogimiento será diametralmente opuesto. Aunque también debemos entender que las migraciones son muy complejas, y en muchos casos no implican una movilidad entre dos puntos, sino que es muy probable que se produzcan nuevos movimientos hacia otros países iniciar nuevos proyectos migratorios.

La figura del emigrante (español) que se va al extranjero puede obligar a la sociedad a ser más tolerante con la inmigración extranjera residente en nuestra sociedad. Las historias de la emigración pesan en el imaginario colectivo y forman parte de la narrativa de las familias. La emigración se asocia con falta de oportunidades de trabajo y de progreso en la sociedad de origen. Es por este motivo por el cual existe una visión crítica hacia el país de origen, y a su vez, una añoranza de poder volver y recuperar los lazos afectivos y estilo de vida que se encuentran en la sociedad de partida. No obstante, las personas que deciden emprender el viaje y la búsqueda de una mejor vida en el extranjero no fueron educadas y socializadas en la opción de la emigración debido a un crecimiento económico prolongado y engañoso de España. Esto hace que su salida vaya acompañada de una visión ácida de la sociedad de origen, y se busque en la clase política un chivo expiatorio, lo que es justo en parte. Pero lo cierto es que en una economía capitalista globalizada debemos entender que ese mercado laboral (contra nuestro pesar, y en contra de la reproducción de la vida de las personas) nos obligará a esa movilidad (no deseada) como una consecuencia de la desigualdad social y económica global. A esto debemos sumar el fin de la hegemonía occidental en la economía, trasladándose el poder económico a otras zonas del globo, lo que está y va a provocar enormes cambios en esta zona del planeta.

¿Por qué las instituciones evitan 
calificar estos movimientos de población como emigración?

Las autoridades evitan hablar de emigración o de “fuga de cerebros” y utilizan eufemismos como “movilidad exterior” o “emigración por impulso aventurero”. El motivo para esta elusión verbal es que reconocer estas salidas implica el fracaso de los distintos gobiernos y el sector empresarial para crear las condiciones necesarias en el mercado laboral que permitan la absorción de esta mano de obra. Desde una lógica neoliberal, los mercados se autorregulan, y son los individuos los que fracasan “per se”, y esta criminalización y culpabilización a la persona parada forma parte de esta estrategia de “no intervención” estatal. Es más, para el gobierno español los flujos de salida suponen un respiro de la presión social por intentar mediar y solventar el incremento constante de las cifras del desempleo en España que, según el INE, en el tercer trimestre del 2013 se situaba en un 26%, es decir, 5,9 millones de parados/as en el Estado español. En el relato oficial del gobierno popular, pero también de la mayoría de la prensa, no se contempla que estas salidas in crescendo de personas en edades activas son una variable explicativa de un pequeño descenso en la demanda de trabajo de los registros oficiales.

¿Por qué se suele reservar el uso de la palabra "emigrante" solo para a aquellas personas
 procedentes de América Latina o de África?

El término “emigrante” suele reservarse para aquellos/as que se ubican en las clases sociales más desfavorecidas y por extensión su posición en el mundo del trabajo se ubica en el mercado laboral secundario. Evidentemente, existe una interseccionalidad en la discriminación construida social y culturalmente por la sociedad de acogida que relaciona clase social, género y raza. En el caso concreto de la asociación de este concepto con el colectivo de “africanos-subsaharianos” y “latinoamericanos” esto se debe según la tesis de Javier Álvarez Gálvez a dos factores: son los más perceptibles a nivel numérico y también los que tienen mayor presencia en los medios de comunicación, en detrimento de la invisibilidad como “inmigrantes” del colectivo de origen asiático-oriental. Evidentemente, la imagen mediatizada del extranjero fomenta la transmisión de estereotipos sociales sobre este colectivo.

Y desde el Gobierno, ¿cómo se
 percibe el fenómeno de la emigración y
 de la inmigración?

Los gobiernos de distinto color en España, como ha analizado el catedrático Antonio Izquierdo Escribano, han plegado sus políticas migratorias al dictado de las necesidades empresariales que solicitaban flujos numerosos de mano de obra para empleos descalificados, y siguiendo las preferencias de procedencia de la inmigración de los nacionales. El modelo migratorio español se ha especializado en generar bolsas de irregulares en lo administrativo, y en tener escasas vías para la entrada legal, lo que a su vez ha causado un uso necesario pero excesivo del mecanismo de las “regularizaciones” de trabajadores extranjeros porque la vía de la entrada legal estaba destinada a contingentes de trabajadores muy poco numerosos. Para completar esa imagen de la política migratoria española podemos añadir, como afirma el politólogo Ricard Zapata-Barrero, que el enfoque para la gobernanza migratoria del estado español es pragmático porque no está construido sobre una idea preconcebida, sino sobre respuestas concretas a conflictos particulares, basando su abordaje desde un marco legislativo y en la legalidad de las normas promovidas al respecto. No obstante, hay que añadir que el modelo migratorio español ha estado influenciado por unos programas y concepción pensados para la emigración española en el extranjero, y a esto hay que sumar que se ha construido como una extensión de su “welfare mix” y de su débil inversión en Servicios Sociales.

¿Los distintos gobiernos de España han actuado a tiempo con políticas, 
programas o información?

La política de inmigración y sus principales esferas (control de flujos e integración de inmigrantes) se ha institucionalizado en los últimos quince años. Por institucionalización entiendo la puesta en marcha de organismos, políticas, legislación, la creación y profesionalización de la intervención con el colectivo de inmigrantes a través del tercer sector. En definitiva, la política de inmigración ha pasado a formar parte de la agenda política de los gobiernos multinivel, desde el Estado, pasando por las distintas Comunidades Autónomas hasta el nivel local. A pesar de estar viviendo un proceso de destrucción del Estado del Bienestar y de recortes drásticos en materia de intervención social, y que esta área se ha redimensionado y adaptado a la nueva circunstancia económica y social , siguen en funcionamiento los principales dispositivos para la gobernanza migratoria de esta sociedad diversa. En la creación de esta política de inmigración e integración de extranjeros ha influido el trabajo previo con la emigración española en el extranjero y en algunos territorios la gestión de las migraciones internas procedentes de otras partes del estado.

No obstante, los gobiernos españoles no han entendido que la llegada de más de cinco millones de extranjeros al país implicaba la necesaria redimensión de un Estado del Bienestar escuálido, que incluso en los períodos de máxima inversión en políticas sociales (primera legislatura de Zapatero) estábamos muy alejados de las cifras de los países de la UE-15. Esto ha conllevado que la factura social por este incremento poblacional no ha sido considerado por los máximos gobernantes de las distintas administraciones. Esto ha provocado roces a nivel municipal que no han destruido la convivencia global en el territorio, pero que han extendido la idea entre las capas más populares de lucha por unos recursos escasos.

La actuación y puesta en marcha de programas destinados a inmigrantes y a emigrantes españoles ha sido muy diversa y dispersa por parte de los actores que han protagonizado las iniciativas. No ha gozado de excesiva evaluación y se ha caracterizado por su falta de coherencia global. Si bien es cierto que en el caso de la “inmigración” este tipo de programas, proyectos y actividades necesitan una evaluación más intensa --que se está realizando gracias a las exigencias de la propia Unión Europea que está financiando estos programas--, es necesario que se vaya más allá y se pongan en marcha mecanismos que posibiliten una mayor eficiencia en implementación y resultados. En cuanto a los programas destinados a la “nueva emigración española” son inexistentes, los que pervive son aquellas medidas y programas que financiaban las viejas entidades regionales de la emigración española del siglo XX, y los nuevos emigrantes, más allá de una procedencia en común, poco o nada tienen que ver con esta emigración que lleva décadas de asentamiento y cuyas segundas generaciones están presentes en estas entidades. Es necesario por lo tanto una actuación e implementación de medidas de apoyo a la nueva emigración española en el exterior; muy probablemente los gobiernos no cambien los programas existentes y lo que sí puede transformarse son los actores (mucho más reivindicativos con la situación política y su falta de respuestas en esta crisis económica). Aunque también es necesario observar que si no se produce un reconocimiento de estas salidas difícilmente los gobiernos se puedan ver obligados a actuar en este sentido. Por el momento, la “no política”, que es una política en sí misma, es la que se está implementando con respecto a esta nueva realidad migratoria.

Desde que comenzó la crisis económica,
 los estados del sur de Europa -España, Grecia, Italia y
 Portugal-, que durante los años 90 fueron países de 
inmigración, ¿tienen un modelo migratorio parecido?

Los estados del sur de Europa compartían una serie de rasgos en común como eran la experiencia emigratoria a finales de los cincuenta y durante la década de los sesenta. También han vivido bajo regímenes políticos dictatoriales durante buena parte del siglo XX, sus mercados laborales se caracterizan por un fuerte peso de la economía sumergida y sus Estados de Bienestar por su desarrollo tardío y por unas economías con una menor inversión, pivotando parte del bienestar de los individuos en el familiarismo.

Efectivamente, en la década de los noventa se convierten en países de inmigración, compartiendo a grandes rasgos su característica de fronteras de la Unión Europea y la inserción de los inmigrantes en el mercado laboral a través de sectores de la economía informal. No obstante, tienen características diferenciales como el distinto peso porcentual del número de inmigrantes sobre el conjunto de la población para el año 2011: un 12% en España, un 8% en Italia, un 7% en Grecia, y finalmente, un 4% en Portugal.

También la crisis económica está afectando de forma distinta a estos territorios como puede desprenderse de las tasas de desempleo altas para España y Grecia con un 21% para los nacionales de ambos países, y de un 36% para los extranjeros de fuera de la Unión Europea en 2011 en España y de un 28% para el caso griego. Y con una menor destrucción de empleo en Italia y Portugal para trabajadores nacionales, respectivamente de un 8 y un 13%, y para trabajadores de fuera de la Unión Europea de un 12 y un 17%.

En Grecia el saldo migratorio y el crecimiento vegetativo son negativos en 2011, por lo que se está produciendo un decrecimiento poblacional. En Italia el crecimiento vegetativo es negativo, pero es compensado por un saldo migratorio positivo; aunque se produce una desaceleración en el año 2011 con respecto al quinquenio anterior. En Portugal el saldo vegetativo es negativo en 2001 y el saldo migratorio también es negativo interrumpiéndose una tendencia positiva durante el último quinquenio. En el caso español en 2011 el saldo migratorio es negativo pero compensado por un saldo vegetativo positivo que permite un crecimiento de la población. Para el caso español, los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística indican que se está produciendo un decrecimiento de la población que confirma el final de un ciclo demográfico. Por lo tanto, en Grecia, en Portugal y en España los flujos migratorios de salida están siendo numéricamente considerables y posiblemente tengan un impacto social y de percepción sobre el conjunto de la población.

Entre la consecuencias más negativas que podemos constatar la presencia en buena parte de Europa de partidos con una ideología xenófoba. ¿Qué está pasando en el sur de Europa? En el caso de Grecia se puede constatar un aumento considerable de la xenofobia que puede concretarse en el incremento de votos y representación parlamentaria del partido político Amanecer Dorado, y en el caso italiano Liga Norte representa de manera regional a estos votantes antiinmigración que apoyan al nacionalismo padano más conservador. En el caso portugués es el Partido Nacional Renovador (PN) quien intenta canalizar este discurso anti-inmigración en el país luso, pero con escaso éxito electoral. En España este discurso ha conseguido un relativo éxito a nivel local a través de los partidos de Plataforma per Catalunya de Josep Anglada y España 2000. No obstante, el respaldo a los partidos anti-inmigración que se ubican dentro de la nueva derecha radical populista europea es bajo por el momento, pero debemos considerar que las altas tasas de desempleo, la corrupción política y la falta de expectativas de mejora pueden empujar a una importante masa del electorado a posiciones populistas de extrema derecha y de extrema izquierda que pueden tener un impacto en la gobernabilidad, y que serán reflejo de una sociedad cada vez más polarizada y desigual en el acceso a recursos económicos. Por este motivo, hoy y más que nunca es necesaria la vuelta de una política de corte intervencionista y basada en la reducción de desigualdades sociales a una escala global. Es necesario tejer alianzas y metas compartidas de igualdad a escala planetaria.

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