Análisis | Atentados en París
El Estado Islámico y la explotación audiovisual de la violencia

Muchas informaciones pero poca información; derroche de emocionalidad pero nula sensibilidad; hipertensión audiovisual y anemia documental... La industria audiovisual es hoy un aparato de explotación comercial de la violencia en sus diferentes formas.

25/11/15 · 11:07
Vigilia en París tras los atentados. / Garry Knight

Dos días después de la masacre de París, las cámaras sobre el terreno televisaban cómo cientos de personas corrían despavoridas por la ciudad ante una falsa alarma. Las televisiones de todo el mundo contando la noticia de gente que huye sin saber de qué huye es una lamentable metáfora del bucle desinformativo que se genera alrededor de un acontecimiento como éste. Muchas informaciones pero poca información; derroche de emocionalidad pero nula sensibilidad; hipertensión audiovisual y anemia documental. Máxima tensión, mínima reflexión.

En días en los que se buscan y se dan explicaciones de todo tipo, una de las más evidentes es obviada. La configuración misma de la industria audiovisual que, entre otras cosas, es hoy un aparato de explotación comercial de la violencia en sus diferentes formas, es ahora mismo el arma más poderosa en manos del Estado Islámico. El mercado audiovisual es, en la mayor parte de sus contenidos y de su tiempo, gente consumiendo diferentes formas de violencia. No se puede entender su omnipotencia actual sin saber que la violencia simbólica, ficticia, real, cultural, explícita o subliminal es una de sus principales materias primas, seguramente la más importante. Y no es otro que ése el campo de maniobras del EI, donde su teatralización de la violencia se ajusta como un guante y se convierte en simbiosis, desde el momento en que un acto de violencia ofrece al material de macabra primera calidad. En este sentido, si hay que buscarle unas raíces culturales a los hechos, es la de la cultura audiovisual y el conocimiento de sus resortes espectaculares. Es el conocimiento de la lógica televisiva lo que late bajo la planificación de estas acciones.

Ante esta evidencia se puede utilizar como pretexto la vocación de informar y las contradicciones que en muchos casos implica la información sobre determinadas cuestiones; pero eso es más que cuestionable, sin ir más lejos en el caso de París, cuando la mayoría de las horas dedicadas a la masacre están vacías de contenido sustancial. La cantidad de frases idénticas, prácticamente enlatadas, repetidas durante horas, durante días, provocan un tedio insultante, que en el fondo es una profunda falta de respeto a las implicaciones de un acontecimiento de dolor como éste. Cabe cuestionarse, por ejemplo, la omnipresencia mediática en las calles parisinas, que han contribuido a inflamar la tensión, pero absolutamente prescindibles en términos informativos.

¿De verdad hemos sabido algo importante gracias a la invasión de cámaras y micrófonos que ha padecido París?¿Le ha servido de algo a la población parisina, a las víctimas, al luto colectivo? Una reportera de Tele 5 explicaba alucinada, como si hubiera descubierto una extraña costumbre ancestral de los aborígenes galos, que a la salida de algunas de las víctimas del hospital, los medios franceses habían bajado las cámaras y dejado de grabar en señal de respeto. Esa especie de candidez ante el sentido común muestra algo difícil de asumir en el ámbito mediático, y es que el espacio público es también un espacio de intimidad, con sus propias características y sus contornos. Y si algo ocurría estos días en las calles parisinas era precisamente algo tan íntimo como un luto colectivo, que merecía desarrollarse sin el ruido y la furia característicos de la televisión. Que la gente de los grandes medios de referencia ni siquiera se lo haya planteado es bastante significativo.

Cabe cuestionarse también la omnisciencia mediática: tenerlo todo, usarlo todo, televisarlo todo, devorarlo todo y hacernos devorarlo todo. Las imágenes del interior de la sala Bataclan o las de los disparos en uno de los restaurantes atacados, por ejemplo, no ofrecen ninguna información que no sepamos ya sobre los hechos, no explican nada que no sea el morbo, o peor, alimentan la costumbre de contemplar violencia en pantalla. Regodearse así en una violencia utilizada y repetida de manera masiva no sólo hace escarnio de las víctimas, sino que, además, al normalizarla a los ojos de la audiencia, emparenta los hechos con la sucesión de ficciones que cotidianamente sirve la pantalla. Todo se convierte en una polifonía del mensaje del EI, que no necesita emitir comunicado alguno porque, en los tiempos que corren, segundos después del primer disparo ya se ha difundido y propagado masivamente un completísimo discurso multimedia.

Los autores de la masacre, por tanto, no lo hacen como un tributo a Alá ni por la voluntad de "matar infieles", sino como una ofrenda a Youtube, la CNN y Al-Jazeera. Una ofrenda que, al contrario que cualquier plegaria a la divinidad, sí que tiene efectos inmediatos garantizados. Mientras los propios medios de comunicación buscan el significante de los enclaves elegidos para atacar ("les molesta lo que simboliza el hedonismo de la ciudad de la luz", afirmaba algún presentador frunciendo el ceño freudiano), no se dan cuenta de que lo más descarnado es que los ataques no buscaban un objetivo militar, social, cultural o simbólico determinado, y por eso eran tan fáciles de ejecutar. Lo más doloroso es que los muertos no tienen el más mínimo significado, sólo una función instrumental para un único objetivo: salir en la televisión. Ella es su Dios, un Dios fácil, generoso y complaciente, que multiplica cada gota de sangre por ríos infinitos de horas televisivas.

A la luz de estos hechos, se presenta como imprescindible y urgente un cambio radical de las políticas y los criterios informativos, por ejemplo en el uso de imágenes o en la gestión mediática de los hechos de violencia; algo con lo que, por otra parte, ganaríamos mucho, y no sólo para el tratamiento de estos hechos en particular. Un precedente interesante en este sentido es la decisión de la redacción de The Guardian de no difundir las imágenes de la decapitación de James Foley y, en la misma línea, el hashstag #ISISMediaBlackout, lanzado en ese mismo caso por varios profesionales europeos. Pero lo cierto es que los altos responsables de la industria audiovisual es más probable que actualmente estén más pendientes de su audiencia y de la de la competencia que de hacer lo que esté en sus manos para dejar al Estado Islámico sin campo de batalla.

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