ALEMANIA: COOPERACIÓN Y POLÍTICA RADICAL
Rostock: bloqueando al poder

El encuentro de diversas estrategias de activismo ha sido uno de los principales valores de la
contracumbre del G-8

, autor de Los Nuevos Movimientos Globales (Ed. Popular)
20/06/07 · 23:00
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Foto: Carlos Martín Homer

La cooperación es el lenguaje
humano por excelencia:
hablamos palabras
prestadas, habitamos un
planeta que nos habita, construimos
modos de vida según grupos o
redes sociales. No vivimos tiempos,
sin embargo, en los que la educación
en esta práctica viva sus mejores
momentos. Me duele en especial
que esto suceda en espacios que
claman por una reconstrucción más
sociable de nuestras relaciones, como
pueden ser los movimientos sociales
con tintes ‘izquierdistas’. Mi
participación en la cumbre alternativa
frente al G-8 me ha hecho repensar
sobre esta cuestión, porque
he visto allí dinámicas de intervención
que a veces (no siempre)
andan algo olvidadas por aquí.
Rostock y sus alrededores se escribieron
desde la cooperación.

No desde la búsqueda de ‘antagonistas’
en la propia casa, o de la ilusión
vanguardista de construir una
única conciencia colectiva. Tampoco
desde tendencias de matrices
libertarias poco dadas a cultivar reciprocidades
o apoyos estables entre
presumibles aliados o potenciales
suministradores de balones de
oxígeno que bien vienen entre tanta
emisión de CO2. El ‘otro’, las
‘otras’ suelen ser vecinos distantes
en estos territorios.

Alianzas heterogéneas

Cuando digo cooperación, me refiero
a la composición de alianzas
tan diversa (condición de estabilidad
de un sistema) desde un no al
G-8 expresado por iglesias de base,
ramas de grandes sindicatos como
el IGM, centros sociales, ATTAC-
Alemania, redes ecologistas,
entre otras, que mantuvieron entre
sí una conexión de mínimos expresada
en el apoyo a los tres ejes de
acción: la manifestación conjunta
del 2 de junio, los bloqueos y la
Cumbre Alternativa. La embestida
mediática tras los altercados del 2
de junio no zarandearon esta red
ni los recursos que se intercambiaron
entre ellas (alojamientos, indymedias,
apoyos económicos y en
forma de comunicados). Pienso
también en cooperación cuando,
como en Evian hace dos años, uno
recorre algún campamento y observa
la auto-organización por barrios
de los mismos, constituyendo
en sí un relacionarse de acuerdo
a diferentes tradiciones, que
convivieron y se expresaron de
forma diferente en los bloqueos:
grupos de acción directa más autónomos,
marchas más festivas,
etc. Los integrantes del ‘bloque negro’
se abstuvieron de intervenir a
requerimiento expreso de quienes
coordinaron las acciones no violentas
en los diferentes bloqueos.
Convivir es encontrar escenarios
compartibles. Así, en los propios
campamentos uno sabía qué hacer
en caso de que entrara la policía:
bien ir a la carpa del circo, si
la intención era “dialogar”; bien ir
hacia la torre de vigilancia, si el
objetivo era “defenderse”.

Cooperar es construir ‘desde abajo’,
evitando elitizaciones ‘luminosas’,
sin oponerse a estructuras en
las que el poder retorna recurrentemente
a los sujetos. Redes alemanas
con experiencia en desobediencia
civil diseñaron la acción. En mi
marcha, a lo largo de todo el día del
bloqueo, contabilicé al menos cinco
ocasiones en las que se realizaron
consultas a los grupos de afinidad,
respetando criterios y buscando alternativas
sobre si quedarse, levantar
la sentada o partir en apoyo de
otro bloqueo. Es más, la decisión de
permanecer por la noche fue tomada
‘en contra’ del criterio del grupo
de coordinación alemán.

La cooperación requiere territorios
que reviertan competencias e
inviertan en la promoción de una
socialización radical a la búsqueda
de vínculos que no opriman, sino
que liberen. Vandana Shiva señalaba
el papel de atractor de luchas
(Norte-Sur, desde diferentes cuestiones
y culturas políticas) que puede
tener la defensa del territorio
desde un enfoque global. Es decir,
frente a la expoliación de los comunes
(servicios, recursos, ámbitos de
socialización, biodiversidad) y dentro
de una visión que no se detiene
en “mi” territorio (“mi” tema, “mi”
espacio, “mi” gente), sino que enlaza
con discursos, prácticas e
identidades provenientes de otras
propuestas a las que trata como
equivalentes, no como subordinadas.
Territorios para una política
radical centrada en la cooperación,
que parte de la dignidad, de la igualdad
y la participación plena como
herramientas inexcusables.
La cooperación es una búsqueda
andante, no un monumento mitológico.

No creo que Alemania suponga
un punto de inflexión en las
dinámicas de protesta de los nuevos
movimientos globales. ‘Alemania’,
con sus culturas políticas y
sus tradiciones de protesta, no es
reproducible. Y además quedan
cuestiones en el aire: ¿pudo haberse
conseguido una sincronía y no
un paralelismo entre la cumbre alternativa
y los bloqueos que se celebraron
en los mismos días?; ¿son
realmente atractivas estas cumbres
para trazar puentes entre movimientos
sociales y ciudadanía? ¿o
es preciso ubicarlas estrictamente
dentro de la dimensión de impactos
simbólicos-mediáticos a muy
corto plazo?; ¿volverán estas claras
activistas a reconstruir la cooperación
en sus territorios de origen?
No tengo respuestas, no creo que
haya respuestas únicas. Con todo,
‘Alemania’ sí es una experiencia de
la que aprender. Creo que para perseguir
una transformación social
deberemos echar mano de prácticas
que rezumen cooperaciones
concretas: construcción de propuestas
y herramientas de democracia
radical que puedan tornarse
‘masivas’, apuestas por luchas en
torno a necesidades básicas, territorialización
de las aspiraciones sociales
desde perspectivas de emancipación
globales que buscan sus
comunalidades.

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