ANÁLISIS // LOS MOVIMIENTOS SOCIALES EN EL GIGANTE DE LULA Y EL MST
¡Hay vida en Brasil más allá de los Sin Tierra!

El autor realiza una breve cartografía de los movimientos sociales brasileños, muchas veces nublados por el protagonismo del Movimiento de los Sin Tierra, exponiendo el contexto de su surgimiento, sus demandas y propuestas de transformación.

, investigador de la UNICAMP (Brasil) y miembro del Komité de Apoyo al MST.
27/12/07 · 0:00
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Congreso del Movimiento de Trabajadores
Parados.

Muchos son los motivos
para explicar por qué el
MST de Brasil se tornó
uno de los más paradigmáticos
y aclamados movimientos
sociales en el cambio de siglo. Algunos
son la internacionalización de la
lucha campesina a través de un trabajo
estructurado en red, visibilizado
desde la conformación de la
Coordinadora Latinoamericana de
Organizaciones Campesinas y la Vía
Campesina, la fuerte territorialización
del movimiento -presente en 22
de los 24 estados brasileños-, el potente
trabajo educativo y formativo
de sus bases, su capacidad de presión
e incidencia en las agendas políticas
y el diálogo fluido con otros movimientos
sociales.

Pero la complejidad de las dinámicas
de la lucha social en Brasil y la
centralidad del MST han hecho que
los demás movimientos sociales del
país apenas sean conocidos más allá
de las fronteras nacionales, a pesar
de la importancia de sus luchas.
Para analizar este hecho hay que
partir de las movilizaciones contra la
dictadura en la década de 1970,
cuando la organización popular se
volcó en una lucha articulada y unificada
por la redemocratización. Con
la paulatina apertura política, la década
siguiente estuvo marcada por
el reclamo de varios derechos sociales,
la proliferación de numerosos
movimientos populares urbanos y
asociaciones de barrio y el surgimiento
de una serie de “nuevos movimientos”
centrados en lo étnico, la
raza, el género y la ecología, así como
la aparición del movimiento gay
y de movimientos aislados de niños
de la calle. Fue también cuando surgieron
el PT y el MST, intrínsecamente
ligados entonces entre ellos y
con muchas comunidades eclesiásticas
de base influenciadas por la teología
de la liberación.

Con la democratización política
los movimientos sufrieron un repliegue
a lo local y se centraron en la especificidad
de sus demandas. En los
‘90, el amplio y difundido término
“sociedad civil” incluye y alaba a
nuevos actores como las ONG , en lo
que muchos consideraron la década
en la que los movimientos sociales
progresistas pierden su centralidad
como actores sociales del país.

Lejos de esto, los movimientos sociales
únicamente se enfrentaron -y
siguen enfrentándose- a un nuevo
telón de fondo, donde el avance de
las políticas neoliberales y los déficit
de la joven democracia instaurada
llevan a un diagnóstico ampliamente
compartido de múltiples exclusiones
sociales e insuficiencias democráticas.
Ante tales carencias, una multiplicidad
de pequeñas organizaciones
sociales luchan diariamente por
unas condiciones mínimas para vivir
dignamente, enfrentándose a la
complejidad y a las contradicciones
del campo y la ciudad. Ciudades y
macrociudades que exponen una segregación
social y espacial cada vez
mayor, y unas zonas rurales que se
alarman ante el nuevo ataque de la
alianza entre Lula y las corporaciones
transnacionales para la producción
de etanol, lo que supone un considerable
retroceso hacia un modelo
de monocultivo basado en la caña de
azúcar, con catastróficas implicaciones
sociales y ambientales.

Se organizan, de este modo, desde
grupos culturales juveniles, centrados,
por ejemplo, en el hip-hop,
hasta trabajos comunitarios volcados
en la asistencia sanitaria y en la
educación popular en y desde las favelas.
Por otro lado, emergen otros
movimientos sociales más estructurados
y de carácter nacional, como
el Movimiento de los Trabajadores
Sin Techo, una especie de versión
urbana de los sin tierra; el Movimiento
Nacional de Recolectores de
Materiales Reciclables, creado hace
ocho años y con una considerable lucha
por la autogestión en el trabajo,
que creó bases orgánicas del movimiento
en cooperativas y organizaciones
para garantizar que el material
reciclable recogido sea trasladado
a una cadena productiva bajo el
control de los propios trabajadores;
o el Movimiento Nacional de los
Afectados por las Represas, creado a
partir de las construcciones faraónicas
de presas hidroeléctricas que,
desde los años ‘70, provocan secuelas
ambientales y el desplazamiento
de las poblaciones locales de sus casas,
tierras y trabajos.

Hay que destacar otros dos proyectos
embrionarios: por un lado, el
Movimiento de los Trabajadores
Parados, creado en el sur de Brasil,
que no tiene como bandera, como se
suele pensar, la lucha por el empleo,
sino un cambio radical de las formas
de producción, creando para ello iniciativas
alternativas de generación
de trabajo y de renta; y, por otro, un
movimiento estudiantil autónomo
que trata de romper con décadas de
jerarquización y control de la Unión
Nacional de Estudiantes, para proponer,
como hizo en 2007 con ocupaciones
simultáneas de decenas de
rectorados de las más importantes
universidades del país, una organización
horizontal desvinculada del
PT y de otros partidos políticos.
Emerge así un escenario polifónico,
aunque no siempre articulado,
donde la lucha de los “sin tierra” en
el campo converge con la resistencia
de los “sin techo”, los “sin comida” y
los “sin futuro” de las ciudades. El
mayor reto sigue siendo cubrir las
necesidades más básicas en un país
donde no llega el proyecto bolivariano
ni las insurgencias masivas de los
pueblos originarios, pero donde sí
permanece viva la resistencia y la llama
de la construcción de una sociedad
más justa enmarcada en un auténtico
puzle de complejas y gigantescas
piezas regionales.

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