ANÁLISIS // VENEZUELA, UNA REVOLUCIÓN EN MARCHA
Dos fantasmas recorren América Latina

El proceso bolivariano. En Venezuela están surgiendo ámbitos
de participación ciudadana y de autoorganización popular que se extienden
a otros países de América Latina. DIAGONAL presenta una breve crónica
del I Encuentro Iberoamericano de Cooperativas realizado en Caracas a principios
de este mes. Incluimos también un análisis sobre los potenciales de
transformación del proceso venezolano, sus obstáculos y sus retos. Su autora
compara la democracia participativa que se está generando en algunos países
de América Latina con las limitaciones de las democracias occidentales.

03/05/06 · 0:08
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IMPULSO A LAS COOPERATIVAS. El Gobierno venezolano ha impulsado su creación como fórmula de desarrollo de empleo y modelo
de autoorganización dentro de la estrategia de desarrollo del ALBA frente al ALCA, este último liderado por EE UU. / Ïñigo Martínez

Más allá del entusiasmo,
la revolución venezolana
nos plantea problema:
en algunos
aspectos es muy atípica, en otros,
terriblemente clásica. Fiel a su
sentido socialista, redistribuye recursos
hacia los segmentos más
pobres. Pero lo hace en unas condiciones
y con unos métodos propios.
Su condición es la de ser un
país productor y exportador de petróleo,
o sea, un país muy rico. Su
peculiaridad, el que esta distribución
recurra a métodos de autogestión,
que el proceso cuente con
el apoyo decidido de parte de las
Fuerzas Armadas y que se mantenga
a toda costa la legalidad constitucional,
a pesar de contar con una
oposición feroz y golpista.

El chavismo, vertebrado en torno
al Movimiento V República, no
es un partido único a la vanguardia
del proceso, sino que éste reviste
fuertes caracteres de espontaneidad
y cuenta con alianzas muy amplias.
En ocasiones ese espontaneísmo
es objeto de crítica. En palabras
de Ernesto Cardenal: “Hay
quien critica [los círculos bolivarianos]
como un exceso de espontaneísmo,
pero es una manera de
contrarrestar la inmovilidad burocrática
del Estado”. Sin ellos, las
fuertes resistencias corporativas y
las corruptelas administrativas podrían
ahogar un proceso carente
de participación activa desde abajo.
Estos grupos, los círculos bolivarianos,
constituyen la espina dorsal
de una especie de ‘poder popular’
que complementa, impulsa y actualiza
la acción legislativa. Nacieron
por iniciativa del propio Chávez y
agrupan a gente de un mismo barrio,
de una misma empresa, de un
mismo tipo de actividad... en pequeños
colectivos que periódicamente
discuten de política e intervienen
en los asuntos comunes.
Su existencia, junto a las formas
de autogestión, hacen que el país
constituya ahora mismo una democracia
representativa y participativa.
Esa ‘y’ es de enorme importancia.

A mi modo de ver, la
implantación de la democracia en
los países occidentales después de
la II Guerra Mundial, aunque viniera
precedida de amplias luchas durante
los decenios anteriores y surgiera
de la resistencia a la guerra,
redujo la participación política a la
representación por medio de los
partidos políticos, con lo que fue
creando unas democracias oligárquicas
en las que el poder político
se concentra en una pequeña capa
de la población. En un país como
España, con más de 40 millones de
habitantes, la gente que activamente
hace política no pasará de los
500.000, entre diputados, miembros
de los partidos, sindicatos, asociaciones
etc. Al margen queda toda
la actividad ‘política’ desarrollada
en el marco de movimientos y
grupos de diferente signo, pero
exenta de efectos institucionales.

Se produce así un hiato entre representación
política y población en
general, la cual, individualizada, sólo
tiene acceso a la política a través
del voto, estando éste a su vez enormemente
limitado. Estas limitaciones
hacen que la política en las democracias
occidentales representativas
haya dejado de interesar.
Por el contrario, en muchos países
de América Latina, incluida
Venezuela, junto al aparato de representación
constituido por los
partidos políticos y sus coaliciones,
están surgiendo fuertes ámbitos
de participación, ya sea a través
de los múltiples comités y comisiones
que forman el tejido de
la autogestión, ya a través de círculos
específicos. Su existencia
impide que la política se concentre
en las -escasas- manos de los
representantes y posiblemente
evite la corrupción que es inherente
a aquella restricción.
Se produce así un proceso de activación
política y de intervención
de capas populares que tradicionalmente
están al margen de la política
y que pugnan por la satisfacción
inmediata de sus necesidades. Por
ello no parece que el proceso pueda
involucionar fácilmente. Y sin embargo,
constantemente resurgen
los dos fantasmas que recorren
América Latina: el primero, el fantasma
de Allende; el segundo, el de
Nicaragua. Podría ocurrir que,
igual que pasó en el caso chileno,
Chávez fuera víctima de un complot
y tal vez de un asesinato. Quiero
pensar que la opinión pública
internacional no toleraría una intrusión
semejante y que, en un caso
así, se abriría en Latinoamérica, no
sólo en Venezuela, un período convulso
de guerra que activaría a la
opinión pública mundial. Pero el
peligro está ahí y puede desencadenar
un futuro de sangre. El segundo,
el fantasma de Nicaragua. Al
igual que la Contra logró hundir la
revolución en Nicaragua, podría
ocurrir que se intensificara una
guerra entre Colombia y Venezuela,
que esa guerra creara problemas
de suministro, problemas de mantenimiento
del orden y de confianza
en el proceso, problemas de corrupción...

Me gustaría creer que
nada de esto va a ocurrir y que los
venezolanos serán capaces de consolidar
el proceso abriendo un camino
nuevo para América Latina, y
me gustaría creer todavía más que
los movimientos contra la globalización
neoliberal les apoyaremos
en el resto del planeta pues Venezuela
es hoy, como lo fue Chile, uno
de los puntos calientes del planeta.

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