LOS MOVIMIENTOS BOLIVIANOS ANTE EL TRIUNFO ELECTORAL DEL MAS
Bolivia, entre la esperanza y la incertidumbre

El Movimiento al Socialismo (MAS) ganó las elecciones
bolivianas del pasado 18 de diciembre y encumbró
a Evo Morales como el primer presidente indígena
de Latinoamérica. ¿Estamos ante el final de un
proceso de lucha social? En octubre de 2003 la ‘Guerra
del Gas’, con un saldo de 80 muertes por la represión,
provocó la renuncia a la presidencia de
Gonzalo Sánchez de Lozada y la subida al poder de
Carlos Mesa, que también se vio forzado a dimitir en
junio de 2005 por la presión popular. En este momento
de impasse, recogemos las lecturas de algunos de
los protagonistas sociales de este ciclo de protestas.

15/04/06 · 0:34
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CON EVO. Mujeres de la Federación
Nacional de Cooperativas Mineras de Bolivia
(FENCOMIN) escoltaron al presidente en su
investidura, el 22 de enero.

El MAS no es un partido tradicional,
ni tan siquiera es un partido, sino
que se define como un “instrumento
político”, creado por los sindicatos
campesinos (principalmente los cocaleros
del Chapare y la Central
Sindical Única de los Trabajadores
Campesinos), para complementar y
fortalecer su lucha sindical, al que, a
medida que avanzaba políticamente
se adherían la mayoría de las organizaciones
populares, sindicales e
indígenas. Así, el MAS, rompe dos
dogmas básicos de la izquierda tradicional:
que el partido es la vanguardia
que dirige al movimiento, y
no al revés; y que la clase obrera industrial
es quien hace la revolución,
y no el campesinado. Al margen del
‘instrumento político’ quedaron una
parte de los sindicatos tradicionales
(muy débiles, puesto que en Bolivia
apenas existe clase obrera, liquidada
por el neoliberalismo hace 20
años) y sectores indigenistas más
radicales que fundaron su propio
instrumento, el Movimiento Indígena
Pachakuti (MIP), dirigido por
Felipe Quispe, y que en las pasadas
elecciones cayó víctima del voto útil
por debajo del 3% de los votos.

Esta novedosa interacción entre
movimientos sociales y poder político
ha abierto un interesante debate:
¿lo social gana o pierde autonomía?
Según Iván Morales, ex diputado del
MAS y actual viceministro, es evidente
que “se ha hecho un salto cualitativo,
ahora (los movimientos sociales)
tienen el gobierno e influirán
directamente en él”. Es, sin duda, la
opinión mayoritaria en los sectores
que apostaron por el MAS, dentro de
la estrategia formulada por Evo Morales:
“Los movimientos sociales ya
somos gobierno, y ahora tenemos
que pasar de la protesta a la propuesta”.
No es de la misma opinión Julieta
Ojeda, socióloga y militante de Mujeres
Creando, quien afirma que “la
cooptación de dirigentes sociales
puede ser una de las consecuencias
del nuevo Gobierno”, al mismo tiempo
que pone en duda la fortaleza de
dichos movimientos, ya que tienen
“una tradición muy demandista del
Estado, y muy poco de crear propuestas
y alternativas autónomas”.
También Iván Sanjinés, del Centro
de Formación Cinematográfica (CEFREC),
demanda que se mantenga
una “sociedad civil vigilante”, pero es
más optimista al opinar que el peligro
no es tan grande, pues “el MAS
es un proceso muy colectivo, los mismos
sindicatos cocaleros han sido
críticos cuando ha sido necesario”.

Expectativas y retos

En lo que sí hay una práctica unanimidad
de opiniones es en que la victoria
del MAS ha abierto una enorme
puerta a la esperanza. Para Silvia
Ribera, de la Campaña Coca y Soberanía,
“la victoria del MAS, por sí
misma, ya ha cambiado el país. El
solo hecho de que una trabajadora
doméstica sea ministra ya es una revolución
en un país tan racista y clasista”.
Incluso su rival político
Felipe Quispe reconoce que “el pueblo
votó por el cambio”, aunque, evidentemente,
duda de que Morales lo
lleve a cabo. Para las activistas de la
Asociación de Familiares de Desaparecidos
(ASOFAMD), tanta esperanza
es incluso “peligrosa”, pues “todo
el mundo espera ahora cambios muy
rápidos, y éstos son imposibles”.
Esta reflexión golpea de lleno en
uno de los dos grandes peligros que
afronta el nuevo Gobierno: la descomposición
social que vive Bolivia.

Según Sanjinés, “muchos sectores se
acostumbraron a presionar mucho a
los gobiernos para conseguir sus demandas
concretas en plazos muy
cortos, y esto ya forma parte de la
cultura política y social. Hacer esto
ahora es irresponsable”. Y es que en
todas las conversaciones ronda permanentemente
el fracaso de la experiencia
de la Unión Democrática y
Popular (UDP) -coalición de izquierda,
que gobernó del ‘82 al ‘85, y que
fue derribada por el cerco del bloqueo
internacional y la presión huelguística
de la entonces poderosa
Central Obrera Boliviana (COB).

Los sindicatos de maestros ya se
han opuesto a la subida salarial por
“insuficiente” y han puesto los primeros
plazos. Para Domitila Chungara,
militante del Movimiento
Guevarista e histórica dirigente minera,
“hay un gran problema de politización.
La victoria de Evo es una
victoria sólo electoral, no revolucionaria,
y esto hace que su Gobierno
sea muy débil. En la revolución del
‘52 los mineros no pedían aumentos
inmediatos, sino que renunciaban
a su salario para apoyar”.
El segundo gran problema es la
descomposición del Estado, cuya estructura
está “totalmente viciada”
según Sanjinés, “ya que fue fundado
en base a unas pocas familias, dejando
al margen a una mayoría de la
población, por lo que hay que cambiarlo
todo desde la base. Lo que no
será nada fácil”.

Esa refundación del Estado es hoy
por hoy la primera prioridad del
Gobierno del MAS, así como de gran
parte de la sociedad; se discute permanentemente
en las calles y en las
organizaciones populares sobre los
objetivos, formas y medios de la
Asamblea Constituyente prevista para
agosto. Los otros grandes retos, ni
pocos ni fáciles, son: la nacionalización
de los hidrocarburos, la despenalización
de la hoja de coca -o como
mínimo una nueva política internacional-
y la redistribución de la
tierra para dar opciones de supervivencia
a una gran masa de campesinos
sin tierras o con un minifundio,
en un país donde dos tercios de la
población viven en el campo.
Cumplir estas tareas puede no
significar una revolución, pero
puede ser la diferencia entre la
muerte y una vida digna para millones
de bolivianos sumidos, hoy
por hoy, en la miseria.

Realizar el lema 'patria para todos'

Si en algún pueblo nunca
se dio la llamada independencia
latinoamericana,
éste fue Bolivia. Esta república,
fundada por una
minoría blanca y rica,
excluyó, cuando no masacró,
las grandes mayorías
indígenas y campesinas, a
las que no solo no entendía
(literalmente hablaban
diferentes idiomas) sino
que las temía y despreciaba.
En estos 180 años se
ha vivido una situación que
a menudo se ha comparado
con la sudafricana.
En este contexto, la convocatoria
de una Asamblea Constituyente
para «refundar el
país», salida directamente de
las demandas de la revuelta
de octubre de 2003, ha despertado
una gran esperanza.
Tiene que ser el mecanismo
para reconocer definitivamente
la multiculturalidad de
Bolivia y para «quitar la
patria de las manos de la oligarquía
y ponerla en manos
de las mayorías excluidas»,
según el vicepresidente García
Linera.
Aún así, se está generando
un agrio debate sobre la
forma de elección de los
constituyentes, no sólo
entre las formaciones de
izquierda y derecha, sino
también entre el propio
campo popular; mientras
los mecanismos de participación
y propuesta al margen
de la elección son
extrañamente olvidados.

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