Todo era total y absolutamente falso

A la luz de la actual crisis política y social del Estado surgido de la Transición, uno de los trabajadores del rotativo en euskera considera el cierre político ordenado durante el Gobierno de Aznar como una demostración autoritaria de fuerza.

, periodista, jefe de la delegación en Vitoria-Gasteiz de ‘Euskaldunon Egunkaria’
20/02/13 · 10:38
A la izquierda, el director de Egunkaria, Martxelo Otamendi, en una manifestación de 2009 en Bilbao por la reparación a los trabajadores del diario. / UkBerri.net

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Y después de todo lo que nos ha tocado vivir, reasulta que todo era mentira, todo total y absolutamente falso. Una pura falacia, todo, salvo alguna cosa, que ya sólo queda en pie una verdad: que todo es mentira. “Mentira la mentira, mentira la verdad”, tal y como proclamaba aquella rola. O como 40 años antes había retratado el situacionismo: “En un mundo realmente invertido, la verdad no es sino una fase de la mentira”. Don Mariano, ahí es nada, en algún punto del camino entre Manu Chao y Guy Debord...

Al poco tiempo intuí que el cierre de 'Egunkaria' fue una operación de castigo con vocación ejemplarizante Una gran mentira cumple ahora 10 años. Me refiero al atentado perpetrado contra el diario en euskara Euskaldunon Egunkaria, bajo el argumento del todo es ETA, y en forma de cierre judicial. Mientras presenciaba el registro de la delegación de Vitoria-Gasteiz en calidad de testigo, así como en los días posteriores, no supe calibrar bien todo aquello, bastante teníamos entonces con reconstruir la tierra quemada. Pero al poco tiempo intuí que había sido una operación de castigo con vocación ejemplarizante. Un golpe del Estado en el plano de lo simbólico contra el imaginario colectivo vasco. Lo advertí cuando supe que habían torturado a Martxelo (Otamendi, director del periódico). Quien maltrata a alguien como él sabe que es cuestión de tiempo que se enteren en medio mundo. La cosa es que se trataba, precisamente, de que los detenidos lo relataran con todo lujo de detalle al salir del secuestro, para que así decenas de miles de cerebros procesaran e integrasen el ejercicio de autoridad suprema que de aquello se desprendía. Y salió una muchedumbre a protestar, algo emocionante y necesario, pero también fue la prueba del éxito del impacto buscado en la psicología de las masas. El electro-shock había tocado la fibra. "Que tomen sus calles, si quieren -pensaron- el combate no es a superficie".

Había otra cosa a tomar en cuenta. Fue un asalto contra la avanzadilla de la frágil caravana de la construcción nacional vasca, la euskalgintza (pléyade de organizaciones que trabajan a favor de la normalización del euskara). Y es que -hoy lo vemos tan claro, entonces no tanto y en los 80 o 90 ni se olía-, la soberanía se roba, no se concede graciosamente; se arranca, no se recibe; se construye y no se aguarda. O te lo curras o no hay nada que hacer. Unilateralidad o seguir en el barro. No esperar a que el enemigo ceda espacios, no perder el tiempo esperando hasta que te de lo que jamás te dará porque no le conviene. Una lectura que vale para la última fase de la historia política vasca o catalana, pero también para comunidades en lucha en Latinoamérica o para lo que haya de ser para esa amalgama que late en el llamado 15M, por ejemplo. El Estado español sabía que Egunkaria encarnaba bien ese universo de proyectos encauzados en Euskal Herria en el ámbito popular. Había que actuar contra la soberanía-en-la-práctica: neutralizarla, cortocircuitarla y acogotarla, enseñoreándose en el autoritarismo que emana del mazazo del quién manda aquí.

La soberanía se roba, no se concede graciosamente; se arranca, no se recibe; se construye y no se aguarda Todo eso era muy relevante y por eso se hizo como se hizo. Se aprovechó el inigualable contexto mediado por los atentados del 11S. Era la gran ocasión para lanzar, además, un mensaje de calado en los previos del amago soberanista del Plan Ibarretxe. Sí, señor Aznar, ya sabíamos que se atreverían, eso sí, sólo si contaban con la coyuntura de un viento a favor. Luego quedó todo en agua de borrajas, y hasta incluso les vino bien que el juez dictaminara el absurdo en 2010, pues eso vuelve a golpearnos en términos de impunidad y humillación. "Era todo mentira, todo no era ETA, ¿y qué? Hacemos lo que nos place, hasta lo más absurdo, cuando y como nos place; y lo volveremos a hacer cuando sea menester". Cuestión de soberanía.

La moral

Aterrizamos en el presente para enlazar ideas y entender, porque enormes mentiras de ayer se entreveran con las del presente para darnos una idea global de las cosas. El presidente español asiste hoy atribulado y más silbante que nunca al espectáculo que han traído consigo organismos putrefactos. Pero yo no olvido, con el cadáver de Egunkaria aún caliente, cómo declaraba que era “claramente inmoral” el dinero que instituciones vascas destinaban a Egunero, diario inmediatamente posterior al clausurado. Y no lo olvido porque los papeles de Bárcenas dicen que Mariano Rajoy ingresaba 12.620 euros mientras decía tal cosa; un 24 de febrero exactamente, cuatro después del cierre. ¿Inmoralidad?

Esos mismos apuntes contables que señalan que, poco después, mientras algunos hacíamos cola en el INEM, Pedro Arriola, mano derecha del a la sazón presidente -José María Aznar-, recibía una ayudita en B cifrada en… ¡120.000 euros! Hablando de indecencias; según se cuenta, cobraba justo una semana después de que su jefe pusiera en marcha junto a Bush y Blair la agresión contra Iraq, una matanza, y un expolio.

Por lo demás, hoy, uno no puede evitar la tentación. En 2003 el Estado responsabilizó a toda una empresa de una eventual actuación delictiva de sus directivos, una aberración que fue impulso recurrente en la década prodigiosa de la llamada democracia española, por cierto, egomaníacos jueces que hoy aúllan sus penas incluidos. Y digo yo: ¿qué tal aplicar esa misma doctrina hoy y poner fuera de circulación a todo un partido por el hipotético delito de muchos de sus dirigentes? Y luego a la Corona y luego al empresariado y...

La decadencia de la mentira

Despertemos del sueño. En pantalla habla un presidente salivante. ¡Es… falso! Nos guiña un ojo pero no es de complicidad. Él tiene la apariencia de no saber ni lo que le han dicho que diga; con qué razón señaló Oscar Wilde en La decadencia de la mentira que “la mentira y la poesía son artes -artes que, como observó Platón, no dejan de tener relaciones mutuas-, y que requieren el más atento estudio, el fervor más desinteresado”. No es el caso de este tipo. Pero, es igual, hace tiempo que entendimos el mensaje: efectivamente, todo era mentira, todo no era ETA; y la democracia española no era tal, las dos Españas nunca se reconciliaron, la modélica Transición fue una burda parodia, es incierto que la mayoría en Catalunya desee continuar como hasta ahora y lo es también en el caso vasco, el milagro español no era sino una burbuja ficticia, su sistema financiero un queso gruyere, la feliz España de las autonomías una irrealidad, el bipartidismo el paraguas de gestión de un negocio mafioso y el Pacto Social una entelequia para tener la calle en paz. Se desmonta el decorado postfranquista.

Poco después del cierre de Egunkaria, así escribía el antropólogo vasco Joxe Azurmendi en el libro de Lorea Agirre Gezurra ari du: “Menturaz, denek elkarri gezurra esanez, denek elkarri sinesten ikasi dute” (más o menos, esto: “Tal vez, mintiéndose los unos a los otros es como han aprendido a creerse entre ellos”). Y, sí, es algo así.

El caso vasco -junto a la Transición- ha sido el gran laboratorio de la mentira. A muy pocos les pareció importar en España. Sin embargo, así se iba cociendo a fuego lento la pústula que hoy estalla y lo llena todo de pus.

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