ANÁLISIS: LA FALTA DE CONTACTO CON EL EXTERIOR POSIBILITA LOS ABUSOS
La tortura en la cárcel: entre la vulnerabilidad y el castigo

La autora, investigadora en el Observatori del Sistema Penal i els Drets Humans de
la Universidad de Barcelona (OSPDH), ha participado en numerosas investigaciones
sobre la realidad carcelaria. Denuncia que existe un goteo constante de denuncias.

15/05/08 · 0:00
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SEVILLA. Concentración frente a los juzgados
el jefe de Servicio de la cárcel de
Sevilla, José Antonio Alonso Cifuentes./ Federación ENLACE

La cárcel es un espacio de
privación de libertad en el
que se registran numerosos
episodios de malos tratos y
tortura de manera más que esporádica.

A pesar de la opacidad de los
muros que separan cárcel y sociedad,
existe un goteo constante de
denuncias de vulneraciones del derecho
a la integridad física y psíquica
de las personas que habitan en
estos espacios de reclusión. La mayoría
de estas denuncias, aunque
con dificultades, se vehiculan a través
de familiares y amigos, abogados
u organizaciones de defensa de
derechos humanos. Los casos de
malos tratos y torturas carcelarios
tienen un doble origen: aquellos que
se padecen en la cotidianidad y
aquellos que se producen en la excepcionalidad.

En referencia a la cotidianidad,
se debe considerar la degradación
de las condiciones de vida de las
personas que habitan en prisión al
no garantizarse plenamente los derechos
que son inalienables a toda
persona como la salud, educación,
participación política o intimidad,
entre otros. Esta situación hace más
vulnerables a estas personas, hecho
que posibilita la aparición de situaciones
de malos tratos (y a veces tortura);
en algunos casos por acción
(abusos de funcionarios), en otras
por omisión (malas condiciones de
salud o higiene, negación de la intimidad…).

A estas malas condiciones
se les añade la dificultad de establecer
comunicación con el exterior,
siendo los espacios opacos más
proclives a las prácticas abusivas.
La privación de libertad no debería
acarrear la privación de ningún
otro derecho, como así lo apuntan
las normas garantistas que debieran
regir cualquier Estado de derecho.
Así nos lo recuerda la asociación
italiana Antigone: “La cárcel
transparente que obstinadamente
perseguimos es probablemente inalcanzable,
pero sólo una tensión
hacia ella, la iluminista aspiración a
una pena meramente privativa de la
libertad personal, desnuda de las accesorias penas extra legem que cada
detención lleva consigo, puede
constituir la barrera a la natural tendencia
de la cárcel a superar sus propios
límites, a barrer las confesables
justificaciones que cada sociedad encuentra
para ello”.
En referencia al segundo origen
de los abusos cabe apuntar aquellos
malos tratos y torturas que tienen
que ver con la excepcionalidad, que
se producen en momentos de importante
conflictividad en las cárceles,
como pueden ser motines y revueltas.
Estos conflictos la mayoría de veces
conllevan represalias y castigos;
algunas legales, otras muchas alegales
o ilegales. Testimonios de presos
relatan episodios espeluznantes una
vez se ha “restablecido la calma”.

Una vez más, la falta de contacto con
el exterior posibilita estas prácticas
de revancha y su impunidad.
Para la prevención de los malos
tratos y torturas en las cárceles se debe
actuar en una triple dirección. La
primera de ellas es la ‘desprisionalización’
de nuestras sociedades, la reducción
al mínimo de personas presas,
ya que estos espacios en sí muchas
veces son constitutivos de malos
tratos. La segunda de ellas es la
garantía de unas condiciones de vida
dignas para aquellas personas recluidas
en cualquier espacio de privación
de libertad. Ningún derecho
puede verse alterado, aparte del de
libertad que impone la condena. La
tercera, pero no menos importante,
es la permeabilidad de los muros
de las prisiones. Una transparencia
necesaria en aras de cumplir un
doble objetivo: garantizar los derechos
fundamentales de las personas
privadas de libertad y garantizar
el derecho y el deber que tiene
la sociedad de estar informada de
qué sucede en estas instituciones.

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