LGTB // COLECTIVOS SE OPONEN A CELEBRAR LA MARCHA INTERNACIONAL DEL ORGULLO EN JERUSALÉN
Homosexuales en Palestina: en mitad del fuego cruzado

El juego sucio israelí hace aún más
complicada la situación de las lesbianas,
gays, transexuales y bisexuales (LGTB),
en una Palestina muy opresiva en materia
de libertad sexual. Muchos homosexuales
palestinos se enfrentan a dos opciones
sin salida: el rechazo en su tierra
o la huida a Israel. La única asociación
homosexual palestina, Nasuat, se halla
en Israel y lucha contra la ocupación en
tres sentidos: la israelí, la machista y la
heterosexual.

08/05/06 · 0:05
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TRIPLE LUCHA POR LA LIBERACIÓN. La organización de lesbianas Nasuat lucha en tres frentes: contra la ocupación, la homofobia y el machismo.

En Palestina existe un fuerte rechazo
institucional y social hacia la homosexualidad.
Otros países árabes
de su entorno -Líbano, Jordania,
incluso Siria- experimentan una leve
apertura, pero Palestina ha resistido
a 60 años de ocupación militar
encerrándose en sus propias
tradiciones, y no se va a dar ningún
cambio social hasta la liberación
nacional. “El fin de la ocupación
primero; el resto, después” es un lema
habitual ante las demandas de
derechos civiles, de laicismo o de
igualdad de género. Pero en el caso
de las reivindicaciones LGTB, el tabú
se mantendría incluso tras la liberación
de Palestina.

Un tabú que se enrarece aún más
con ciertos valores de pertenencia
y fidelidad ante la ocupación: la
percepción común de que ser gay
es ser anti palestino no se basa sólo
en la idea, tan ingenua como extendida,
de que “no hay gays en
Palestina” y que si los hay es por la
nociva influencia israelí. Tampoco
se basa únicamente en que parte
de la población LGTB palestina
desee vivir en Israel en busca de
mayor permisividad, aún sabiendo
que tal opción resulta imperdonable
en su país y que si se van jamás
podrán volver. Se basa, sobre todo,
en la utilización de la homosexualidad
por parte del ejército israelí para
obtener confidentes: algunos
gays palestinos, en su afán de obtener
permisos de residencia en
Israel para escapar de una sociedad
fuertemente homofóbica, han
accedido a prestar servicios a la potencia
ocupante; en otros muchos
casos, sin embargo, la iniciativa ha
partido de los servicios secretos israelíes
que, al descubrir la homosexualidad
de algún palestino, lo ha
sometido a un cruel chantaje: a
cambio de no ‘sacarlo del armario’-
lo que conllevaría una presión social
insoportable- la víctima deberá
prestar servicios de espionaje para
Israel. Por toda esta red de factores,
la ecuación ‘un gay es un traidor
a Palestina’ ha calado hondo:
en el inicio de la segunda intifada
hubo algunos linchamientos de
gays palestinos a manos de sus
compatriotas.

Población LGTB
palestina en Israel

En algunos casos límite de homofobia,
algunas personas LGTB palestinas
optan por huir a Israel cruzando
la línea verde campo a través,
lo que puede costarles la vida a manos
de los soldados israelíes. De sobrevivir,
se encontrarán con otro infierno
diferente: una sociedad permisiva
con los gays, pero completamente
represiva con los árabes.

En Israel, cientos de lesbianas y
gays palestinos sin permiso de residencia
sortean día a día los controles
policiales bajo el estigma de ser “posibles
terroristas”. La amenaza de la
repatriación pende a diario sobre sus
cabezas: “Volver a casa no es una opción”
dice Abdu, que huyó a Tel Aviv,
ciudad que para él sigue siendo parte
de Palestina y donde sobrevive dedicándose
a la prostitución. “Si regreso
sería peor. Aquí por árabe, allí
por gay, no tengo dónde vivir sin ser
un extraño”. Caer en una redada de
la policía israelí significaría elegir
entre tres opciones sin salida: la cárcel,
el regreso a casa o emigrar a un
tercer país como refugiado. Descartada
por imposible la tercera salida,
miles de palestinos que viven sin papeles
en Israel han tenido que elegir
entre la cárcel o regresar al hogar
del que escaparon o del que les expulsaron
y, donde además del estigma
sexual, serían acusados de ser
traidores a Palestina por haber emigrado.
Muchos temen por su integridad
física -o por su vida- si eligen
una cárcel israelí. Si eligen volver a
casa, también.

Muy pocos logran regularizar su
situación de residencia en Israel, con
la ayuda del movimiento israelí
LGTB: una gestión cada vez más difícil,
dada la paranoia por la seguridad
en el Estado sionista, donde
cualquier árabe es sospechoso. Israel
se presenta internacionalmente
como garante de los derechos LGTB,
pero dicha magnanimidad sólo la
aplica a la población judía.

Hasta el inicio de la segunda
Intifada era más sencillo: existía bastante
libertad de movimientos desde
y hacia los territorios ocupados. “La
convivencia entre palestinos y judíos
sólo existía en el parque de la Independencia
de Jerusalén” -bromea
amargamente Yosi, activista gay israelí,
en alusión a una zona donde
gays palestinos e israelíes ligaban
cada noche sin problemas. Existían
parejas gays mixtas (árabe-israelí)
que finalmente se vieron separadas
por el conflicto, al ser confinados los
palestinos en Gaza o Cisjordania. La
inexistencia del matrimonio gay les
privó de un recurso legal, que parejas
heterosexuales en casos similares
sí tuvieron.

Un movimiento
lésbico palestino

El único movimiento LGTB palestino
es Asuat, un grupo de lesbianas
palestinas que son legalmente “ciudadanas
israelíes” radicado en Haifa,
con un ámbito de actuación a ambos
lados de la línea verde. A sus
asambleas acudían también lesbianas
palestinas desde los territorios
ocupados (sin ciudadanía israelí),
que sorteaban para ello controles militares
y prohibiciones familiares,
hasta que el gobierno israelí suprimió
los desplazamientos. En su triple
lucha por la liberación (“palestinas
en una sociedad israelí, mujeres
en una sociedad de hombres, lesbianas
en una sociedad heterosexual”),
Asuat se ha convertido en el único
movimiento social palestino que está
comprometido al mismo tiempo con
el fin de la ocupación y con los derechos
LGTB: “Estamos contra toda
ocupación: la israelí, la machista y la
heterosexual”, declara Rauda Morcos,
fundadora del grupo. En su red
de alianzas, han llevado la voz palestina
a los grupos feministas israelíes,
y la voz LGTB a las asociaciones de
mujeres de los territorios ocupados.
No es fácil: en el último encuentro
internacional de Mujeres de Negro
en Jerusalén, grupos palestinos de
mujeres las vetaron por lesbianas. Y
en Israel, son vetadas por el feminismo
sionista y las instituciones oficiales.
“Hablamos un lenguaje que nadie
más habla”, declaró en una ocasión
Morcos para explicar las dificultades
de su grupo.

Asuat se ha opuesto a celebrar la
Marcha Internacional del Orgullo
LGTB convocada en Jerusalén el
próximo agosto: “Hay una ocupación,
hay un muro ilegal, están matando
a la gente. No hay nada que
celebrar aquí”.

«Nuestra sexualidad está excluida de Palestina»

Suad Bashir nació en un
campo de refugiados de Beirut
y es miembro del grupo
LGTB libanés HELEM: «Ser
refugiada palestina es ya de
por sí una etiqueta, y la clase
de palestina que elijas ser-
la heroína, la víctima- va a
determinar otras cosas».
Sobre la homosexualidad en
los campos, afirma: «Es duro;
ser lesbiana o gay no se ajusta
a las imágenes del refugiado
palestino. Al preguntarte
por tu sexualidad, no encuentras
referentes: todo te hace
sentir diferente, anormal, y
aun culpable por no seguir
una 'identidad palestina'. Y
aquí, sentirte palestina es
prioritario». Una sensación de
extrañeza que en la sociedad
libanesa sería igual, pero sin
esa contradicción con la fidelidad
debida a la causa. A
eso se le suma el rechazo
social, aunque hay excepciones:
«Algún gay ha conseguido
respeto social a cambio
de su activismo en los comités
de refugiados y de excluir
su sexualidad del ámbito
palestino, rechazando que la
comunidad LGTB palestina
exija sus derechos: todo el
esfuerzo político ha de ser
consagrado a Palestina».
Pero para Suad ser activista
LGTB no significa traicionar
ninguna causa: «No se trata
de elegir entre Palestina y la
propia sexualidad. Al contrario:
luchar por Palestina implica
la liberación de todo tipo
de opresión. Luchar por
Palestina no sólo para conseguir
la tierra, sino para conseguir
los derechos».

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