"DENUNCIA // ""HABITUALES ABUSOS"" EN EL CENTRO DE REFORMA LOS ROSALES"
Un ‘Guantánamo’ para menores en Madrid

Según organizaciones que trabajan con menores, en los centros de la Comunidad
de Madrid prevalecen los criterios punitivos sobre los educativos. Como
consecuencia aumentan las denuncias por abusos. Un ejemplo, Los Rosales I.

26/12/08 · 0:00
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CONCENTRACIÓN para denunciar la responsabilidad de la administración en la muerte de un niño en el centro Picón del Jarama.

“Al entrar te tratan como a un perro.
Antes de saber siquiera si te
portas bien o te portas mal, tienes
dos vigilantes dándote rodillazos en
la espalda y gritándote mientras te
sientan. Es como si te hubiera cogido
preso el bando contrario en una
guerra. Luego te meten en una habitación,
en un zulo, te tienen ahí
encerrado durante días, porque
siempre te dicen dos días pero luego
lo retrasan aunque te estés portando
bien”. De este modo recuerda
Juan –los nombres utilizados son
ficticios, por motivos de seguridad–
su ingreso en el centro de menores
Los Rosales I, situado en el barrio
madrileño de Carabanchel. La página
web de la organización responsable
de gestionar el centro, la
Asociación y Fundación Respuesta
Social Siglo XXI, muestra fotografías
de jóvenes bañándose en un
lago, cultivando la tierra o aprendiendo
carpintería. Una imagen
idílica que no concuerda con los
testimonios de internos y trabajadores
del centro a los que ha tenido
acceso DIAGONAL. Éstos
describen una realidad de constantes
abusos y lamentables condiciones
de vida en este centro de
régimen cerrado con 32 plazas
destinadas a menores de edad
condenados por delitos graves.
Los internos reconocen que hay
educadores en el centro que cumplen
su labor correctamente, pero
coinciden en señalar que sufren
“malos tratos psicológicos y abusos
de autoridad por parte de algunos
educadores y del equipo directivo”,
como señala en un escrito Daniel.
Juan afirma: “La mayoría [de los
educadores] se dedica a hacerte la
vida imposible, a buscarte sanciones
y a provocarte para que saltes,
comportándose como si ellos fuesen
los delincuentes y los que se necesita
reinsertar”. Denuncian diversas
formas de humillación, desde
desnudos sin causa justificada hasta
sanciones constantes, pasando
por insultos que revisten carácter
racista cuando se trata de menores
extranjeros. El catálogo de imprecaciones
es extenso: “Debería existir
la pena de muerte en España” y
“Putos negros iros a vuestro puto
país, que sois cucarachas” son sólo
dos ejemplos.

Los ex trabajadores del centro
entrevistados por DIAGONAL, que
han preferido mantener sus nombres
en el anonimato por temor a
represalias de la dirección del centro,
coinciden con los menores en
lo habitual de “los abusos psicológicos
y también físicos”, éstos producidos
generalmente durante los engrilletamientos.
Política premeditada
Fernando, nombre supuesto de un
ex trabajador de Los Rosales I, recuerda
su primera entrevista con la
dirección: “Ésta te marca claramente
las pautas del centro. No las educativas,
sino el régimen disciplinario,
que para ellos es el texto más
importante que el educador tiene
que conocer, la aplicación de ese
régimen y la premisa básica, que es
el cumplimiento íntegro de la medida
[a la que ha sido condenado] el
menor. Y sobre todo velar por la seguridad:
se da a entender que se
permite básicamente cualquier
cosa”. Fernando continúa: “El educador
tiene una capacidad de sancionar
muy amplia, y cualquier mínimo
detalle puede estar incluido
dentro del artículo 64 de este régimen
disciplinario, que es básicamente
que cualquier falta de respeto
es sancionable”. Las sanciones
son de diversos grados, y entre ellos
están la prohibición de salir al patio
y el aislamiento. “Sales al patio y el
mínimo ruido para ellos es como
un intento de fuga y te meten otra
vez para dentro. Estamos aquí casi
como en Guantánamo”, afirma
Abel, menor que pasó año y medio
dentro del centro. Jesús, ex educador
del centro, coincide con Abel:
“Si está sancionado no puede dejar
de andar, no puede comunicarse
con los educadores, no puede comunicarse
con nadie, nunca puede
estar parado, apoyado en la pared,
Uno de los menores
que ha pasado por
Los Rosales I dice no
sentirse “reformado
sino con más odio”
ni en cuclillas, ni sentado ni nada
por el estilo, ni cantar, ni silbar, ni
correr, ni nada”.

La presencia de educadores que
participan de los abusos no es casualidad,
según se desprende de
las informaciones recogidas. “Esos
educadores están ahí puestos de
manera premeditada y cumplen
muy bien el fin de la dirección, que

es mantener una férrea seguridad
evitando cualquier tipo de componente
educativo. De hecho, cuanta
más cercanía mantienes con los
chavales a la hora de conseguir su
confianza y todo ese tipo de cosas
que se consideran imprescindibles
a nivel educativo, te dan toques de
atención. A mí me ha pasado porque
mantenía una relación estrecha
con los chavales: porque les
daba la mano, porque entraba en
sus juegos, etc. Me han dicho que
no estaba bien visto y que para no
tener problemas en el trabajo utilizase
otra actitud, más distante”,
indica Manuel, otro ex trabajador.

En esta idea abunda un menor,
que en una carta añade que “a los
educadores que abusan de su autoridad
no les decían nada”.
Además, las condiciones en Los
Rosales I tampoco parecen ser las
más apropiadas. Tanto educadores
como menores afirman que faltan
recursos para las actividades y
que los fallos son constantes en el
material eléctrico u otras equipaciones
básicas como las duchas.

También señalan que el aire acondicionado
no funciona en verano y
que las ventanas no se pueden cerrar
del todo, lo que supone un frío
terrible en invierno. Abel describe
la celda en la que vivía: “En dos pasos
estabas a la puerta. Tres al servicio.
Cinco si tenías que trepar a
la litera de arriba, porque allí de
escaleras nada. Tenías que subir a
la silla, de la silla al escritorio y trepar
como pudieras por la ventana.
No se puede mover nada, está todo
fijado. No hay espacio suficiente
en las ventanas. En la celda sólo
puedes tener pasta de dientes (la
que te han dado, que no es para
cepillarte, que lo que hace es que
se te caigan los dientes) y un vaso
de plástico y tu cepillo, y un par de
revistas. Tenías ahí el servicio, si
tenías la suerte de que funcionara
el grifo, porque te podías tirar un
mes o dos fácilmente sin poder beber
agua o con la cisterna rota”.

En cuanto a la alimentación, resume
Fernando, el ex educador:
“Es una auténtica bazofia”. Escasa,
y a la vez “encharcada en aceite”,
según Jesús, otro de los ex trabajadores,
lo que tiene como consecuencia
casos de obesidad al tiempo
que algunos menores dicen pasar
hambre. David añade: “A veces
nos suben de postre fruta podrida
hasta con animales como
gusanos, tijeretas, etc.”

Los testimonios sobre la atención
médica son también negativos
y reflejan el irregular cuidado
a los menores con problemas psiquiátricos,
el mal uso de los diferentes
medicamentos e incluso en
ocasiones la negación de asistencia
médica.

Reinserción dudosa

Los Rosales I, como todos los centros
de menores, tiene como objetivo
teórico “la reinserción social
de los menores infractores”. De
acuerdo con los testimonios, no
parece que lo consiga. Uno de los
internos quien se define como “un
menor que se arrepiente más de
estar aquí que por lo que hice”, dice
no sentirse “reformado sino
con más odio”. Abel señala que
hay educadores que “enseñan a
coger odio, asco y el día de mañana,
si sales a la calle, pegarte con
otro que vaya por la acera”. Otro
ex educador, Manuel, resume: “Es
como la grúa. Aparcas mal, la
grúa se lleva el coche y lo deja en
un depósito. Cuando pagas tu pena,
lo sacas y te lo llevas. Esto es
lo mismo: el coche lo único que
ha hecho dentro es envejecer y sigue
con su mal funcionamiento.
Si antes funcionaba mal, ahora
funcionará peor”.

Tags relacionados: Centros de menores Control social
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CONCENTRACIÓN para denunciar la responsabilidad de la administración en la muerte de un niño en el centro Picón del Jarama.
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