MUJERES // INFORME SOBRE LA SITUACIÓN DE LAS PRESAS EN EUROPA
Cárcel y discriminación de género

El pasado 28 de noviembre se presentó en Madrid el informe Mujer, Integración y Prisión (MIP), basado en entrevistas a 120 mujeres presas del Estado español, Francia, Reino Unido, Hungría, Italia y
Alemania. El estudio reclama con urgencia políticas penitenciarias con perspectiva de género para paliar la discriminación de las presas y afirma que la cárcel agrava la exclusión que las lleva a delinquir, ya que les ofrece poca formación, poco trabajo y mal pagado y nulos recursos para la reinserción, además de dañar gravemente su salud física y psicológica.

08/05/06 · 0:26
Edición impresa

Realizado bajo el V Programa Marco
de la Unión Europea de mejora de la
base de conocimientos socioeconómicos,
el estudio se basa en entrevistas
a 20 presas de cada Estado y las
historias de vida de dos mujeres por
grupo. Se escogió a mujeres a punto
de acabar la condena y se las entrevistó
cinco veces durante el tercer
grado y después de su salida de prisión.
El trabajo de campo duró dos
años y medio y fue realizado por entidades
que habían trabajado previamente
con presas: en el Estado español,
SURT (Asociación de Mujeres
para la Inserción Laboral); la asociación
francesa FAIRE; la italiana
Antigone; y BAG-F, una coalición de
directoras y funcionarias de prisiones
alemanas. Las universidades de
Keele (Inglaterra) y del País Vasco, y
el Centro de Estudios Políticos de la
Central European University Budapest
Foundation (Hungría) han colaborado,
y el Observatorio del Sistema
Penal y Los Derechos Humanos de
la Universidad de Barcelona ha ejercido
de órgano consultor.

Según Marta Cruells y Noelia Igareda,
de SURT, autoras del estudio
en el Estado español, la radiografía
de las presas y las cárceles europeas
presenta rasgos compartidos. La mayoría
de presas vive situaciones de
exclusión social antes de delinquir
debido a factores como la etnia (en
el caso español, una cuarta parte de
la población reclusa es gitana, según
datos del Informe Barañí); la extranjería,
el consumo activo de drogas, la
procedencia de familias monoparentales
con bajos recursos, que lleva a
la búsqueda desesperada de ingresos
mediante el tráfico de drogas o la
prostitución; haber sufrido violencia
doméstica o abusos sexuales o ser
las únicas responsables económicas
de su núcleo familiar.
Además, las autoras señalan que
“la cárcel excluye a las que no lo estaban
y aún más a las excluidas” debido
a la ruptura de vínculos con su
núcleo familiar, lo que debilita aún
más su situación socioeconómica.

En el Estado español, un 75% de las
presas tiene hijos y cumple una media
de condena de cuatro años, que
quiebra sus familias y su autoestima
por no cumplir con el rol tradicional
de madres. Según Marta Cruells, la
investigación alemana fue la única
que no corroboró la acción excluyente
de la cárcel, “algo importante porque
quien la realizó fue la propia institución
penitenciaria”.

Según las autoras, la cárcel daña
más la salud mental de las mujeres
que la de los hombres: en Inglaterra
y Francia un 62% de las presas ha intentado
suicidarse o autolesionarse.
Se las sobremedica por razones de
control, por los estereotipos de género
que presentan a las mujeres como
histéricas y por experiencias traumáticas
previas. Apenas se diseñan programas
de toxicomanías con perspectiva
de género, aunque se ha demostrado
que hombres y mujeres tienen
diferentes pautas de consumo, y
ellas reciben más estigmatización y
menos apoyo para rehabilitarse. Las
cárceles de mujeres están pensadas
como remanentes de las masculinas
y se ubican en barracones y módulos
anexos. Los programas de formación
no preparan para una posterior entrada
al mercado laboral y se centran
en actividades tradicionalmente femeninas.
En 2002 y 2003, sólo trabajaba
entre un 11% y un 13% de presas
del Estado, la mayoría en cadenas
de montaje, y cobraban la mitad
del sueldo de un preso.
A la salida, afrontan barreras para
integrarse por la pérdida de habilidades
sociales, la infantilización que
supone el encierro y la falta de competencias
para redactar un currículum
o buscar trabajo. Con un perfil
laboral de inactivas, paradas, trabajadoras
temporales y parciales, a las
barreras estructurales por ser mujeres
se añade el estigma de la cárcel.

La descoordinación entre recursos
internos y externos, la burocracia y
la falta de fondos de evaluación cierran
el círculo de una ‘reinserción’ a
una sociedad desigual que tiene su
reflejo más crudo en la cárcel. En
plena etapa de aplicación del mainstreaming
(perspectiva transversal)
de género en todas las leyes y políticas
europeas, Noelia Igareda reclama
su traslado a las políticas penitenciarias.
“No queremos decir que
pueda haber prisiones ideales para
mujeres porque las cárceles están
hechas para castigar. Pero sí respetar
sus derechos dentro del sistema
penal, frenar la discriminación laboral,
la dispersión territorial, la segregación
formativa, atender sus necesidades
específicas y buscar alternativas
a la privación de libertad”.


LAS PRESAS...
¡EXISTEN!

El 19 de noviembre, el grupo
Mujeres Transgrediendo salió a
la calle en Santiago de Compostela
para denunciar las agresiones
sexuales que han sufrido
presas de la cárcel de Langraitz
(ver noticia abajo). Con la intención
de “ser el espejo en la
calle de lo que se oculta en las
macrocárceles del Estado”,
denunciaron que las mujeres
presas son “las invisibles dentro
de la invisibilidad, las marginadas
dentro de la marginación,
las pobres dentro de la pobreza”.
Ese mismo día hubo concentraciones
en Vitoria, Madrid
y Zaragoza, en las que se exigió,
entre otras cosas, el desarrollo
de políticas penitenciarias bajo
una perspectiva de género.

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto