FUERA DE LUGAR
Lección I: no escupir la foto de Franco

Sabemos que a los municipios les gusta, de vez en cuando, programar un acto de esos llamados “culturales”, pero ¿es realmente necesario? Las memorias de un programador cultural gallego.

09/11/11 · 8:00
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Hasta que los equipos de fútbol
sala empezaron a contratar brasileños
el mayor problema de la
gestión cultural en Galicia era
encontrar a alguien que quisiese
disfrazarse de rey negro en la
cabalgata. Los alcaldes adoran
disfrazarse de reyes –blancos–
pues en realidad esto supone
una extensión de su actividad
cotidiana. Es decir, recibir a una
interminable fila de menesterosos
a los que se les promete –sin
intención de cumplir– cualquier
cosa que pidan por insensata o
ilegal que sea, se les despacha
con una palmadita, un caramelito
y se van tan contentos. Hay
dos mínimas diferencias: la primera
es el uso de corona y manto
que injustamente sólo pueden
vestir en público un día al año y
otra: que a los niños hay que
preguntarles si han sido buenos.
A los adultos no hace falta.
Cualquier alcalde de pueblo se
jacta de saber al dedillo quién le
ha votado y quién no
.

Es pues, el día de la cabalgata,
un día como otro, de alegre
gozo en las promesas incumplidas.
Tan despreocupado que a
veces el alcalde-rey se confunde
y promete a los niños farolas
o puestos de conserje y a sus
padres juguetes y muñecas. Y
al alejarse la sonrisa extasiada
de los pequeños es indistinguible
de la de los adultos cuando
abandonan la alcaldía, cogidos
del hombro por S.M. que grita
ostentosamente a algún funcionario:
“Trátame bien aquí al sr.
Pereiras” sin que nadie sea tan
cruel para decirles ni a unos ni
a otros que los reyes no existen,
que son solo una ilusión.
Pues eso, buscar reyes negros,
vender tickets de fiestas
gastronómicas y cargar con las
sillas de la banda eran las cosas
de programadores culturales.
Hasta que un aciago día a alguien
se le ocurrió construir un
teatro. Razonables voces del
pueblo se alzaron contra el despilfarro:
“¿para qué? Llevamos
décadas sin él y nadie lo echó de
menos”. La indignación era patente
sobre todo en los clubes
deportivos que con razón expusieron
sus agravios en forma de
césped, vestuarios y la eterna
ampliación de graderío. Y cuando
se les argüía: “pero si no va
nadie”, ellos contestaban lúcidamente:
“cómo va a ir la gente
con tan pocas gradas”. Eso sin
contar con que... ¿cómo nos conocen
en Pontellas o Laracha?
¿Por el teatro o por la Regional
Preferente?

Da igual: cuando el PP se emperra
en la cultura no razona
. R
que R, a culturizar. Meses después,
con la incomprensión del
populacho, se presentó un primer
proyecto de auditorio multifuncional.
Pero cuando por fin
se entregó, el alcalde comprobó
espantado que el ruinoso cine
que cerró en el total abandono
tendría que ser demolido. Y era
historia pura. El alcalde había
estado allí. Había visto espectáculos
de cuplé, aplaudido, soñado.
Le comprendí. También yo
había visto allí King Kong contra
Godzilla. ¿Cómo derribar
eso?Así pues, se obligó al arquitecto
(total le daba igual) a mantener
la estructura externa
cambiarlo todo y, qué coño, respetar
la historia que estos geniecillos
mancillan con sus ideas
de bombero. Poco importaba
que el proyecto costase el doble

y se construyese un pastiche en
el que los volúmenes quedaron
tan desajustados que logró una
de las acústicas más infames
que ningún teatro puede tener.
Era historia. Y no es que a este
alcalde le costara gran cosa
cambiar la fisonomía del pueblo
en otros casos. Era conservador
según en qué. Su campaña
electoral se basó en el número
de grúas activas y ante periodistas
de los tres periódicos más
importantes de Galicia llegó a
decir: “nosotros estamos por el
crecimiento y, si hay que dar licencias
ilegales, las damos”.
Como la prensa era responsable
decía escandalizada: “¡cómo
dice esto en voz alta!” y luego lo
ocultaba.

Para la inauguración elegí la
premiada obra “Doentes” de
Roberto Vidal Bolaño, el gran
dramaturgo de Galicia. Sin embargo,
pronto me di cuenta de
que ese público de abrigos de visón
no iba a disfrutar de aquel
relato de fracasados en las calles
de Compostela. Por suerte
apenas se distinguía nada de lo
que se decía en el escenario y a
partir de determinadas filas no
había más que un barullo de voces
superpuestas en sus ecos.
(El alcalde dijo después conmás
razón que un santo: “El teatro
gallego es una mierda, no se entiende”.)
Por desgracia lo bueno
no dura y a mitad de función,
uno de los personajes tuvo la
ocurrencia de escupir sobre las
fotos de Franco y José Antonio
.
El público enmudeció. Los rostros
del cura y del teniente de la
Guardia Civil eran la emanación
del puro mal. Nunca volvieron.
Y aunque años más tarde
aplaudirían a Vidal Bolaño en
la concesión póstuma de un misérrimo
galardón local que se
ennoblecía con el galardonado,
aquel día la presidenta de la
Asociación de Amas de Casa y
su corte salieron dando un portazo.
Era el año 1999.

Al día siguiente en bares y peluquerías
se hablaba del “escándalo”.
En una de ellas la mujer
del alcalde, reprobada por ser su
antigua amante, se ganaba la legitimidad
moral diciendo, “Voy
a decirle a mi marido que el lunes
corte cabezas. Hay que respetar
las efigies. Qué se han creído”.
Esa noche me llamó mi jefe
directo, temblando de miedo, y
me dijo cual Pilatos: “el lunes:
“El lunes se te va a caer el pelo,
prepárate”. Y cuando había preparado
mi defensa, alguien
aconsejó al alcalde no meterse
en líos por defender a José
Antonio ni “convertirme en un
mártir”.Todo se saldó con un gélido
desprecio. A mi jefe ya le
asustaba el teatro: “¿Qué has traído
para la próxima?” Recordé:
“Joder, a la protagonista se le ve
una teta”. Por primera y única
vez en mi vida pasé el bochorno
de llamar a la directora. Pilar
Pereira escuchó amable mi explicación
lastimera pero mantuvo
heroicamente su dignidad.
Total, le salía gratis. No se ocultaba
la teta. Fuimos el día de la
función como al matadero. Mas
las 400 personas del primer día
se habían quedado en 170. Ante
lo que entonces consideramos
un fracaso de público y años después
sería todo un hito, respiramos
aliviados. Ese año el equipo
de fútbol no ascendió... por culpa
del teatro.

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Ilustración de Diego Costa
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