ANÁLISIS // ¿NUEVOS MODELOS DE NEGOCIO? ENTRE CULTURA LIBRE Y LIBERALISMO
La ‘reeducación’ industrial vence con el modelo Spotify

La pelea por rentabilizar la producción cultural obstaculiza el debate sobre
como potenciar el procomún o qué pone en crisis la figura individual creativa.

24/05/11 · 18:30
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SPOTIFY. Su modelo de consumo ha desviado el debate político de la cultura libre. Rasmus Andersson

El movimiento de la cultura
libre nació inspirado en
parte por el auge sin precedentes
del software libre
(que ha demostrado que la militancia
y el mercado no tienen por
qué estar reñidos), y en parte como
respuesta a la progresiva privatización
de la cultura por parte de grandes
corporaciones. Éstas, con poderosos
lobbies, han conseguido de
forma progresiva que los diferentes
Estados secunden sus intereses instaurando
regímenes de propiedad
intelectual cada vez más restrictivos,
como hemos comprobado con
la reciente implementación de la ley
Sinde.

En un momento histórico
dominado por el crecimiento y hegemonía
de los medios digitales y
la centralidad del conocimiento como
elemento productivo, corporaciones
del entretenimiento y representantes
de las industrias culturales
han luchado por limitar el uso y
acceso a sus productos reivindicando
de forma exclusiva el valor económico
de la cultura
.
De forma paralela
hemos experimentado un
drástico abaratamiento de los medios
de producción y de las herramientas
digitales. Muchas
personas, con cierto bienestar
económico, pueden filmar sus
propias películas caseras, grabar
sus discos, realizar collages, alterar
fotografías, etc., dando pie a una
auténtica cultura del remix cotidiano
que pone en crisis la figura tradicional
del o de la creadora.

Los movimientos en defensa de
la cultura libre exigen el derecho a
compartir y acceder a todas estas
nuevas manifestaciones culturales.

Denuncian la creciente privatización
del acervo cultural. Han puesto
de manifiesto los sistemas de
control de los usuarios que construyen
y navegan en internet o han denunciado
las formas en que ciertas
administraciones públicas han secundado
los intereses de entidades
de gestión en detrimento de los intereses
generales de la ciudadanía.

La sostenibilidad cultural

De forma paralela, otra preocupación
se ha impuesto en muchos de
los foros y encuentros promovidos
por la cultura libre. ¿Cómo hacemos
sostenibles estas nuevas prácticas
culturales? Esta pregunta busca
responder a dos realidades: la de
quienes crean contenidos y quieren
vivir de su trabajo, y a las acusaciones
de las industrias culturales que
consideran que el intercambio de
archivos empobrece a sus artistas.
La voluntad de definir prácticas
económicamente sostenibles ha dado
pie a una de esas coaliciones estratégicas
que debemos analizar
con más detenimiento.
Bajo el lema
de “nuevos modelos económicos
para la cultura”, los movimientos
que defienden la cultura libre se
han acercado peligrosamente a sujetos
e ideologías liberales que en
su afán por liberarse del Estado y
sus diferentes administraciones
abogan por dejar la cultura en
manos del mercado
.

Recientemente hemos sido testigos
de una proliferación de encuentros
y debates centrados en
repensar los nuevos modelos económicos
que sustentan las prácticas
culturales. La lógica que representan
es muy simple, la supuesta
“piratería” y el fácil acceso a contenidos
online van en detrimento de
quien crea contenidos. Para solucionar
esta situación hay que definir
nuevos modelos que garanticen
el acceso a contenidos a la par de
generar cierta remuneración para
sus creadoras. De esta manera, se
desplaza un problema político a
uno meramente técnico. Si el mercado
es capaz de diseñar dispositivos
que faciliten el acceso a contenidos
previo pago, la ciudadanía se
“reeducará”
y dejará de incurrir en
su legítimo derecho a la copia privada.
De esta manera empiezan a
sonar nombres de plataformas digitales
como Netflix, Spotify, Jamendo,
Filmin, etc., como soluciones a
un problema mucho más complejo
y multidimensional. Ha sido frecuente
escuchar en estos encuentros
críticas a las subvenciones
públicas –menospreciadas en detrimento
de la inversión privada–, una
opción de financiación aparentemente
mucho más lícita y loable.

Con facilidad se compara con la
reconversión industrial para negar
su vertiente política y disfrazarlo de
una mera transformación económica,
como si una cosa no supusiera
automáticamente la otra. Lamentablemente,
los nuevos modelos tienen
poco de nuevo (patrocinios,
financiación distribuida o la reducción
del precio de los productos).

Estas soluciones temporales obstaculizan
debates de más calado
sobre la cultura como un procomún
o que ponen en crisis la figura del o
de la creadora para revelar la capacidad
creativa de la sociedad. La necesidad
de constituir comunidades
fuertes con derechos, pero también
con obligaciones, choca con la subjetividad
liberal. Ésta quiere interactuar
con los demás sin constricciones,
y su deseo de disfrutar
de bienes culturales se debe saciar
al instante. Aquí se ven los límites
de esta articulación estratégica.

Si en lugar de situar el mercado
como solución, nos planteáramos la
importancia de defender un procomún
cultural caracterizado por
un dominio público rico y accesible,
el presente debate tomaría un
cariz completamente diferente. Si
en lugar de pensar en nuevos modelos
de negocio, pensáramos en
nuevos ecosistemas productivos
vertebrados a través de comunidades
responsables que definen las
reglas de acceso y uso del procomún
cultural, nos veríamos abocados
a un debate más complejo que
no busca sólo cambiar un modelo
productivo, sino que obliga a repensar
la propia base productiva.

Es por ello que necesitamos desactivar
la lógica liberal que domina
la discusión, si realmente queremos
pensar en sostenibilidad y
en la cultura como un conjunto de
elementos y valores económicos,
sociales y culturales.

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comentarios

1

  • |
    anónima
    |
    30/05/2011 - 7:24pm
    Excelente artículo que señala la necesidad de precisar y ajustar el discurso, invitándonos a ser muy precavidos con los compañeros de viaje que escogemos.
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