Y si el problema fuese Madrid...

No hay lugar a muchas dudas.
Según todos los sondeos,
casi con total seguridad
el 27 de mayo Esperanza
Aguirre revalidará la mayoría
absoluta en la Comunidad de
Madrid y Ruiz Gallardón hará lo
propio en el Ayuntamiento. Razón:
la falta de alternativas.

24/05/07 · 0:00
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No hay lugar a muchas dudas.
Según todos los sondeos,
casi con total seguridad
el 27 de mayo Esperanza
Aguirre revalidará la mayoría
absoluta en la Comunidad de
Madrid y Ruiz Gallardón hará lo
propio en el Ayuntamiento. Razón:
la falta de alternativas.

Impresentables

De hecho la lista de oponentes parece
más propia de un vodevil típicamente
hispano que la de una alternativa
institucional creíble. Una
mezcla de corrupción, oportunismo
y pérdida de realidad compone la
triste materia gris de las listas del
PSOE de los Tamayo y Saez, y las de
la Izquierda Unida del capissimo Ángel
Pérez. Con programas electorales
entre lo ridículo y la reproducción
de las principales tendencias en
la gobernabilidad urbana (no muy
distinta del PP), las “izquierdas” de
orden serán de nuevo las convidadas
de piedra de unas elecciones en las
que la mayoría votará al actual gobierno.

La conclusión podría ser así
de simple: expurgada la política real
(la que tiene que ver con la autoorganización
social, con la redistribución
de las rentas y la riqueza, con la
libertad y los derechos posibles)
siempre es mejor una tecnocracia
desaprensiva pero eficaz que una
promesa inacabada de no se sabe
bien qué “proyecto progresista”.

Esta afirmación es aún más rígidamente
cierta en Madrid, en donde
no existe un eje electoral simbólico/
identitario que con las mismas
políticas defina una divisoria creíble
entre la izquierda y la derecha.

La metrópolis

En cualquier caso, si toda la cuestión
es la de una política para
Madrid, el problema no está sólo en
el término ‘política’ (innovadora,
vieja o novísima) con el que siempre
nos trabamos, sino quizás sobre
todo en el de ‘Madrid’. De hecho, la
ciudad se nos presenta tan opaca
como inaprensible. La primera señal
de que “algo se nos escapa” podría
ser demográfica. Desde el año
2000, la Comunidad de Madrid ha
crecido cerca de un millón de habitantes
y ha inducido un crecimiento
de otras 400.000 personas en las
provincias limítrofes. De continuar
esta tendencia, para el año 2015, la
ciudad real (el conjunto funcional
del área metropolitana y de todas
las zonas suburbanas limítrofes)
podría empezar a rozar la cifra de
los 9 millones de personas. La gran
dinamo demográfica de este proceso:
la inmigración transnacional,
con más de 800.000 extranjeros empadronados
en 2007.

El espectacular despegue poblacional
se muestra, sin embargo, como
un mero epifenómeno de una
explosiva trayectoria económica.
Desde la reciente década de 1980,
Madrid ha pasado de ser una ciudad
industrial en crisis, capital administrativa
de un Estado semiperiférico,
a la octava ciudad del planeta por
número de grandes sedes empresariales.
Sobrevenida casi por sorpresa
ciudad global, es el centro de
mando de un exclusivo grupo de
empresas que se han redimensionado
sobre la base de las compras y
adquisiciones de empresas públicas
privatizadas, especialmente en
América Latina, y de la vasta expansión
de los mercados financieros e
inmobiliarios. Una nueva belle époque
pregonada por las nuevas oligarquías
corporativas y la clase política
con rótulos como: la ciudad de
mayor crecimiento en Europa, un
nuevo millón de empleos en tan sólo
seis años, segundo centro internacional
de ferias y congresos, cuarto
aeropuerto europeo, tercero o cuarto
centro financiero de la Unión, etc.

Precarizado

De forma siempre descortés con esta
propaganda, la expansión por
arriba de esta nueva clase profesional
y directiva concentrada en los
sectores centrales del Madrid global
contrasta con la insidiosa expansión
de un empleo de masas, precarizado
y mal remunerado, en los sectores
subsidiarios de la global economy.
Un ejército de empleadas de
hogar (que se han multiplicado por
2,5 en los últimos siete años), limpiadoras,
guardias de seguridad, camareros,
empleados de cadenas comerciales,
hoteles, empresas de catering,
servicios de atención y un larguísimo
etcétera, engrasa cada día
la gran máquina metropolitana. Una
tropa reclutada de forma mayoritaria
entre las mujeres y los migrantes,
los grandes desplazados de la
enorme acumulación de riqueza que
se concentra en la ciudad, y que
componen la increíble masa de cerca
de un millón de trabajadores que
anualmente perciben menos de
12.000 euros: los nuevos working
poors madrileños.

En este mismo sentido, las efectos
perversos del Madrid global se podrían
acumular en una lista casi interminable:
la patrimonialización de
la riqueza de los hogares ricos (beneficiarios
principales del nuevo capitalismo
inmobiliario) y el difícil acceso
a la vivienda de las rentas más
bajas; el reforzamiento de la segregación
urbana, animada por el abandono
de la ciudad por parte de las
rentas altas y medias que establecen
su residencia en los “bonitos espacios
suburbanos” colmatados de unifamiliares;
la lógica securitista y la
constitución del apartheid urbano
destinado a someter al trabajo migrante;
la especialización en los colectivos
más desfavorecidos de unos
servicios públicos tendencialmente
privatizados y degradados; la devastación,
bien real, de las áreas ecológicamente
más favorecidas en beneficio
de un urbanismo insulso destinado
a las clases profesionales (principalmente
en los pies de monte de
la Sierra de Guadarrama); los efectos
a larga distancia de la riqueza madrileña
en términos de explotación
de recursos, extracción de plusvalías
y producción de desechos (la gran
insostenibilidad de la ciudad global).

Así pues, ¿qué hacer en este gigantesco
monstruo metropolitano? El
paradójico balance de las consecuencias
políticas pasa desde luego
por la inerme estulticia de la “izquierda”
institucional frente a la mirada
cínica y triunfante del tandem
Aguirre-Gallardón (con sus 90 km.
de metro, la nueva M-30, los ocho
hospitales de gestión privada, etc.).
Sin embargo, la impotencia parece
también consigna de lo que eufemísticamente,
y en una alucinante concesión
a la sociología más rancia, venimos
etiquetando como movimientos
sociales. Y aunque el inventario
de efectos, y por lo tanto de posibilidades
políticas, no tiene necesariamente
que entrar en la larga lista de
la devastación capitalista (la ciudad
es hoy más rica de lo que lo haya sido
nunca en expresiones culturales,
formas de vida y redes de cooperación
de muy distinto tipo) su consistencia,
su visibilidad y su proyección
se nos sigue apareciendo como frágil
y opaca, y son raros los casos en
los que entra dentro de nuestras
agendas políticas.

El doble triunfo del PP será la
confirmación enésima de que “algo
importante se nos escapa”, y sin
embargo será también la prueba
de que vivir en los intersticios del
monstruo metropolitano puede
convertirse en el gran reto político
de nuestras vidas.

EL TEMA DE DEBATE: El fragor de las próximas elecciones y los señalamientos
mediáticos sobre corrupciones, lavados de dinero,
y especulaciones demasiado escandalosas, sumadas
a la habitual intensa actividad de los y las militantes,
puede llevar a que se obvien toda una serie de reflexiones
colectivas sobre las consecuencias políticas y
sociales de las profundas transformaciones estructurales
en curso. Para intentar paliar esta posible deficiencia,
aportamos la siguiente reflexión.

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