Un viejoven debate electoral

Poner el debate electoral encima de la mesa con la situación de crisis por la que estamos pasando, no sólo es pertinente sino necesario. Una vieja fórmula de solución a los problemas que se plantea ahora como nueva.

, Historiador y activista libertario
21/08/13 · 8:03
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Poner el debate electoral encima de la mesa con la situación de crisis por la que estamos pasando, no sólo es pertinente sino necesario. Una vieja fórmula de solución a los problemas que se plantea ahora como nueva. Y se hace desde las formulas más variadas: desde aquellos que lanzan plataformas electorales a partir de partidos ya establecidos –tipo IU, los frentes de distintos tipos como los de Julio An­guita, etc.–; desde partidos nuevos enmarcados en la posmodernidad –caso del Partido X– o desde la posibilidad de listas electorales por parte de algunas sensibilidades del post 15M. Todas coinciden en la necesidad de un golpe de timón. Conquistar cuotas de gobierno –municipal, regional, nacional, etc.– desde donde poder transformar la situación. Cada una con distintas tácticas o procedimientos pero con similares bagajes.

Apelar a la herramienta electoral como instrumento de cambio social es una discusión inserta en la izquierda desde sus orígenes. Fue una de las grandes diferencias en el seno del movimiento obrero. Y hoy los movimientos sociales seguimos con el mismo debate. Pero no es el debate lo que hay que analizar sino más bien los resultados que esa herramienta nos ha ofrecido. El discurso de las opciones electoralistas parte de una pretensión de refundación y regene­ración democrática. “Demo­cracia” tiene varios significados. Apelar a ella como elemento a regenerar parece muy vago. Sin embargo, las opciones electorales consideran que partiendo de los principios y estructuras del sistema actual se va a poder conseguir la subversión para esa refundación democrática. Aquí estribaría el primer punto débil de la op­ción. Parti­mos de un régimen que no tiene la democracia como principio. No olvidemos que la legitimidad del régimen actual proviene de la ilegitimidad del Franquismo. La crítica que se realiza a la Cultura de la Transi­ción (CT) no viene acompañada de una condena explícita al Franquis­mo, base de esa CT. Mientras no tengamos una ruptura completa con el pasado en el que se forjó nuestra actual sociedad, no puede existir ninguna refundación de nada.

Lo segundo es que las opciones en liza utilizan los mecanismos del actual sistema para poder acceder a él y cambiarlo. El sistema se ha dotado de todos los mecanismos para impedir cualquier cambio estructural dentro del mismo. Cualquier tipo de cambio radical tendría complejos procedimientos para efectuarse, por no decir imposibles. A cualquier candidatura que se presente y consiga los resultados esperados sólo le espera adaptarse a un sistema diseñado de antemano.

Hay algunas cuestiones transversales a todas las opciones. La mayoría parte de la idea del buenismo para llegar a los objetivos. Un candidato bueno que se somete a la decisión de una asamblea soberana y que, en caso de hacerlo mal, pueda ser sustituido en cualquier momento. Un modelo tan inviable en el marco actual así como en un hipotético marco de cambio bajo esas fórmulas, pues el sistema sólo permitiría que un puñado de candidatos llegaran a tales puestos. Además, estas fórmulas ya se han probado. Y la experiencia histórica siempre ha dado la razón a los anarquistas: “Si ganas el poder, el poder te va a ganar a ti”.

Algunos de los movimientos electoralistas parten de una crítica furibunda contra la política actual. Sin embargo, a pesar de la crítica, no se dejan de repetir los mismos procedimientos. Casi todo está inventado. Otra cosa es los resultados que les queramos dar. Un aspecto muy extenso para tan poco espacio.

Lo que se quiere presentar como nuevo debate, como nueva solución, no deja de ser aplicar viejas fórmulas. No hay razones suficientes para confiar que en esta ocasión la cosa vaya a funcionar de otra manera. Al contrario, hay más datos que nos indican algo distinto. Como siempre, se dirá que el anarquismo y su opción antiparlamentaria está fuera de la realidad. Los ‘realistas’ confían todavía en las brechas del sistema para subvertirlo. La historia –esa maestra que nunca falla– nos ha demostrado que todos los avances sociales, los cambios de amplio calado sólo han venido precedidos por la creación de movimientos transformadores de masas. Es hora de retomar las enseñanzas que nos dicen que casi todo está ya inventado.
¿Cuántas transformaciones sociales se han conseguido en las urnas?

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