Salud y control social

Hasta hace relativamente
poco tiempo se invitaba
a la ciudadanía a la restricción
y moderación en
materia de sexo. En la actualidad,
sin embargo, se la incita a la gratificación
sexual, hasta el punto de
haber convertido el celibato en una
desviación, estableciéndose una
asociación entre experiencia sexual
y vida saludable. En los últimos
años, el famoso medicamento
para tratar la ‘disfunción eréctil’, la
Viagra, ha sido uno de los mayores
éxitos de la industria farmacéutica.

14/06/11 · 8:00
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Hasta hace relativamente
poco tiempo se invitaba
a la ciudadanía a la restricción
y moderación en
materia de sexo. En la actualidad,
sin embargo, se la incita a la gratificación
sexual, hasta el punto de
haber convertido el celibato en una
desviación, estableciéndose una
asociación entre experiencia sexual
y vida saludable. En los últimos
años, el famoso medicamento
para tratar la ‘disfunción eréctil’, la
Viagra, ha sido uno de los mayores
éxitos de la industria farmacéutica.

La importancia de la autoridad
médica en esta materia tiene una
larga historia. La psiquiatría
desempeñó un papel central a la
hora de desarrollar la idea de que
algunos comportamientos sexuales
eran expresiones de enfermedades.
Por ejemplo, los homosexuales,
antaño considerados como
pecadores, pasaron a ser etiquetados
como enfermos mentales hasta
1973, fecha en que la Asociación
Americana de Psiquiatría proclamó
que la homosexualidad ya no
era patológica.

Como ha mostrado Michel Foucault,
los modelos religiosos de
pensamiento y práctica han servido
para el desarrollo y difusión de
la vigilancia racional sobre las poblaciones
humanas. El poder pastoral,
tomado de las instituciones
cristianas, explora el alma y la
mente de los individuos para dirigirlos,
si bien se ha pasado de la
preocupación por la salvación en
otro mundo a la idea de que hay
que conseguirla en este mundo mediante
la salud, el bienestar y la seguridad.
La existencia de una profesión
médica investida –en el nivel
de la salud y del cuerpo– de poderes
parecidos a los que el clero
ejercía sobre las almas tiene como
consecuencia que las prescripciones
médicas para la salud se puedan
convertir en prescripciones
acerca del comportamiento.

La ciencia médica no se preocupa
solamente de las técnicas curativas,
sino también de obtener un
conocimiento del hombre saludable,
que es tanto una experiencia
del hombre no enfermo como una
definición del hombre modelo. Escudándose
en la ‘objetividad’ que
tiene como ciencia, acaba por dar
normas de vida que se presentan
como buenas e indiscutibles, utilizando
categorías que no son neutrales
sino, más bien, expresión de
cuestiones de carácter moral, político,
social e, incluso, económico
.
Esto permite hacer de esta ciencia
una herramienta para el control social,
lo que acaba por socavar la autonomía
de unos ciudadanos que
dependen cada vez más de medios
institucionales a la hora de decidir
acerca de sus hábitos, pues son instancias
exteriores a ellos las que
les proporcionan criterios de comportamiento
y normalidad. La interacción
entre médico y enfermo
es una relación asimétrica en la
que el primero es un sabio todopoderoso
que impone al enfermo una
visión médica de su estado y el segundo
un ignorante que no se puede
comprender a sí mismo desde
sus propios parámetros.

La medicalización de la vida cotidiana
ha convertido a la medicina
y a las etiquetas de ‘enfermo’ y ‘sano’
en algo relevante para una parte
cada vez mayor de la existencia
humana. Cada vez más aspectos de
la vida personal y social de la gente
acaban por ser susceptibles de intervención
médica. La industria
farmacéutica, por su parte, no duda
en definir nuevas dolencias para
así promocionar tratamientos
para combatirlas.

El proceso de medicalización
provee al Estado de un sistema que
se basa en una eficacia técnica y
simbólica que permite hacer caso
omiso de las raíces sociales, culturales
y políticas de la enfermedad,
así como curar rápidamente a los
trabajadores enfermos
. Asimismo,
permite que la corporación médica
se asegure el monopolio sobre el
campo de la salud con elementos
de poder como la receta, de gran
eficacia simbólica a la hora de distanciar
el saber científico del popular,
frustrando los procesos de autoatención
doméstica. La dependencia
respecto de la intervención
profesional empobrece también aspectos
no médicos de los ambientes
físicos y sociales, reduciendo la
capacidad orgánica y psicológica
de las gentes para afrontar las cambiantes
circunstancias vitales.

En el caso de la mujer los científicos,
mediante la creación de la
llamada “cuestión femenina”, han
definido a ésta como un ser inferior
y patológico, negando o destruyendo
fuentes de conocimiento
tales como viejas redes de intercambio
de habilidades o el saber
acumulado a través de generaciones
de madres.

El desarrollo del modelo hospitalario
permite afianzar esta eficacia.
En él existe una organización
alrededor del uso de diversas tecnologías,
entre ellas el medicamento;
además, se convierte en escenario
en el que el ciudadano nace, es
atendido cuando está enfermo, es
examinado para comprobar si está
sano y es internado para morir.
Este proceso adopta una forma estandarizada
que hace que la subjetividad
del paciente –y, con ella, los
sentimientos, las necesidades concretas
y la intimidad– desaparezca
detrás de la objetividad de los síntomas.
La mirada médica no trata
enfermos, sino enfermedades; no
se ocupa de cuerpos, sino de organismos.

La medicina, al adoptar una postura
normativa, tiene una capacidad
cada vez mayor de regir las relaciones
físicas y morales del individuo
y de la sociedad. Esto significa
tanto la bipolaridad entre lo normal y lo patológico como la
convergencia entre ideología
política e ideología médica. La
imaginería patológica que rodea
en la actualidad la idea de
enfermedad moraliza, excomulga
y estigmatiza, además
de servir para expresar preocupaciones
por el orden social al
definir, por analogía a la salud
física, un ideal de salud social.
El desorden civil, por tanto, se
compara con una enfermedad.
En el lenguaje político, la enfermedad
se convierte en señal
del mal que, por tanto, merece
un castigo.

Estado terapéutico

La idea moderna de que el orden
natural es independiente
de cualquier representación
que no sea científica y de que
se puede establecer una analogía
entre éste y las instituciones
sociales, permite que se intenten
aplicar las leyes que rigen
la naturaleza a la sociedad.
Muchas medidas políticas –legislación,
campañas sanitarias,
etc.– están dirigidas a establecer
normas comunes para las
poblaciones por parte de un Estado
‘terapéutico’ o ‘jardinero’
que toma a la sociedad que dirige
como objeto de ingeniería
social que debe diseñar y cultivar,
eliminando ‘malas hierbas’
y extirpando ‘tumores’, esto es,
conductas e individuos indeseables.

Como planteaba Ulrich Beck
con el término “sociedad del
riesgo global”, existe una contradicción
entre las actuales
burocracias de seguridad y la
legalización abierta de amenazas
gigantescas frente a las que
no caben medidas paliativas.

Los trágicos acontecimientos
sucedidos recientemente en
Japón confirman estas inquietantes
reflexiones y obligan a
revisar la utopía moderna que
cree en que el progreso basado
en la ciencia garantizará el control
del mundo natural y social
y, por ello, la felicidad.

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comentarios

1

  • |
    anónima
    |
    Jue, 10/06/2011 - 06:57
    Gracias por publicar, la información es muy interesante.
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